Una de cada siete personas en el mundo pasa hambre. Hay 1.000 millones de seres humanos sometidos a una de las más crueles carencias, que los puede llevar a la muerte. De hecho, el hambre causa unos 24.000 decesos por día. Lo dicen las estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación. Por otra parte, hace cuatro días el médico nutricionista Adrián Cormillot le dijo a LA GACETA: "en el mundo hay más problemas de obesidad que de desnutrición; la clave de esta situación está en la abundancia de harinas refinadas y de grasas, y en la escasez de alimentos sanos, como las legumbres y los cereales integrales". ¿Cuál de las dos realidades es la verdadera? Ambas. Porque el problema no pasa por una escasez de alimentos en el mundo sino por su pésima distribución. Eso no es todo. La Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos informó que los países en desarrollo desperdician hasta un 45% de su producción agrícola anual, consigna la agencia de noticias Pressenza. Millones de toneladas de toda clase de vegetales en buen estado se destruyen por la más leve imperfección, porque no responden a las exigencias estéticas de los exportadores. Conclusión: la comida sobra, pero hay exceso en algunos puntos del planeta y escasez en otros. ¿Se puede hacer algo? Aunque parezca un mínimo aporte, evitar el derroche en cada hogar ayudaría a tomar conciencia.







