BUENOS AIRES.- Entretanto siga articulando estos resultados fiscales, al Gobierno se le perdonan muchas cosas, entre ellas el acentuado personalismo impuesto por el ministro Roberto Lavagna a su gestión, el nepotismo en algunas designaciones y el abultado presupuesto aplicado a la campaña publicitaria de image building del presidente Néstor Kirchner.
Por resultados fiscales se entiende una recaudación impositiva que supera lo esperado y esperable, que por primera vez hace presumible obtener la meta impositiva prevista para todo el año, es decir, alrededor de 75.000 millones de pesos.
Doble mérito, puesto que se logra con un dólar bajo, de $ 2,80, como lo quería el titular del Banco Central, Alfonso Prat Gay, y no alto, de $ 3,40, como lo quería Lavagna.
Al mismo tiempo da pie a campañas espectaculares contra la evasión, como la que se tradujo en el pedido de detención del empresario Eduardo Eurnekian y en el allanamiento de 180 empresas por presunta fabricación y utilización de facturas truchas.
Lo que es más problemático es que esto sirva para consolidar un superávit fiscal del 2,5% del PBI, dado que el gasto público está en un piso histórico y no puede menos que aumentar, y las grandes sumas de dinero inyectadas, sobre todo al Estado nacional, pero también a las provincias, por la mejora en los ingresos fiscales, tientan a gastar de más.
Pero en la semana lo que más resonó fue la frase de Lavagna, de que "solamente una vez que se empiecen a pagar los impuestos en serio en la Argentina, será posible bajar las alícuotas y tender a eliminar impuestos distorsivos, como el de los cheques y las retenciones".
Confirmación
La planilla de recaudación de junio confirma lo que ya venía observándose desde mayo: que se está produciendo un cambio de estructura consistente en el avance de los impuestos directos y patrimoniales, es decir, el Impuesto a las Ganancias, engrosado por la falta de aplicación del ajuste por inflación en los balances, pese a un número de recursos de amparo que avalaban esa posibilidad.
Sin embargo, la generalidad lo acató y hubo empresas que debieron pagar hasta tres veces más que lo hubieran hecho si se aplicaba el ajuste por inflación.
En segundo lugar, el Impuesto a los Bienes Personales, aumentado por la detección de patrimonios hasta entonces disimulados, sobre todo en inmobiliarios, y por el cambio en la ley que obligó a las empresas a retener el impuesto correspondiente a las tenencias de sus accionistas.
Hay quienes piensan que los impuestos a los altos patrimonios y a las elevadas ganancias son los únicos que cuentan, mientras que todos los demás o se aplican a los más pobres o son de emergencia.
Mientras tanto, los impuestos al consumo, particularmente el IVA, crecen mucho menos, mantienen su volumen, pero retroceden en términos relativos. El comportamiento del IVA y el de los impuestos internos y a los combustibles evidencian que la reactivación es todavía débil.
Las retenciones agropecuarias cumplen dentro de este esquema un rol particular, dado que se cobran a los sectores que han acumulado excedentes, como son los productores y los exportadores, y contribuyen a mantener el salario real porque bajan los precios de los alimentos. Aunque también esto es injusto, en tanto y en cuanto se aplican sobre un valor dólar que tiende a bajar y que ya no remunera el esfuerzo del campo, lo que traerá problemas a corto más que a largo plazo. (DyN)







