Ambos formaron una sociedad de corta duración pero de alto rendimiento. Antonio "Tony" Alvarez buscaba ser legislador, y para ello necesitaba votos y una fuerza de choque para contener los conflictos en una Municipalidad que se caía a pedazos. Osvaldo "Cacho" Acosta aspiraba a volver al gremio municipal en pocas semanas más, y quiso construir poder desde un cargo de buen sueldo y escaso trabajo en la administración comunal. Durante varios meses la dupla funcionó aceitadamente, pero la cambiante realidad política comenzó a devorarlos.
Acosta es un ejemplo del gremialismo peor visto: gente que tiene cargos pero no está en la oficina; que dice defender los intereses de los afiliados pero que saca la mejor tajada. La nueva intendenta, Marta de Ezcurra, lo enfrentó cuando él dijo que ardería Troya si se revisaban los nombramientos del destituido Alvarez. Lo desafió a que fuera solo, no en patota; lo cesanteó del cargo de director de una repartición casi inexistente (donde -dicen- cobraba más que un concejal) y encargó una auditoría para revisar si, a través de Alvarez, hizo nombrar a hermanos y otros parientes en la Municipalidad.
Toda la maquinaria municipal se puso en marcha en contra del seudo gremialista que, en otras épocas, hizo temblar a intendentes como Oscar Paz y Raúl Topa. De pronto, el combativo gremio municipal (que generó escándalos en defensa de Alvarez y que llegó a agredir a la concejala Ana Mónica Beverina hace pocos días) se batió en silenciosa retirada y dejó solo a Acosta. A pesar de que se están revisando las recategorizaciones y de que se dejaron sin efecto 800 designaciones, los seguidores de Modesto Suárez (que hace pocos meses encontraron apoyo en sectores del gobierno provincial afines a Antonio Guerrero) reflexionan acerca de su soledad y buscan un lugar en el calorcito oficial. Y se dan cuenta de que el poder está sosteniendo ahora a De Ezcurra, que hizo muy bien los primeros deberes para restablecer el principio de autoridad en una ciudad caotizada.Alvarez no es tan fácil de clasificar como Acosta. De buena labia y con los antecedentes de haber sido presidente de un bloque en el Concejo deliberante y hasta titular del mismo Concejo, fue elegido como una esperanza para superar el caos que había dejado Raúl Topa. Pero arregló con los gremios; profundizó la impunidad de estos al eliminar los sumarios administrativos; cerró acuerdos con el solo objetivo de lograr su elección como legislador (necesitaba 3.000 votos: hizo 800 nombramientos y prometió 2.300 recategorizaciones) y luego desapareció de la ciudad y la dejó a la deriva. Lo que no se entiende es cómo, después del caos en que quedó la capital, se animó a presentarse en el Concejo y pensó que iba a superar la interpelación con éxito, mientras se enfrentaba también a todo el gobierno de Julio Miranda. Su segunda en el sublema, Karina Seoane, votó en su contra y aspira a quedarse con su futura banca legislativa. Hoy, en vez de ser un intendente renunciante y legislador electo, Alvarez es un intendente echado y su pliego podría no ser aprobado por una legislatura afín a José Alperovich.
Lo sorprendente de este dúo de Acosta y Alvarez es que creyeron que podrían sacar provecho del infierno urbano que contribuyeron a formar. Pero no contaron con el cambio de las circunstancias políticas y quedaron marginados. Los funcionarios de Miranda, que hace poco eran los malos de la película por el desgobierno que llevó a la muerte de niños desnutridos, ahora son los triunfadores de los comicios y buscan votos para las elecciones de octubre; para eso quieren tener una ciudad ordenada. Hoy, el calorcito oficial y los camiones policiales están de parte de De Ezcurra, y ella parece dispuesta a ponerle un cascabel a cada gato.
12 Julio 2003 Seguir en 
Por Roberto Delgado







