Mientras la atención de la Redacción estaba dirigida a la vibrante final que disputaban Novak Djokovic y Rafael Nadal, una llamada inesperada guillotinó la rutina periodística. -"¿Hola? Cómo le va señor, ¿se acuerda de mí?", dijo una voz inconfundible desde el otro extremo del hilo. -"Por supuesto, cómo no reconocerlo, ¿a qué se debe esta agradable sorpresa?". -"Una zoncera nada más, pero hace tiempo que quería llamarlos para decirles que estoy muy contento con los cambios que se están viendo". -"Muchas gracias, un honor que lo diga usted". -"En serio, me gusta mucho la frescura y la picardía que veo en las nuevas plumas". -"De nuevo gracias y espero que esta charla se prolongue con un vino de por medio". -"Póngale la firma, un abrazo". El autor de la cálida llamada fue Osvaldo, un empleado histórico del diario, jubilado hace unos años. Su mirada aguda, crítica o elogiosa, siempre fue valorada por los periodistas, y más ahora, tamizada por la añoranza.







