26 Junio 2011 Seguir en 
El negocio de sustancias es altamente productivo en todo el mundo. Algunas estadísticas informan que estamos hablando de un negocio que maneja alrededor de un billón de dólares. Por lo tanto, por más procedimientos que se realizasen, no es sencillo combatirlo.
La muestra más cabal de ello es México. Hay encarado una guerra contra el narcotráfico, y lo que lograron es que el índice de mortandad, que era de 1.000 personas en doce meses, pasara en un lustro a 7.000 personas que mueren en combate por año. Es decir que hasta ahora la guerra no dio resultados. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) sigue manejando pautas de hace 53 años, que han sido renovadas en cinco oportunidades, con idéntico resultado: aumentó del tráfico y el consumo de estupefacientes. Evidentemente estamos en una situación que no puede ser resuelta de la manera en que se la viene encarando.
La exclusión social y el entorno de muchas zonas hacen al hábito y al negocio. Y aunque parezca extraño, es una realidad que también repercute en los sectores de mayor poder adquisitivo. Parece que tienen todo, pero hay una carencia de objetivos vitales, y en el consumo de sustancias encuentran un escape. Con la prohibición, esto se hace más visible. No quiere decir que hay que abogar porque se venda libremente, pero estamos frente a un hecho concreto, y es que esta política de prohibición, guerra y control ha dado pésimos resultados.
El mundo está decidido a hacer esta guerra, que hoy no tiene mucho sentido. En algún momento, la ONU tendrá que orientar las respuestas y los países tendrán el deber de cumplirlas. Esta falta de respuestas se las observa sobre todo en zonas de hacinamiento y pobreza, como La Costanera. Allí se debe hacer un fuerte trabajo de recuperación de la sociedad ribereña, sobre todo para que exista un horizonte en los jóvenes. De lo contrario, si seguimos con las mismas soluciones, la problemática se va a amplificar, con sus correspondientes secuelas. Mayor cantidad de problemas de salud, mayor delito y mayor corrupción.
La muestra más cabal de ello es México. Hay encarado una guerra contra el narcotráfico, y lo que lograron es que el índice de mortandad, que era de 1.000 personas en doce meses, pasara en un lustro a 7.000 personas que mueren en combate por año. Es decir que hasta ahora la guerra no dio resultados. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) sigue manejando pautas de hace 53 años, que han sido renovadas en cinco oportunidades, con idéntico resultado: aumentó del tráfico y el consumo de estupefacientes. Evidentemente estamos en una situación que no puede ser resuelta de la manera en que se la viene encarando.
La exclusión social y el entorno de muchas zonas hacen al hábito y al negocio. Y aunque parezca extraño, es una realidad que también repercute en los sectores de mayor poder adquisitivo. Parece que tienen todo, pero hay una carencia de objetivos vitales, y en el consumo de sustancias encuentran un escape. Con la prohibición, esto se hace más visible. No quiere decir que hay que abogar porque se venda libremente, pero estamos frente a un hecho concreto, y es que esta política de prohibición, guerra y control ha dado pésimos resultados.
El mundo está decidido a hacer esta guerra, que hoy no tiene mucho sentido. En algún momento, la ONU tendrá que orientar las respuestas y los países tendrán el deber de cumplirlas. Esta falta de respuestas se las observa sobre todo en zonas de hacinamiento y pobreza, como La Costanera. Allí se debe hacer un fuerte trabajo de recuperación de la sociedad ribereña, sobre todo para que exista un horizonte en los jóvenes. De lo contrario, si seguimos con las mismas soluciones, la problemática se va a amplificar, con sus correspondientes secuelas. Mayor cantidad de problemas de salud, mayor delito y mayor corrupción.
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