08 Julio 2003 Seguir en 
La Biblioteca Alberdi acaba de cumplir cien años de vida. Una extensa nota, en nuestra edición del domingo, da cuenta de la realidad que rodea esa fecha liminar: un edificio en pésimas condiciones; el material bibliográfico sin catalogar o en estado de destrozo en una apreciable proporción; crónica falta de fondos hasta para pagar los servicios; horario de atención reducido solamente a la mañana, son sus características más salientes. No es de extrañar que los cien años no hayan dado lugar a festejo alguno. Más bien, sólo sirven para acentuar la incertidumbre acerca del destino que aguarda a la institución.
Es curioso lo que ocurre con las bibliotecas públicas en la ciudad de Tucumán. Mientras en otras capitales no solamente se mantienen sino que crecen en material bibliográfico y en la consulta, entre nosotros, desde hace muchos años, se singularizan por un asombroso proceso de declinación: al menos en las dos más importantes, ubicadas en el centro de la ciudad. Pareciera que hemos adoptado el curioso criterio de que las bibliotecas no nos sirven realmente, y que, en consecuencia, pueden quedar libradas a cualquier destino sin que esto nos afecte en absoluto.
Se trata de un tema que en múltiples ocasiones ha ocupado nuestro comentario. Luego de haber sido activísimos centros de cultura, a los cuales mucho les debe el prestigio espiritual de nuestra ciudad, desde hace varias décadas nadie se preocupa por su suerte. Una ojeada a la colección de nuestro diario de los últimos cincuenta años muestra, entre los temas recurrentes de las notas de opinión, el relativo a la postración de estas instituciones. En el caso de la Alberdi, más de una vez hemos debido hasta deplorar que estuviera cerrada varios días por habérsele cortado el suministro eléctrico ante la falta de pago.
Es verdad que el Estado tiene responsabilidad en lo que ocurre. Las bibliotecas, aunque pertenezcan a instituciones privadas, tienen obvia trascendencia en materia de cultura, y el poder público debe acudir en su auxilio. El área respectiva debió haber tenido, dentro de sus objetivos, una atención razonable hacia los centros bibliográficos, materializada en un bien merecido subsidio, que les permitiera mejorar su marco de funcionamiento. En el caso que nos ocupa, ese aporte existió un tiempo y luego desapareció, a pesar de que se trataba de un monto insignificante en relación con otros gastos.
Pero también es cierto que la comunidad pudo haber hecho algo a favor de las bibliotecas y no lo ha hecho. Lamentablemente, no es para nada común una conciencia de la obligación colectiva existente en ese sentido. Nadie parece tener en cuenta que centros bibliográficos como la Sarmiento o la Alberdi fueron la semilla de ese bullente trajín cultural que caracteriza a nuestra ciudad -a pesar de todos sus grandes problemas- y que singulariza a San Miguel de Tucumán dentro de las capitales del interior argentino.
Nunca se ha advertido que los integrantes de la comunidad, o las instituciones privadas que piensan que los libros tienen alguna trascendencia para nuestra formación, hayan sido capaces, hasta el momento, de nuclearse para desarrollar una acción que detenga y revierta este penoso proceso que está a la vista de todos.
Nos parece que el centenario de la Biblioteca Alberdi debiera servir para que se remueva tan triste pasividad. No se trata ya de añorar épocas que se fueron, ni de meditar nostálgicamente sobre lo poco o lo mucho que se pudo haber hecho y que no se hizo. Lo saludable sería enfocar la cuestión de ahora en adelante.
Hablamos de organizar una acción conjunta, pública y privada, capaz de corregir estas situaciones que hablan muy poco a favor de nuestra preocupación por las cosas del espíritu. Sería la manera de celebrar de un modo positivo este aniversario secular.
Es curioso lo que ocurre con las bibliotecas públicas en la ciudad de Tucumán. Mientras en otras capitales no solamente se mantienen sino que crecen en material bibliográfico y en la consulta, entre nosotros, desde hace muchos años, se singularizan por un asombroso proceso de declinación: al menos en las dos más importantes, ubicadas en el centro de la ciudad. Pareciera que hemos adoptado el curioso criterio de que las bibliotecas no nos sirven realmente, y que, en consecuencia, pueden quedar libradas a cualquier destino sin que esto nos afecte en absoluto.
Se trata de un tema que en múltiples ocasiones ha ocupado nuestro comentario. Luego de haber sido activísimos centros de cultura, a los cuales mucho les debe el prestigio espiritual de nuestra ciudad, desde hace varias décadas nadie se preocupa por su suerte. Una ojeada a la colección de nuestro diario de los últimos cincuenta años muestra, entre los temas recurrentes de las notas de opinión, el relativo a la postración de estas instituciones. En el caso de la Alberdi, más de una vez hemos debido hasta deplorar que estuviera cerrada varios días por habérsele cortado el suministro eléctrico ante la falta de pago.
Es verdad que el Estado tiene responsabilidad en lo que ocurre. Las bibliotecas, aunque pertenezcan a instituciones privadas, tienen obvia trascendencia en materia de cultura, y el poder público debe acudir en su auxilio. El área respectiva debió haber tenido, dentro de sus objetivos, una atención razonable hacia los centros bibliográficos, materializada en un bien merecido subsidio, que les permitiera mejorar su marco de funcionamiento. En el caso que nos ocupa, ese aporte existió un tiempo y luego desapareció, a pesar de que se trataba de un monto insignificante en relación con otros gastos.
Pero también es cierto que la comunidad pudo haber hecho algo a favor de las bibliotecas y no lo ha hecho. Lamentablemente, no es para nada común una conciencia de la obligación colectiva existente en ese sentido. Nadie parece tener en cuenta que centros bibliográficos como la Sarmiento o la Alberdi fueron la semilla de ese bullente trajín cultural que caracteriza a nuestra ciudad -a pesar de todos sus grandes problemas- y que singulariza a San Miguel de Tucumán dentro de las capitales del interior argentino.
Nunca se ha advertido que los integrantes de la comunidad, o las instituciones privadas que piensan que los libros tienen alguna trascendencia para nuestra formación, hayan sido capaces, hasta el momento, de nuclearse para desarrollar una acción que detenga y revierta este penoso proceso que está a la vista de todos.
Nos parece que el centenario de la Biblioteca Alberdi debiera servir para que se remueva tan triste pasividad. No se trata ya de añorar épocas que se fueron, ni de meditar nostálgicamente sobre lo poco o lo mucho que se pudo haber hecho y que no se hizo. Lo saludable sería enfocar la cuestión de ahora en adelante.
Hablamos de organizar una acción conjunta, pública y privada, capaz de corregir estas situaciones que hablan muy poco a favor de nuestra preocupación por las cosas del espíritu. Sería la manera de celebrar de un modo positivo este aniversario secular.







