Vidas paralelas

El que no pueda disimular, que no gobierne.

16 Julio 2003
Por Juan Manuel Asis

Cámpora al gobierno, Perón al poder. La consigna setentista no sólo tenía un sonido contundente; también trasuntaba una tremenda sentencia política. El "Tío" gobernaría el país, pero el líder lo dirigiría desde el exilio en España. Esa década marcó a una generación por su pasión ideológica, la misma que hoy parece renacer de la mano de algunos actos de Néstor Kirchner, que por esos años militaba en la juventud revolucionaria. A diferencia de Cámpora, no quiere ser otro tío en el peronismo.
Es que la historia a veces se burla de los hombres. Aquella consigna eterna suena como un eco molesto a los que alcanzan cargos relevantes, especialmente cuando hay mentores a los que tienen que devolverles favores. En ese sentido, Kirchner carga con la sombra de Eduardo Duhalde, quien, por ahora, cultiva el perfil bajo. Hacia el bonaerense se dirigirán las miradas cuando asome un poco más su cabeza en el escenario nacional para analizar la relación política con el santacruceño.
Son peronistas con trayectoria que no desconocen el manejo del poder y que han cedido espacios a la hora de aliarse para derrotar a Carlos Menem. Y están entrampados por la concepción verticalista que el peronismo tiene del poder, donde sólo se puede admitir a un jefe natural. Ocurrió con Perón, se repitió con Menem en menor escala y con el propio Duhalde en Buenos Aires. Alguien debe mandar, sin socios. Es la lucha que se intuye en el orden nacional.Como no podía ser menos, Tucumán tiene su propia versión de aquel subterráneo enfrentamiento. Baste decir que Duhalde es a Kirchner lo que Julio Miranda es a José Alperovich. Después de que el ex ministro de Economía recibió el diploma que lo acredita como el sucesor de Miranda, la disyuntiva es si surge una nueva consigna o si se está en la víspera de un enfrentamiento a la tucumana por el poder.
Al igual que Kirchner, que no habla mal de Duhalde -ni siquiera hace referencia alguna al bonaerense-, Alperovich no dice nada que afecte a Miranda. Al gobernador muchos lo miran ciñéndose otra vez la toga senatorial. El ingreso a la Cámara Alta le significará seis años ininterrumpidos de gestión. Un premio nada desdeñable, especialmente para consolidar desde allí el poder político partidario y, por ende, mantener una cuota de influencia importante en el plano institucional.
Miranda, como Duhalde, demostró que sabe alcanzar metas y, al igual que el bonaerense, no hay que entenderlo por lo poco que dice sino por lo mucho que hace en lo político. Si se repasa se verá que en el 99 le ganó a Antonio Bussi, que en 2001 obtuvo dos bancas de senadores y dos de diputados, que este año puso la estructura partidaria y la del Estado en favor de Alperovich y que consiguió lo que no pudieron ni Ortega ni el propio Bussi; que ganase alguien del oficialismo una elección de renovación de autoridades. No es poco, por lo que el rival de Alperovich no será la crisis sino el propio Miranda.
Alperovich, como Kirchner, trató de armarse de parlamentarios fieles, pero fracasó. El Presidente aún tiene muchas chances por delante, incluso la de elegir a los candidatos de Tucumán. Alperovich se jugó por algunos sublemas que no llegaron. Y si se observa la composición de la Legislatura se descubrirá que varios tienen la casaca mirandista. Alperovich puede hacer mucho desde el Gobierno, pero la sombra de Miranda lo perseguirá en cada acto.
Plutarco, el autor de "Vidas paralelas", decía que "quien disimular no puede, que no gobierne". Tal vez Alperovich y Miranda deban disimular -"encubrir con astucia la intención", según el diccionario- para que su sociedad funcione en los próximos cuatro años. Uno, disimular que gobierna; y el otro, que tiene el poder.

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