En la reciente visita a Tucumán, Néstor Kirchner volvió a demostrar cuán poco le importan las formas y el protocolo. A otros presidentes se les notaba en la cara que vivían los actos del 9 de Julio como un trámite burocrático -¿tal cosa puede ser llevada con alegría?- y no podían ocultar su desesperación por tomar el avión de regreso a la Capital Federal. Tal fue el caso del abúlico Fernando de la Rúa y de los últimos años de Carlos Menem, quien ya directamente mandaba a emisarios. En cambio, Kirchner parecía con ganas de tomarse un café con cada tucumano.
Ansioso y arrebatado como niño a quien los Reyes Magos le acaban de traer los regalos pedidos, el jefe de Estado recorrió el trayecto entre el aeropuerto y la plaza Independencia con la mitad del cuerpo afuera de la ventanilla de la combi, en la que viajó en el asiento del acompañante. Después se bajó y se dirigió casi corriendo hacia la plaza para estrechar cuanta mano se le extendía detrás de las vallas de seguridad. Hasta pudo verse que un niño jugaba a despeinar al Presidente. Este, en consecuencia, entraba descuajeringado, con la camisa (encima de color) arrugada y con el saco cruzado desabrochado -¿hay una violación más flagrante a las normas de etiqueta?- a los actos oficiales. En estos se lo veía aburrido ?se tocaba la cara y miraba el techo en el caso de la Catedral- y con ganas de salir corriendo. "Quiero gente, quiero gente", parecía pensar. Por eso cuando salía a la calle se demoraba infinitamente: tardó más de 20 minutos en recorrer el camino entre la Casa de Gobierno y la Catedral o entre esta y la Casa Histórica.
A algunos la tan poco política sinceridad de Kirchner ?tan lejos de los "ni niego ni afirmo"- los incomoda. En Fuerza Republicana bufaron cuando se lo escuchó decir que no le gustaba Antonio Bussi como intendente de la capital. Tampoco sonrieron cuando anticipó que no frenará, como De la Rúa, los pedidos de extradición de la Justicia internacional contra los militares, por violaciones a los derechos humanos, sino que los propios jueces argentinos decidirán. Ciertos dirigentes de FR respondieron con peroratas contra la homosexualidad porteña y contra la postulación del catedrático Eugenio Zaffaroni a la Corte Suprema de la Nación, temas que no integraban el dabate.
Más allá de la intención de reconciliar a las instituciones con la sociedad, Kirchner no come vidrio. Hizo votos de silencio cuando se le preguntó sobre las denuncias de fraude en las últimas elecciones provinciales. Si hablaba ponía en peligro las relaciones con el futuro gobernador, José Alperovich. Tampoco le reprochó a Julio Miranda por la muerte de 21 niños desnutridos. Hasta la más voluptuosa de las sinceridades calla ante las ecuaciones del poder.
Incluso con peros, el estilo kirchnerista aún no se cultiva por aquí. El ex intendente y legislador electo Antonio Alvarez (PJ) ratificó que en el municipio sigue vigente el modelo del virrey Rafael de Sobremonte cuando las Invasiones Inglesas, el de la huida en la noche, sin dar explicaciones ?por ejemplo de 800 nombramientos en sólo 11 meses-, que se mantiene desde Oscar Paz (FR).
Explicaciones es lo que solicitó la Iglesia Católica. En el Tedéum del 9 de Julio, el arzobispo Luis Villalba fustigó la perversa y endémica inclinación de vivir en la ilegalidad. Más aún: reiteró que sin educación una comunidad no va a ninguna parte. En Tucumán, la tercera parte de la población (400.000 personas) es analfabeta funcional: apenas si sabe leer, escribir oraciones simples y firmar.
Miranda, quien a diferencia de Kirchner ahora parece más atento a las reglas protocolares, dice que la palabra de la Iglesia no se discute. Desde la perspectiva de que la fe -por más profunda que sea, en este caso, la del gobernador- debe ser acompañada por obras, ¿monseñor habrá pensado en la facilidad con que se puede transgredir el octavo mandamiento? Los hechos siempre demuestran si se hace lo que se declama y si las formas reflejan lo que, en el fondo -y no tan en el fondo-, se es.
13 Julio 2003 Seguir en 
Por Federico Abel







