Recuperada o acomodada, la clase media siempre es el blanco preferido de los gobiernos. Sobre esa franja social pesan los aumentos autorizados por el polémico secretario de Comercio Interior de la Nación, Guillermo Moreno. Los productos de marcas líderes se encarecen con mayor velocidad que los otros que pueblan las góndolas. El Gobierno nacional se ha encargado de brindar una sensación de bienestar, pero también usa el antídoto para regularla. No hace que pague más a los que más tienen (por caso, las operaciones financieras no pagan Ganancias), mientras la mayor parte de los asalariados deben cumplir religiosamente con el fisco. Así, el aumento que generalmente se otorga durante el primer trimestre del año termina licuándose ni bien llega agosto. Ni hablar del efecto inflacionario en el salario. Si bien el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) suele medir que los sueldos le ganan la carrera a la inflación, en la vida real (no en el mundo de las sensaciones oficiales) el efecto es el contrario. Y por lejos.
La exprimida clase media también está siempre en el foco de las fiscalizaciones de los organismos oficiales, sea un asalariado, un pequeño y un mediano comerciante, un emprendedor que quiere abrirse camino o un profesional que busca solamente mantener un estatus de vida adecuado como "premio" a tanto tiempo de dedicación al estudio. Un buen pasar.
El Estado se queda con más del 46% del ingreso familiar de un asalariado y por distintas vías impositivas. Así, si el ingreso total llega a los $ 7.000, puede ser que el fisco se quede con no menos de $ 3.300, señala un reporte recientemente difundido por el Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf).
El Estado todo lo puede: regula los valores de algunos alimentos, pero no puede contribuir a la estabilización del mercado de combustible. Libera transitoriamente precios para unos sectores (prepagas, por ejemplo), pero no reconoce la evolución del Índice de Precios al Consumidor (IPC). Tampoco deja que las provincias hagan sus propias mediciones de inflación, salvo casos excepcionales en los que, al igual que las consultoras privadas, el IPC suele ser dos y hasta tres veces superior a lo que informa el Indec cada mes. Qué curioso: provincias como Tucumán son potencialmente perjudicadas por la política de subsidios cruzados que la gestión de Cristina Fernández (como antes fueron otras administraciones) vuelca generosamente en el área metropolitana y en el Gran Buenos Aires, el principal distrito electoral del país, ese que define elecciones presidenciales. Gas, transporte, subterráneo, electricidad y otros servicios más bajos que en el interior, donde la escasez se vino a vivir cuando se habla de combustible, gas industrial o planes "Cristina para todos".
La política asistencialista de la Casa Rosada, sin embargo, ha sido beneficiosa para Tucumán en el reparto de los planes Argentina Trabaja. Después de Buenos Aires, es holgadamente el segundo distrito con mayores integrantes de las cooperativas de trabajo. En este contexto de un país donde la distribución de la riqueza no es lineal ni dadivosa para los hombres del interior, al tucumano le cuesta mucho sostenerse en ese estrato característico de la sociedad argentina: la gloriosa y bendita clase media, esa que necesita no menos de $ 5.000 para sentirse plenamente en el medio de la pirámide social.
A duras penas, el asalariado tucumano del sector privado llega a la mitad de aquel ingreso mensual. Es, más bien, de la clase media baja, esa que hace piruetas para llegar a fines de mes, la que pelea los precios días tras día y camina para estirar, como chicle, el exprimido salario mensual.
La exprimida clase media también está siempre en el foco de las fiscalizaciones de los organismos oficiales, sea un asalariado, un pequeño y un mediano comerciante, un emprendedor que quiere abrirse camino o un profesional que busca solamente mantener un estatus de vida adecuado como "premio" a tanto tiempo de dedicación al estudio. Un buen pasar.
El Estado se queda con más del 46% del ingreso familiar de un asalariado y por distintas vías impositivas. Así, si el ingreso total llega a los $ 7.000, puede ser que el fisco se quede con no menos de $ 3.300, señala un reporte recientemente difundido por el Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf).
El Estado todo lo puede: regula los valores de algunos alimentos, pero no puede contribuir a la estabilización del mercado de combustible. Libera transitoriamente precios para unos sectores (prepagas, por ejemplo), pero no reconoce la evolución del Índice de Precios al Consumidor (IPC). Tampoco deja que las provincias hagan sus propias mediciones de inflación, salvo casos excepcionales en los que, al igual que las consultoras privadas, el IPC suele ser dos y hasta tres veces superior a lo que informa el Indec cada mes. Qué curioso: provincias como Tucumán son potencialmente perjudicadas por la política de subsidios cruzados que la gestión de Cristina Fernández (como antes fueron otras administraciones) vuelca generosamente en el área metropolitana y en el Gran Buenos Aires, el principal distrito electoral del país, ese que define elecciones presidenciales. Gas, transporte, subterráneo, electricidad y otros servicios más bajos que en el interior, donde la escasez se vino a vivir cuando se habla de combustible, gas industrial o planes "Cristina para todos".
La política asistencialista de la Casa Rosada, sin embargo, ha sido beneficiosa para Tucumán en el reparto de los planes Argentina Trabaja. Después de Buenos Aires, es holgadamente el segundo distrito con mayores integrantes de las cooperativas de trabajo. En este contexto de un país donde la distribución de la riqueza no es lineal ni dadivosa para los hombres del interior, al tucumano le cuesta mucho sostenerse en ese estrato característico de la sociedad argentina: la gloriosa y bendita clase media, esa que necesita no menos de $ 5.000 para sentirse plenamente en el medio de la pirámide social.
A duras penas, el asalariado tucumano del sector privado llega a la mitad de aquel ingreso mensual. Es, más bien, de la clase media baja, esa que hace piruetas para llegar a fines de mes, la que pelea los precios días tras día y camina para estirar, como chicle, el exprimido salario mensual.







