Los políticos tienen la culpa de todo, son todos ladrones. La televisión es una basura. Este calor es insoportable. Está todo carísimo, no sé a dónde vamos a parar. Este es un país bananero, de cuarta, son todos vagos. Este frío es inhumano. La ciudad es una mugre. La gente es roñosa. No se puede caminar por el centro, es una locura. Mi jefe es un garca. Mi esposa es una bruja. Los chicos me vuelven loco. Mi suegra es una víbora. Todos los policías son delincuentes, los médicos comerciantes y los abogados estafadores. La juventud está perdida. La sequía nos está matando, ya no se puede respirar. Antes no pasaban estas cosas. Ya no hay respeto por nada. En este país no hay justicia. El fútbol es un negocio. Andá a lavar los platos. La gente está loca. La humedad es agobiante. Estás demasiado gorda, pará con los postres. Estás muy flaca, te hace falta puchero. ¿Hasta cuándo va a llover? estoy harto. Este país está lleno de fachos. Este país está lleno de gorilas. Este país está lleno de zurdos. En este país nadie se compromete, nadie hace nada. Todos quieren la guita fácil, nadie quiere laburar. Viven de joda. Las chicas están descontroladas. Los niños no hacen caso. Las calles están destruidas. Siempre te estafan con la letra chica. Aquí nadie hace plata trabajando. Ya no hay hombres. Mujeres eran las de antes. Ya no se puede comer ni un asado. Ya no se puede ser decente. Ya no se puede... ¿Hasta cuándo vamos a seguir así? Esto no es vida...
Y la lista de lamentos cotidianos podría seguir así hasta el infinito. Aquí sólo citamos algunos ejemplos que el lector sabrá enriquecer mejor que este cronista, porque el círculo de los insatisfechos consuetudinarios es vicioso y se contagia también hasta el sinfín. Vale preguntarnos si somos capaces de transcurrir al menos una semana sin regurgitar alguna queja. "Imposible, no se puede, ¿estás loco? ¿A vos te pagan por esto? ¡Qué país generoso!"
Y la lista de lamentos cotidianos podría seguir así hasta el infinito. Aquí sólo citamos algunos ejemplos que el lector sabrá enriquecer mejor que este cronista, porque el círculo de los insatisfechos consuetudinarios es vicioso y se contagia también hasta el sinfín. Vale preguntarnos si somos capaces de transcurrir al menos una semana sin regurgitar alguna queja. "Imposible, no se puede, ¿estás loco? ¿A vos te pagan por esto? ¡Qué país generoso!"







