03 Julio 2003 Seguir en 
Hemos consignado recientemente los puntos principales de la investigación de la Unesco sobre el nivel educativo de los adolescentes en 41 países, dadas las tristes comprobaciones que dicho estudio arroja para la Argentina. En efecto, nuestro país está entre los nueve peores, con un puesto número 37 en Ciencias, un 34 en Matemáticas y un 33 en comprensión de textos. Por cierto que estas cuestiones son escasamente novedosas para la ciudadanía.
Comprobaciones bien ilustrativas en la misma dirección han sido formuladas más de una vez por expertos y analistas de esta particular temática. La Argentina ha visto retroceder de modo alarmante el nivel de educación de sus niños y adolescentes. Es un proceso que contrasta dolorosamente con la realidad de décadas atrás, cuando nos destacábamos dentro de América Latina por los logros obtenidos en ese ramo.
Un amplio complejo de razones está por detrás de las deplorables cifras que contiene el estudio de la Unesco. En primer lugar, indudablemente, hay que mentar el descenso del presupuesto educativo, que no ha crecido, ni mucho menos, al mismo ritmo que el aumento vegetativo de alumnos. Muchas de nuestras escuelas se hallan en pésimas condiciones, las que perturban fuertemente el proceso de aprendizaje, a lo que hay que agregar la ausencia del material didáctico indispensable. También ha operado con fuerza en este rubro la existencia de un comprensible desaliento en la masa docente, por sus bajas retribuciones, que no se modifican desde largo tiempo atrás. Es bien sabido que todo ello ha derivado en paros y huelgas, que significaron la interrupción de las clases, a veces por períodos muy prolongados. Conocemos también que la dramática situación económica (de la cual Tucumán ofrece contundentes muestras) ha interferido, y no podía ser menos, en el proceso educativo. Ello se ha expresado de diversas maneras, que van desde la necesidad de contar con comedores para los alumnos, hasta la pesada incidencia de las deserciones de niños que son sacados del establecimiento por sus padres y puestos a trabajar.
Existe también la nada trivial cuestión de que los padres no participan del proceso educativo con la dedicación e intensidad que sería deseable, y que es, sin duda, condición fundamental para la buena marcha del proceso. Lejos están las épocas en que los progenitores se preocupaban, en el hogar, de la marcha del aprendizaje, tanto a través del control cotidiano de tareas como de la incorporación de hábitos de trabajo intelectual y de cumplimiento del deber.
Parece obvio decir que si un alumno muestra una pobrísima aptitud para comprender un texto, es porque nunca lee. Y si no lee, no es sólo por culpa de la televisión, sino porque en la casa nadie se ha inquietado por inculcarle la inclinación hacia la lectura. Decenios atrás, los padres solían hacer verdaderos sacrificios para adquirir libros que suponían útiles para la formación de sus hijos: las cifras masivas de enciclopedias adquiridas en cuotas por hogares humildes así lo demostraban. Todo eso actualmente no existe. Es como si se pensara que la escuela debe hacerse cargo de la formación de modo integral, lo cual no puede de ninguna manera aceptarse.
Hasta el cansancio se ha dicho que al mundo del inmediato futuro solamente podrán incorporarse ventajosamente aquellos países que pongan especial esmero en la formación de su niñez y de su juventud; y que los que no lo entiendan así quedarán vegetando al margen de la historia. Es hora de que la Argentina se ponga en condiciones de atender este desafío evidente, y revierta la realidad que con tanta crudeza denuncia el estudio de la Unesco. Hace falta una decisión política que otorgue a la educación y a la formación del docente el adecuado presupuesto, y que la ciudadanía ejerza la participación que le atañe.
Comprobaciones bien ilustrativas en la misma dirección han sido formuladas más de una vez por expertos y analistas de esta particular temática. La Argentina ha visto retroceder de modo alarmante el nivel de educación de sus niños y adolescentes. Es un proceso que contrasta dolorosamente con la realidad de décadas atrás, cuando nos destacábamos dentro de América Latina por los logros obtenidos en ese ramo.
Un amplio complejo de razones está por detrás de las deplorables cifras que contiene el estudio de la Unesco. En primer lugar, indudablemente, hay que mentar el descenso del presupuesto educativo, que no ha crecido, ni mucho menos, al mismo ritmo que el aumento vegetativo de alumnos. Muchas de nuestras escuelas se hallan en pésimas condiciones, las que perturban fuertemente el proceso de aprendizaje, a lo que hay que agregar la ausencia del material didáctico indispensable. También ha operado con fuerza en este rubro la existencia de un comprensible desaliento en la masa docente, por sus bajas retribuciones, que no se modifican desde largo tiempo atrás. Es bien sabido que todo ello ha derivado en paros y huelgas, que significaron la interrupción de las clases, a veces por períodos muy prolongados. Conocemos también que la dramática situación económica (de la cual Tucumán ofrece contundentes muestras) ha interferido, y no podía ser menos, en el proceso educativo. Ello se ha expresado de diversas maneras, que van desde la necesidad de contar con comedores para los alumnos, hasta la pesada incidencia de las deserciones de niños que son sacados del establecimiento por sus padres y puestos a trabajar.
Existe también la nada trivial cuestión de que los padres no participan del proceso educativo con la dedicación e intensidad que sería deseable, y que es, sin duda, condición fundamental para la buena marcha del proceso. Lejos están las épocas en que los progenitores se preocupaban, en el hogar, de la marcha del aprendizaje, tanto a través del control cotidiano de tareas como de la incorporación de hábitos de trabajo intelectual y de cumplimiento del deber.
Parece obvio decir que si un alumno muestra una pobrísima aptitud para comprender un texto, es porque nunca lee. Y si no lee, no es sólo por culpa de la televisión, sino porque en la casa nadie se ha inquietado por inculcarle la inclinación hacia la lectura. Decenios atrás, los padres solían hacer verdaderos sacrificios para adquirir libros que suponían útiles para la formación de sus hijos: las cifras masivas de enciclopedias adquiridas en cuotas por hogares humildes así lo demostraban. Todo eso actualmente no existe. Es como si se pensara que la escuela debe hacerse cargo de la formación de modo integral, lo cual no puede de ninguna manera aceptarse.
Hasta el cansancio se ha dicho que al mundo del inmediato futuro solamente podrán incorporarse ventajosamente aquellos países que pongan especial esmero en la formación de su niñez y de su juventud; y que los que no lo entiendan así quedarán vegetando al margen de la historia. Es hora de que la Argentina se ponga en condiciones de atender este desafío evidente, y revierta la realidad que con tanta crudeza denuncia el estudio de la Unesco. Hace falta una decisión política que otorgue a la educación y a la formación del docente el adecuado presupuesto, y que la ciudadanía ejerza la participación que le atañe.







