ANTES Y DESPUÉS. La foto que muestra Luis Quinteros corresponde a la época en la que llegó a pesar 190 kilos. Supo cambiar a tiempo. LA GACETA / FOTO DE HECTOR PERALTA
Dejar de ser obeso es un gran triunfo. Mantener el peso es una lucha cotidiana. Implica iniciar una nueva vida y la contienda no es fácil. Por esta razón son pocas las personas con obesidad mórbida que con ayuda médica logran adelgazar y perpetuarse en el peso adecuado. El caso del tucumano Luis Quinteros, de 70 años, es casi excepcional en esta sociedad, debido a que la obesidad gana terreno sin visos de reversión.
A los 40 años Quinteros ya era un hombre con sobrepeso. Su humanidad se fue agrandando y llegó a rozar los 190 kilos poco antes de festejar los 50. "Comía muchísimas cosas dulces y saladas y tomaba gaseosas todo el día. Cada vez que tenía alguna reunión familiar o con amigos y organizábamos un asado, mi plato de entrada eran las empanadas. ¡Comía 25 empanadas! A cada una le cortaba ?una orejita? y luego las contaba en el plato. Después venían los chorizos, la morcilla, los chinchulines, la carne... No paraba hasta ver la parrilla vacía. ¡Qué locura que tenía! Además, tomaba varios litros de gaseosas...", rememora avergonzado.
A raíz del desorden alimentario y de las complicaciones de la obesidad un día fue a parar en un sanatorio con vómitos, hipertensión arterial y totalmente descompensado. El miedo a la muerte lo hizo recapacitar. "Tengo que cambiar...", se dijo aquella vez. Cuando le dieron el alta inició el desafío: adelgazar.
Empezó a cumplir a rajatabla con la dieta que le había dado el médico y a realizar actividad física todos los días. Cambió su vida. En una década bajó unos 120 kilos. Hace 12 años que se mantiene entre los 67 y los 68 kilos. Nunca más comió empanadas ni achuras y tampoco toma gaseosas. Camina dos horas por día y hace una hora de bicicleta tres veces a la semana en el parque 9 de Julio. "Sólo las tormentas eléctricas me paran", cuenta orgulloso.
Quinteros le regaló años a su vida a fuerza de tesón, disciplina y gracias al cambio radical de sus costumbres.
Para considerar
Esta historia es un ejemplo contundente de que la obesidad no se erradica con consejos o propuestas alimentarias. Vale consignar la reflexión del médico nutricionista tucumano Víctor Gallo, con vasta experiencia en la lucha contra la obesidad y la desnutrición en la provincia. "Está comprobado -sostiene- que las recomendaciones alimentarias (en forma de plato, pirámide, círculo o camino), las dietas mediterránea, proteica, nórdica, escandinava, etc. no son efectivas, por cuanto la obesidad y la diabetes tipo II se triplicaron en los últimos 10 años. Entonces, algo estamos haciendo mal. La obesidad no es sólo sobrealimentación, también es una enfermedad de carencia de actividad física. Hay que educar, cambiar la conducta alimentaria, prohibir la propaganda de alimentos obesogénicos y su venta a los niños. El Estado debe promover y facilitar una vida sana a toda la población".
A los 40 años Quinteros ya era un hombre con sobrepeso. Su humanidad se fue agrandando y llegó a rozar los 190 kilos poco antes de festejar los 50. "Comía muchísimas cosas dulces y saladas y tomaba gaseosas todo el día. Cada vez que tenía alguna reunión familiar o con amigos y organizábamos un asado, mi plato de entrada eran las empanadas. ¡Comía 25 empanadas! A cada una le cortaba ?una orejita? y luego las contaba en el plato. Después venían los chorizos, la morcilla, los chinchulines, la carne... No paraba hasta ver la parrilla vacía. ¡Qué locura que tenía! Además, tomaba varios litros de gaseosas...", rememora avergonzado.
A raíz del desorden alimentario y de las complicaciones de la obesidad un día fue a parar en un sanatorio con vómitos, hipertensión arterial y totalmente descompensado. El miedo a la muerte lo hizo recapacitar. "Tengo que cambiar...", se dijo aquella vez. Cuando le dieron el alta inició el desafío: adelgazar.
Empezó a cumplir a rajatabla con la dieta que le había dado el médico y a realizar actividad física todos los días. Cambió su vida. En una década bajó unos 120 kilos. Hace 12 años que se mantiene entre los 67 y los 68 kilos. Nunca más comió empanadas ni achuras y tampoco toma gaseosas. Camina dos horas por día y hace una hora de bicicleta tres veces a la semana en el parque 9 de Julio. "Sólo las tormentas eléctricas me paran", cuenta orgulloso.
Quinteros le regaló años a su vida a fuerza de tesón, disciplina y gracias al cambio radical de sus costumbres.
Para considerar
Esta historia es un ejemplo contundente de que la obesidad no se erradica con consejos o propuestas alimentarias. Vale consignar la reflexión del médico nutricionista tucumano Víctor Gallo, con vasta experiencia en la lucha contra la obesidad y la desnutrición en la provincia. "Está comprobado -sostiene- que las recomendaciones alimentarias (en forma de plato, pirámide, círculo o camino), las dietas mediterránea, proteica, nórdica, escandinava, etc. no son efectivas, por cuanto la obesidad y la diabetes tipo II se triplicaron en los últimos 10 años. Entonces, algo estamos haciendo mal. La obesidad no es sólo sobrealimentación, también es una enfermedad de carencia de actividad física. Hay que educar, cambiar la conducta alimentaria, prohibir la propaganda de alimentos obesogénicos y su venta a los niños. El Estado debe promover y facilitar una vida sana a toda la población".
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