"Soy lo que hizo de mí la vida"

Luis Víctor Gentilini cumple 80 años convertido en un referente ineludible de la música regional

14 Septiembre 2011
Dice que nunca se propuso vivir de la música y que, por eso mismo, no es una celebridad. Sin embargo hoy, el folclorista Luis Víctor"Pato"Gentilini festejará sus 80 años convertido en un referente ineludible de la cultura tucumana. Un artista que, de tanto compartir con leyendas del folclore como Atahualpa Yupanqui o Gustavo"Cuchi"Leguizamón, se volvió él mismo un patriarca.

Sentado en el living de su acogedora casa en Yerba Buena, mientras improvisa melodías en su viejo piano Boas & Voigt tallado a mano, "El Pato" reconoce que por medio de la música puede vislumbrar la eternidad. "Siempre supe que la música iba a ser mi camino. Lo descubrí cuando aún era un chico. Lo único que tuve que hacer fue caminar", señala.

- ¿Se crió en una casa donde se escuchaba mucha música?

- No tanto. Mi madre era profesora de teoría y solfeo, pero casi nunca tocaba el piano. Mi abuelo, en cambio, sí se dedicaba más a la música.

- ¿Cuando empezó a actuar ya estaba en Tucumán?

- Sí. Yo tenía 18 años. Vine a Tucumán a estudiar Ciencias Económicas. Y, casi de inmediato, comencé a actuar. Tocaba el piano en el viejo auditorio de LV12 y me pagaban buena plata por eso. Tocaba sobre todo jazz, folclore y alguna música que estaba de moda en ese entonces. Pero, en rigor, yo no me propuse vivir de la música. Muy por el contrario. Decidí dedicarme a mi profesión de contador. Y trabajé mucho a lo largo de mi carrera. Fui auditor en varias empresas, incluyendo LA GACETA, donde trabajé hasta que me jubilé en 1997. A la música le dedicaba las noches desveladas y los fines de semana. Doy gracias a Dios que mi esposa (Gloria Zjawin) supo aguantarme.

- ¿Y cómo analiza al folclore actual?

- Lo veo estandarizado. Demasiado uniforme. Todo el mundo trata de hacer lo mismo. La única diferencia es que a veces uno canta mejor que el otro. Salvo Lucho Hoyos, que intenta un camino diferente, no veo en los artistas tucumanos ganas de experimentar. Por eso, con el grupo Matamba nos proponemos romper con esa estandarización a través de la experimentación.

- ¿A qué se debe esta realidad?

- Forma parte de la globalización en la que estamos inmersos irremediablemente.

- ¿Eso también incluye a la poesía?

- Seguro. Yo me crié con poetas muy profundos, como Manuel Castilla o Jaime Dávalos. Y ahora no se ve este tipo de poetas. Por el contrario, algunas poesías son realmente deprimentes. Por eso, cuando se habla de cantautor, hay que tomarlo con pinzas. Además el público no está preparado para escuchar buena poesía porque está muy influenciado por la superficialidad de la televisión y la radio. En el folclore, la poesía también está estancada. Me parece que hay que seguir las huellas que dejaron compositores como Carlos Guastavino, Juan Falú, el Cuchi Leguizamón o el Chivo Valladares. Ellos iluminan el sendero del folclore. Hay que ir por allí.

- Podríamos incluirlo a usted también en esa lista...

- No sé... Eso lo dejo para la posteridad. Yo soy lo que soy. Como dijo Ortega y Gasset: soy lo que hizo de mí la vida. Pero, si pudiera volver a nacer, haría exactamente lo que hice.

- ¿De qué se enorgullece?

- De que me consideren un buen amigo. La amistad es algo muy importante para mí. Y también que me consideren un hombre honesto. No pido nada más.

- ¿Qué obra suya le proporciona mayor felicidad?

- Es difícil responder porque las canciones que hice son un poco mis hijos. Y uno quiere por igual a todos sus hijos. Pero, puesto a elegir, debo reconocer que tengo mucho amor por una zamba que se llama "Si no te vuelvo a ver". Está en el último disco de Matamba, que grabamos el año pasado. Y me gusta porque habla de los paisajes de Catamarca, la provincia en la que nací. Es un tributo desde la lejanía, que es lo que más duele.

- Y de la Argentina... ¿qué cosas le duelen?

- Me duele que la gente haya perdido su individualidad. Este proceso de masificación que vivimos quita una buena parte de lo que somos. Como decía Aldous Huxley, el hombre que actúa en la masa deja de ser un individuo. Y eso, al poder político le viene muy bien.

- Si algo le ha brindado la vida es la posibilidad de cultivar la amistad con leyendas del folclore como Atahualpa Yupanqui o el Cuchi Leguizamón. ¿Qué le queda de ellos?

- Buenos recuerdos. La última vez que vi a Yupanqui fue en esta casa. Se sentó justo ahí, en esa silla (señala hacia el comedor) durante una cena, un mes antes de su muerte. Él ya sufría los achaques propios de la vejez, pero su chispa seguía intacta. Como esa vez en la que un periodista le dijo: "maestro, usted ha deslumbrado al público". Y Yupanqui le contestó: "me habría gustado más alumbrarlo". Tenía un ingenio muy ácido. En otra oportunidad, habíamos preparado un recital aquí, en Tucumán y, en medio de los ajustes yo le dije: "hemos pensado en una entrada muy popular, digamos de 70 pesos". Y él contestó: "a mí en cambio me gusta el público de 140 pesos".

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