Un traspié electoral para Evo y su Gobierno
El voto nulo superó o igualó al positivo en los comicios para elegir magistrados, un resultado lejano a las aspiraciones oficiales. Tanto el oficialismo como la oposición esperaban obtener un mínimo del 60% de los votos; en cambio, los números globales rondan el 40% para cada uno
Nadie ganó en los comicios para elegir magistrados superiores en cuatro instituciones cruciales para Bolivia, lo que no es lo mismo que decir que todos perdieron. La incertidumbre por el resultado se despejó a muy poco de andar el escrutinio, cuando los votos positivos se mostraban notoriamente relegados frente a los negativos (en blanco y nulos), en el peor escenario previsto por un oficialismo que se vio casi anestesiado y sin poder entender con claridad lo que pasó en la primera experiencia mundial de una votación popular directa para designar jueces.
Tal como anticipamos, la ciudadanía no estaba de acuerdo con dar un cheque en blanco al portador a un magistrado de quien no sabían más que el nombre, por groseros errores en la difusión de los postulantes. Esta fue la situación que, sumado a anteriores escenarios, culminaron en una derrota electoral. Hasta el propio Evo Morales debió admitir las falencias, en el único atisbo reflexivo que tuvo (y sin referirse a su involucramiento en el tema).
No puede calificarse de otra forma el resultado en las urnas que de una derrota para el oficialismo, más allá de los datos finales que puedan marcar algunas cifras más o menos beneficiosas para algún lado, las que se conocerán a fin de mes.
Que el voto nulo haya igualado o superado levemente al positivo (haber sufragado efectivamente a favor de alguno de los 115 postulantes) está tremendamente lejos de las aspiraciones del Presidente, que hizo pública campaña para que la gente elija a la nueva conformación de la magistratura en su primera línea de responsabilidades.
Desde la vereda de enfrente, una variopinta y confusa oposición se manifestó por el rechazo a este proceso. Pero tampoco puede cantar victoria, ya que el resultado no los conforma.
Tanto el Gobierno como la oposición apostaban por alzarse con un mínimo del 60% de los votos; en cambio, en números globales, rondan el 40% cada uno.
El 20% restante es la clave: nadie puede alegar tenerlos como propios, porque son aquellos que no rechazan el proceso iniciado por Evo, pero han aprendido a respaldarlo en forma crítica. "Sí, pero así no", es el mensaje lanzado en las urnas.
Este porcentaje es al que debe apuntar el Gobierno si quiere recomponer su poder político electoral. Sin embargo, en las primeras reacciones de sus principales figuras (como el propio Presidente y su segundo, Álvaro García Linera) no hubo atisbo alguno de autocrítica, sino una ratificación de la misma línea dura de mirar para adelante sin reflexionar públicamente por lo ocurrido (se supone que, en privado, sí las habrá).
Hablar de que el Presidente perdió el control de un electorado que parecía consolidado a su favor, es prematuro. Tiene acumulado un firme respaldo como base, aún si se toma el 40% logrado hace pocas horas, pero si las primeras señales de descontento no son atendidas, el escenario es impredecible.
Una imposible fusión
¿Qué tienen en común los grupos ultraconservadores y hasta reaccionarios de Santa Cruz de la Sierra con el Partido Comunista ortodoxo? Que ambos hicieron campaña por el voto nulo, aunque desde distintos soportes ideológicos. Por este motivo es que nadie puede alegar haber sido quien derrotó al Gobierno.
Este arco de imposible fusión es lo que le lleva cierta tranquilidad al oficialismo, dado que en el momento de las definiciones políticas y especialmente electorales, las divisiones se multiplican ante un Evo Morales que no tiene sombras internas.
Además, la decisión de hacer campaña por anular el voto tendrá consecuencias inmediatas. La prédica fue ampliamente oída en la opositora Santa Cruz de la Sierra, lo que derivó en que ningún candidato a juez de esa zona haya sido consagrado para ejercer la magistratura. La ausencia de un vocal en el tope de la Justicia de esa identidad territorial será también reevaluado por los votantes por el no, para determinar si fue lo mejor que pudieron hacer. Así como ya lo saben en el Gobierno, sus rivales descubren que nada es gratuito en política.
