Pasaron dos elecciones, las polémicas que siempre rodean a los actos eleccionarios, las denuncias de fraude, la falta de explicación para algunos resultados, el inconformismo de determinados sectores con los resultados y la sensación de que todo cambia para que nada se modifique. También pasaron las quejas porque el proselitismo publicitario ensucia paredes, postes de luz, cabinas públicas de teléfono y todo elemento urbano en el que sea posible pegar la cara de algún candidato.
Siempre que hay comicios, con mayor o menor intensidad, sucede lo arriba descripto. Pero el clásico más llamativo es el del yerro en los datos de "boca de urna" social. Las semanas previas al día en el que hay que ir a sufragar, en cada mesa de café, conversación o almuerzo familiar se habla de a quién se votará -o no-. En esas conversaciones, uno de cada 10 intervinientes (dirían los encuestadores formales) afirma que optará -por ejemplo- por el candidato A. El resto, jura que lo hará por el postulante B y en cada reunión social de la que se participa se escucha el mismo discurso. Así las cosas, lo esperable sería que "don B" gane los comicios o al menos que obtenga un honroso segundo lugar. Pero eso no ocurre. Y emergen las intrigas de siempre: "cómo puede ser"; "no es posible"; "por qué sacó tan pocos votos"; "aquí hubo fraude".
Lo que suele suceder (más allá de la posibilidad de que haya habido fraude y de las denuncias formales en ese sentido), explican los sociólogos, es que un importante número de ciudadanos no expresa realmente cuál es su preferencia política porque, en ocasiones, no es socialmente correcto decir que se apoya a determinado postulante. Y mencionan la reelección de Carlos Menem como caso testigo de esta típica conducta electoral argentina. Así las cosas, también los electores, con nuestra falta de sinceridad, colaboramos a ensombrecer los procesos electorales y a que no sólo las paredes luzcan sucias después de los comicios.
Siempre que hay comicios, con mayor o menor intensidad, sucede lo arriba descripto. Pero el clásico más llamativo es el del yerro en los datos de "boca de urna" social. Las semanas previas al día en el que hay que ir a sufragar, en cada mesa de café, conversación o almuerzo familiar se habla de a quién se votará -o no-. En esas conversaciones, uno de cada 10 intervinientes (dirían los encuestadores formales) afirma que optará -por ejemplo- por el candidato A. El resto, jura que lo hará por el postulante B y en cada reunión social de la que se participa se escucha el mismo discurso. Así las cosas, lo esperable sería que "don B" gane los comicios o al menos que obtenga un honroso segundo lugar. Pero eso no ocurre. Y emergen las intrigas de siempre: "cómo puede ser"; "no es posible"; "por qué sacó tan pocos votos"; "aquí hubo fraude".
Lo que suele suceder (más allá de la posibilidad de que haya habido fraude y de las denuncias formales en ese sentido), explican los sociólogos, es que un importante número de ciudadanos no expresa realmente cuál es su preferencia política porque, en ocasiones, no es socialmente correcto decir que se apoya a determinado postulante. Y mencionan la reelección de Carlos Menem como caso testigo de esta típica conducta electoral argentina. Así las cosas, también los electores, con nuestra falta de sinceridad, colaboramos a ensombrecer los procesos electorales y a que no sólo las paredes luzcan sucias después de los comicios.







