A no jugar contra el tiempo

Pasó otro lunes y también la sensación de que no hay tiempo que alcance para el descanso, para la familia o para los amigos. Es el día en que maldecimos el transcurso fugaz del descanso de fin de semana. Están los que ubican su cabeza un día, un mes, un año o una década adelante para tratar de vencer al tiempo. Otros, deciden que la solución es hacer como que no existe y marchan sin prisa aparente por el camino diario de 24 horas. Pero ninguno escapa a la trayectoria circular e infinita que marcan las agujas del reloj, habitualmente con cuatro números que nos van avisando que las horas nos devoran la vida de a segundos, de a minutos, de a horas, hasta que expira nuestro momento. Pero no el suyo. Sea como fuere, indefectiblemente el tiempo se escapa y nunca se alcanza, cual as de pilladas que jamás llega a ser tocado. Persiste con su marcha relativa, esa que sólo nos importa cuando, por un motivo en particular, alguna medida nos es más relevante: un minuto para ganar una carrera de autos, un segundo para hacer el récord de los 100 metros llanos, un día para que llegue el sábado, seis meses para las vacaciones o un año para aquel viaje al extranjero. Ayer, por ejemplo, se acabó el tiempo de receso para los escolares que regresaron al estudio. Pero no importa cuánto nos preocupe o cuánto haya pasado por nuestras existencias, sino qué guardamos de la montaña de segundos que cada uno de nosotros acumulamos. El tiempo nunca podrá mirar atrás, pero nosotros sí. Transcurrimos con la ventaja de saber qué tan importante es subirse en esta rueda que siempre gira hacia adelante. Con o sin dinero, con más sinsabores o alegrías, vamos viviendo al ritmo que cada uno de nosotros imponemos. El tiempo no corre más o menos rápido; simplemente vivimos más -o menos- intensamente. Que el reloj siga su marcha sin que nos inscriba en esa carrera que nos vuelve locos.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios