01 Julio 2003 Seguir en 
Hoy se inicia el mes de julio. Es sabido que durante el mismo (unas veces más intensamente que otras, pero siempre de modo significativo), desde todos los puntos del país convergen, hacia el norte argentino, contingentes de viajeros que han resuelto pasar en esta región sus vacaciones de invierno.
Es comprensible que así lo hagan, si pensamos que el noroeste ofrece, además de sus reputadas bellezas naturales, un clima cuya benignidad difiere sustancialmente de los rigores con los cuales tal estación se presenta en otras partes de la Argentina.
Así ha sido desde tiempo inmemorial. Es del caso recordar que en su visita a nuestra ciudad de 1886, Domingo Faustino Sarmiento escribía en el álbum de la Sociedad que lleva su nombre: "No sueñan aún las vaporosas porteñas, hijas de las brumas de su gran río, lo que, transportándose en mayo, junio y julio, les tiene reservado Tucumán, bajo un sol tibio, sobre campiñas de naranjos"...
Tucumán tiene justificadamente puestas muchas expectativas en sus posibilidades turísticas. Desde estas columnas, hemos insistido desde siempre en el imperativo de que ellas se aprovechen en plenitud, es decir que se creen las condiciones del caso en materia de infraestructura de caminos, hotelería y demás, que tanta importancia tienen para el viajero.
Pero lo que no debe olvidarse -y tal es la sustancia de este comentario- es la necesidad de una particular actitud del público respecto del forastero; actitud que debe acompañar, como condición imprescindible, todas las demás ventajas que se le pudieran ofrecer durante su estadía.Nos referimos a esa tesitura cordial y servicial, que muestre, a quienes nos visitan, una sincera disposición a tornar agradable su permanencia y a solucionar los problemas que eventualmente se les presenten.
Hay que tener en cuenta que, cuando alguien nos visita, el mayor provecho que podemos extraer de esa circunstancia, es lograr que dicho viajero se convierta, al regresar a su lugar de origen, en un sincero propagandista de la zona que ha visitado.
Y sin duda, esa condición se obtendrá no solamente brindándole alojamiento confortable, buenos caminos y bellezas naturales, sino también a través del calor humano de su gente, que es lo que se fija de modo indeleble en el espíritu. Uno de los recuerdos imborrables que el célebre Paul Groussac guardaba de su llegada a Tucumán, en 1871, era "la cariñosa solicitud con que se practicaba la hospitalidad del corazón"; lo que constituía, escribió, "un recuerdo grato, que en ningún viajero se borraba jamás".
Justamente, esa tradición es la que debe mantener a todo trance nuestra provincia, como uno de los más sólidos cimientos de su atracción hacia el forastero. Quien ha recibido la "hospitalidad del corazón", sin duda será capaz de pasar por alto cualquier otro inconveniente que se le haya podido atravesar durante su temporada entre nosotros. Y viceversa, quien no se ha sentido tratado en forma acogedora, recordará esa circunstancia negativa con más persistencia que cualquiera de las positivas.
Así es que, durante el mes turístico, el tradicional buen trato al visitante debe acentuarse nítidamente. Y buen trato quiere decir, ni más ni menos, que conducirse con el turista de la misma manera como quisiéramos que se conduzcan con nosotros cuando nos trasladamos a otra provincia. Por lo demás, poco ha de costar al tucumano comportarse de la manera aconsejada. Nuestro pueblo tiene una índole llana y bondadosa que lo ha caracterizado siempre y que no debe jamás perder.
Es comprensible que así lo hagan, si pensamos que el noroeste ofrece, además de sus reputadas bellezas naturales, un clima cuya benignidad difiere sustancialmente de los rigores con los cuales tal estación se presenta en otras partes de la Argentina.
Así ha sido desde tiempo inmemorial. Es del caso recordar que en su visita a nuestra ciudad de 1886, Domingo Faustino Sarmiento escribía en el álbum de la Sociedad que lleva su nombre: "No sueñan aún las vaporosas porteñas, hijas de las brumas de su gran río, lo que, transportándose en mayo, junio y julio, les tiene reservado Tucumán, bajo un sol tibio, sobre campiñas de naranjos"...
Tucumán tiene justificadamente puestas muchas expectativas en sus posibilidades turísticas. Desde estas columnas, hemos insistido desde siempre en el imperativo de que ellas se aprovechen en plenitud, es decir que se creen las condiciones del caso en materia de infraestructura de caminos, hotelería y demás, que tanta importancia tienen para el viajero.
Pero lo que no debe olvidarse -y tal es la sustancia de este comentario- es la necesidad de una particular actitud del público respecto del forastero; actitud que debe acompañar, como condición imprescindible, todas las demás ventajas que se le pudieran ofrecer durante su estadía.Nos referimos a esa tesitura cordial y servicial, que muestre, a quienes nos visitan, una sincera disposición a tornar agradable su permanencia y a solucionar los problemas que eventualmente se les presenten.
Hay que tener en cuenta que, cuando alguien nos visita, el mayor provecho que podemos extraer de esa circunstancia, es lograr que dicho viajero se convierta, al regresar a su lugar de origen, en un sincero propagandista de la zona que ha visitado.
Y sin duda, esa condición se obtendrá no solamente brindándole alojamiento confortable, buenos caminos y bellezas naturales, sino también a través del calor humano de su gente, que es lo que se fija de modo indeleble en el espíritu. Uno de los recuerdos imborrables que el célebre Paul Groussac guardaba de su llegada a Tucumán, en 1871, era "la cariñosa solicitud con que se practicaba la hospitalidad del corazón"; lo que constituía, escribió, "un recuerdo grato, que en ningún viajero se borraba jamás".
Justamente, esa tradición es la que debe mantener a todo trance nuestra provincia, como uno de los más sólidos cimientos de su atracción hacia el forastero. Quien ha recibido la "hospitalidad del corazón", sin duda será capaz de pasar por alto cualquier otro inconveniente que se le haya podido atravesar durante su temporada entre nosotros. Y viceversa, quien no se ha sentido tratado en forma acogedora, recordará esa circunstancia negativa con más persistencia que cualquiera de las positivas.
Así es que, durante el mes turístico, el tradicional buen trato al visitante debe acentuarse nítidamente. Y buen trato quiere decir, ni más ni menos, que conducirse con el turista de la misma manera como quisiéramos que se conduzcan con nosotros cuando nos trasladamos a otra provincia. Por lo demás, poco ha de costar al tucumano comportarse de la manera aconsejada. Nuestro pueblo tiene una índole llana y bondadosa que lo ha caracterizado siempre y que no debe jamás perder.