Tal vez, si se piensa en quién perdió, sea el pueblo boliviano en su conjunto, que ahora tendrá jueces con un mínimo respaldo y con una legitimidad social evidentemente cuestionada.
Tal como anticipamos, la ciudadanía no estaba de acuerdo con dar un cheque en blanco al portador a un magistrado de quien no sabían más que el nombre, por groseros errores en la difusión de los postulantes. Esta fue la situación que, sumado a anteriores escenarios, culminaron en una derrota electoral. Hasta el propio Evo Morales debió admitir las falencias, en el único atisbo reflexivo que tuvo (y sin referirse a su involucramiento en el tema).
No puede calificarse de otra forma el resultado en las urnas que de una derrota para el oficialismo, más allá de los datos finales que puedan marcar algunas cifras más o menos beneficiosas para algún lado, las que se conocerán a fin de mes.
Que el voto nulo haya igualado o superado levemente al positivo (haber sufragado efectivamente a favor de alguno de los 115 postulantes) está tremendamente lejos de las aspiraciones del Presidente, que hizo pública campaña para que la gente elija a la nueva conformación de la magistratura en su primera línea de responsabilidades.
Desde la vereda de enfrente, una variopinta y confusa oposición se manifestó por el rechazo a este proceso. Pero tampoco puede cantar victoria, ya que el resultado no los conforma.
Tanto el Gobierno como la oposición apostaban por alzarse con un mínimo del 60% de los votos; en cambio, en números globales, rondan el 40% cada uno.
El 20% restante es la clave: nadie puede alegar tenerlos como propios, porque son aquellos que no rechazan el proceso iniciado por Evo, pero han aprendido a respaldarlo en forma crítica. "Sí, pero así no", es el mensaje lanzado en las urnas.
Este porcentaje es al que debe apuntar el Gobierno si quiere recomponer su poder político electoral. Sin embargo, en las primeras reacciones de sus principales figuras (como el propio Presidente y su segundo, Álvaro García Linera) no hubo atisbo alguno de autocrítica, sino una ratificación de la misma línea dura de mirar para adelante sin reflexionar públicamente por lo ocurrido (se supone que, en privado, sí las habrá).
Hablar de que el Presidente perdió el control de un electorado que parecía consolidado a su favor, es prematuro. Tiene acumulado un firme respaldo como base, aún si se toma el 40% logrado hace pocas horas, pero si las primeras señales de descontento no son atendidas, el escenario es impredecible.
Una imposible fusión
¿Qué tienen en común los grupos ultraconservadores y hasta reaccionarios de Santa Cruz de la Sierra con el Partido Comunista ortodoxo? Que ambos hicieron campaña por el voto nulo, aunque desde distintos soportes ideológicos. Por este motivo es que nadie puede alegar haber sido quien derrotó al Gobierno.
Este arco de imposible fusión es lo que le lleva cierta tranquilidad al oficialismo, dado que en el momento de las definiciones políticas y especialmente electorales, las divisiones se multiplican ante un Evo Morales que no tiene sombras internas.
Además, la decisión de hacer campaña por anular el voto tendrá consecuencias inmediatas. La prédica fue ampliamente oída en la opositora Santa Cruz de la Sierra, lo que derivó en que ningún candidato a juez de esa zona haya sido consagrado para ejercer la magistratura. La ausencia de un vocal en el tope de la Justicia de esa identidad territorial será también reevaluado por los votantes por el no, para determinar si fue lo mejor que pudieron hacer. Así como ya lo saben en el Gobierno, sus rivales descubren que nada es gratuito en política.
Tal vez, si se piensa en quién perdió, sea el pueblo boliviano en su conjunto, que ahora tendrá jueces con un mínimo respaldo y con una legitimidad social evidentemente cuestionada.







