Educación, cuestión clave

La crisis del país tiene un trasfondo nítidamente moral.

13 Julio 2003
Un fuerte acento en el problema educativo puso el arzobispo de Tucumán en su homilía de la fecha patria, el mércoles. Sus conceptos merecen, por cierto, ser subrayados. Partió de la base de que la crisis argentina no es sólo económica y política, sino que tiene un nítido fondo moral. De esa crisis salen esos comportamientos opuestos a la ética; esa "modalidad colectiva de astucia"; esa "inclinación perversa para vivir en la ilegalidad"; esa "mentalidad deformada que privilegia la individualidad egoísta frente al bien común".
Para remontar esa crisis hay que actuar sobre la persona, y eso no es posible sin educación. La educación debe impulsarse y ser para todos. Necesita, concretamente, que las escuelas funcionen, que los alumnos concurran a ellas y que los docentes realicen su tarea con tranquilidad económica y espiritual. Insistió el prelado en que el Gobierno debe apostar a la educación y convertir ese criterio en política de Estado: es la única capaz de hacer madurar a los seres e insertarlos en la sociedad con igualdad de oportunidades. No ha de olvidarse que la persona se forma en dos talleres, que son la familia, como responsable de la educación de sus miembros, y la escuela, que prolonga y complementa tal tarea.
Ninguna sociedad puede crecer política y económicamente sin ese desarrollo social que es la educación, con igualdad efectiva de oportunidades para todos. No ocurre así entre nosotros. Tenemos una deserción escolar del 32,50% en la última década, dramática proporción que en las zonas rurales se eleva a un 42,50%. Los diez años de escolaridad que marca la Ley Federal son una meta de escaso cumplimiento. Faltan aulas en las escuelas y los colegios secundarios son insuficientes. Cerca de 20.000 niños, especialmente del interior tucumano, sufren ese problema. A esto se agregan los días de clase perdidos, que pesan en asombrosa proporción: piénsese que quienes en 2002 terminaron el 7º año del EGB, en realidad no cursaron 7 años sino sólo 5 años y medio. Al nivel secundario o polimodal sólo asiste un 14% de adolescentes: en ese nivel, la deserción es del 43,55%. Es decir que sólo 8 alumnos de cada 100 terminan el ciclo.
Es conocido además el gravísimo problema de la infraestructura: la falta de escuelas, la falta de aulas y la falta de condiciones dignas para que la tarea educativa se desarrolle. Existe un hacinamiento que se refleja en la disminución de un 25% de las clases, y que afecta a 15.000 alumnos de la periferia de nuestra capital. Apuntemos que, en LA GACETA de ayer, consignábamos la necesidad de construir por lo menos 20 escuelas nuevas en ese sector, además de ampliar de modo sustancial las existentes. Piénsese que en la periferia hay unos 5.000 menores que jamás pisaron una escuela.
El arzobispo recalcó que la sociedad, en sus distintos grupos, tiene el derecho y el deber de procurar "una educación para todos, en un régimen de auténtica libertad". Así es como, en la materia, "el Estado debe favorecer y estimular la iniciativa social". Esto encierra, pensamos, una justificada advertencia acerca de que la preocupación en la órbita oficial no debe manifestarse a costa de desamparar la órbita de la educación privada.
En suma, la alocución del arzobispo -doblemente significativa porque fue pronunciada ante el presidente de la Nación- no ha hecho más que poner de manifiesto las aristas más serias de una cuestión que de ningún modo puede posponerse, ni colocarse en otro sitio que no sea el de una candente prioridad. No debemos olvidar que nuestros más grandes problemas sociales, desde la desnutrición hasta la delincuencia juvenil, están directamente relacionados con las fallas educativas.

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