08 Julio 2003 Seguir en 
Ahora sí Antonio Bussi tiene que empezar a preocuparse seriamente. Y no precisamente porque vaya a ser un intendente con sólo tres concejales adictos, ni porque el color político de José Alperovich sea distinto del suyo, ni porque ideológicamente está enfrentado al presidente Néstor Kirchner (todo lo cual le augura una gestión harto complicada desde lo político y desde lo institucional, si es que asume). Ocurre que el candidato peronista, Gerónimo Vargas Aignasse, para la sorpresa general, no cuestionó el resultado que le hizo perder la capital por tan sólo 17 escasos votos.
Por esa exigua diferencia en Tucumán se cuestiona el resultado de hasta la más ignota comuna rural, donde los padrones abarcan a 700 personas. En San Miguel de Tucumán hay más de 400.000 ciudadanos en condiciones de votar. Aquí nadie regala nada; menos la principal municipalidad, y por sólo 17 votos. Como mínimo, es sospechoso.
Además, resulta por de más extraño que el Partido Justicialista, con expertos en tejer estrategias electorales para festejar triunfos impensados, diga de buenas a primeras que reconoce una derrota en manos nada menos que del bussismo. Cabe pensar que se volvieron extremadamente democráticos, pero también se podría hablar de acuerdos de cúpulas o suponer que algo están tramando las mentes del PJ. Nada es descabellado en el justicialismo cuando se pelea por el poder.
El telón no parece haberse bajado definitivamente. Por el contrario, más bien parece que se vio un acto más de una obra que pretende mostrar -en el capítulo que se escribió ayer- a un justicialismo dócil, respetuoso de las instituciones y hasta exageradamente democrático. Y se trata del mismo peronismo que ganó por más de 100.000 votos de diferencia y que indirectamente tiene bajo su mando a la capital.
Con tamaña demostración efectiva de trabajo político -con y sin artimañas electorales- expresado en las urnas, no se puede interpretar que se acepte perder la intendencia más importante de Tucumán, donde está la mitad del electorado y que es la cara de la Provincia ante el país, por 17 votos.
Existe la alternativa de aceptar la evidente sinceridad con que Vargas Aignasse -de cuyo dolor por haber perdido a manos nada menos que de Bussi no puede dudarse- admitió la derrota y afirmó que no hará ningún planteo contra el resultado. O bien se puede prestar atención a la referencia que hizo el secretario general del PJ, Antonio Guerrero, sobre las ocho urnas anuladas.
Hay que tener en cuenta que la Junta Electoral Provincial no proclamó aún a nadie; sólo dio a conocer los resultados del escrutinio haciendo constar en las planillas esas ocho urnas anuladas. En este caso, el cuerpo tiene dos caminos. Uno es dejar esas urnas de lado y proclamar a Bussi. El otro, llamar a elecciones complementarias, con lo que renacería la esperanza para Vargas Aignasse. Nada es seguro; sólo hay una verdad a medias. La última palabra la tiene la Junta Electoral Provincial. ¿Bajará el telón o dirá que esta historia está inconclusa?Algunos ya miran debajo del agua. En danza hay más de 4.000 votos -en esas ocho urnas-, que son más que suficientes para asegurar la victoria de Bussi o para dar vuelta el resultado conocido. Bussi no puede estar tranquilo, por lo menos hasta que la Junta lo declare vencedor, porque una buena parte del justicialismo no quiere regalarle la Municipalidad. A no ser que -como mencionamos- haya habido un baño de fuego democrático o un pacto entre los principales referentes políticos.
En Tucumán, donde todo lo que se dice y se hace en política es sospechoso, nada es seguro; menos los discursos que hablan de victorias y de derrotas.
Por esa exigua diferencia en Tucumán se cuestiona el resultado de hasta la más ignota comuna rural, donde los padrones abarcan a 700 personas. En San Miguel de Tucumán hay más de 400.000 ciudadanos en condiciones de votar. Aquí nadie regala nada; menos la principal municipalidad, y por sólo 17 votos. Como mínimo, es sospechoso.
Además, resulta por de más extraño que el Partido Justicialista, con expertos en tejer estrategias electorales para festejar triunfos impensados, diga de buenas a primeras que reconoce una derrota en manos nada menos que del bussismo. Cabe pensar que se volvieron extremadamente democráticos, pero también se podría hablar de acuerdos de cúpulas o suponer que algo están tramando las mentes del PJ. Nada es descabellado en el justicialismo cuando se pelea por el poder.
El telón no parece haberse bajado definitivamente. Por el contrario, más bien parece que se vio un acto más de una obra que pretende mostrar -en el capítulo que se escribió ayer- a un justicialismo dócil, respetuoso de las instituciones y hasta exageradamente democrático. Y se trata del mismo peronismo que ganó por más de 100.000 votos de diferencia y que indirectamente tiene bajo su mando a la capital.
Con tamaña demostración efectiva de trabajo político -con y sin artimañas electorales- expresado en las urnas, no se puede interpretar que se acepte perder la intendencia más importante de Tucumán, donde está la mitad del electorado y que es la cara de la Provincia ante el país, por 17 votos.
Existe la alternativa de aceptar la evidente sinceridad con que Vargas Aignasse -de cuyo dolor por haber perdido a manos nada menos que de Bussi no puede dudarse- admitió la derrota y afirmó que no hará ningún planteo contra el resultado. O bien se puede prestar atención a la referencia que hizo el secretario general del PJ, Antonio Guerrero, sobre las ocho urnas anuladas.
Hay que tener en cuenta que la Junta Electoral Provincial no proclamó aún a nadie; sólo dio a conocer los resultados del escrutinio haciendo constar en las planillas esas ocho urnas anuladas. En este caso, el cuerpo tiene dos caminos. Uno es dejar esas urnas de lado y proclamar a Bussi. El otro, llamar a elecciones complementarias, con lo que renacería la esperanza para Vargas Aignasse. Nada es seguro; sólo hay una verdad a medias. La última palabra la tiene la Junta Electoral Provincial. ¿Bajará el telón o dirá que esta historia está inconclusa?Algunos ya miran debajo del agua. En danza hay más de 4.000 votos -en esas ocho urnas-, que son más que suficientes para asegurar la victoria de Bussi o para dar vuelta el resultado conocido. Bussi no puede estar tranquilo, por lo menos hasta que la Junta lo declare vencedor, porque una buena parte del justicialismo no quiere regalarle la Municipalidad. A no ser que -como mencionamos- haya habido un baño de fuego democrático o un pacto entre los principales referentes políticos.
En Tucumán, donde todo lo que se dice y se hace en política es sospechoso, nada es seguro; menos los discursos que hablan de victorias y de derrotas.







