Antes de llegar al lado oscuro

Hay días en que la música te tironea entre sensaciones y tiempo. Por ejemplo, apenas salís de tu casa te cruzás con un señor que canta, garganta con arena... (y es cierto). Después, a la verdulera el dial se le clavó en radio Bésame, y Luismi te hace dudar: ¿será que no me amas? Te calzás los auriculares: vía Lalo Mir otra vez los Mouras te susurran esas noches de calor, llenas de ansiedad y vos, que en los últimos días ya te olvidaste del invierno, te sofocás. Ya sin auriculares, un poco de calma: uno que cruza la misma calle (y que tiene tus años) ataca, bien afinado, el silbidito de Still loving you (Skorpions, 1984). Apurada, te trepás a un taxi porque te ilusionás en vano con que vas a llegar menos tarde que caminando. De una: desde el parlante te latiguea, justo a la oreja derecha, Mc Caco (no tengas miedo, te dice, a todo volumen). Te hacés la indiferente para que el tachero no te humille al replicarte: qué, ¿a usted no le gusta la música señora? si osás pedirle que lo baje. A la noche, en medio del tránsito imposible de la calle 24 te no te queda otra que abordar el último taxi y, ya curtida esperás, por la pinta del chofer -que tiene unos 20 años y circula cuello envuelto en un pañuelo palestino- te aporree con, en el mejor de los casos, electrónica para ir anticipando la disco. Pero no. Pone un CD y sorprende con una gotera aguda y rara. Varias cuadras después, en onda verde, intentás dilucidar qué es y entra un coro. ¡Sí, son Gilmour, Waters y compañía antes de que llegaran al lado oscuro de la Luna! Al bajarte sólo escuchaste siete psicodélicos minutos de los 23 que dura la obra. "Sí -cataloga y deslumbra el chico- es Echoes, del álbum Meddle de Pink Floyd, 1971". Al llegar a casa los verás -hermosos- en YouTube, los escucharás tras décadas, y leerás el texto. Después de todo no fue un día tan duro.

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