Los diferentes suelen padecer diversos problemas a causa de su condición. El peor, sin dudas, es el maltrato, la discriminación. El diferente asusta, desconcierta, perturba. Integrarlo es una deuda que la especie humana todavía tiene consigo misma. Algunas diferencias son elegidas. Estas suelen ser, en general, superficiales. Otras, en cambio, fueron impuestas por la enfermedad o el accidente. Estas pueden verse en la superficie, pero crean raíces profundas y extremadamente sensibles a la discriminación. Personas con capacidades especiales se les dice ahora a quienes cargan con estas diferencias. Es un modo de tratar de que, por efecto de la repetición en el habla se las integre en el corazón. También se han dictado leyes para mejorar su calidad de vida. Pero hecha la ley, hecha la trampa, dice el refrán y reafirma la sociedad. Uno de los casos, denunciado hasta el cansancio sin que se hayan conseguido cambios, es el de la obligación de las empresas de transporte a otorgar pasajes gratuitos a discapacitados y su acompañante. No se niegan a hacerlo, pero aducen excusas insólitas. En primer lugar, no se venden boletos ida y vuelta, lo que hace que el retorno quede librado al azar o a la buena voluntad de la empresa o de sus empleados en el lugar de destino. Las firmas establecen, sin comunicarlo debidamente, horarios y turnos para emitir este tipo de pasaje. Exigen que se los pida con no menos de 15 días de antelación, pero si el interesado se presenta anticipadamente le dicen que en el sistema (informático) no se han cargado todavía los viajes para la fecha solicitada. O contestan que no hay pasajes, aunque después el pasajero, habiendo comprado el pasaje, compruebe que en el ómnibus sobran los asientos vacíos. Estas situaciones, incomprensibles e injustificadas, las escuché y escribí en LA GACETA muchísimas veces en mi carácter de periodista. Últimamente, y como hija, me ha tocado -dolido- vivirlas.







