"No nos une el amor sino el espanto" es tal vez uno de los versos más trajinados, usados y abusados de Jorge Luis Borges. Podría decirse que esa sentencia, que integra las dos últimas líneas del poema "Buenos Aires", es ya un cliché argentino. A tal punto que hay varios tipos de espanto. El espanto como motor de reformas sociales y como presente absurdo. El espanto que habilita la disgregación de una sociedad cansada del discurso de la igualdad social y de los derechos humanos mal entendidos. El espanto que moviliza y al mismo tiempo paraliza. El de las Madres de Plaza de Mayo que reclamaron siempre transparencia y ahora están envueltas en un interminable escándalo con defraudación al fisco y a la moral de los argentinos. Y también el espanto de una sociedad atónita que reclama sanciones ejemplificadoras para los que son capaces de traficar con el dolor, la pobreza y hasta con la memoria de miles de argentinos.
Pero el espanto que más impacta en esta Argentina repleta de contrastes es el marcado deterioro educativo y moral. Un deterioro "perseverante y mendaz", según advirtió hace unos días Marcos Aguinis. Es cierto que nunca se dejó de insistir en los méritos de la educación y en la necesidad de apoyarla. Pero, según el autor de "La cruz invertida", se fueron trastrocando los valores. "En lugar de premiar el esfuerzo, se apostó al facilismo. Y se olvidó la importancia de la calidad. Por eso nos encontramos ante paradojas increíbles: el presupuesto destinado a la educación argentina no es inferior al de los países donde titilan los buenos resultados, pero no es un presupuesto que rinda frutos. Ocurre que todos coinciden en la importancia de este rubro, pero pocos se han empeñado en descubrir las razones de su caída. Y aún menos son los que ofrecen propuestas concretas, sabias y valientes para revertir el descenso", escribió en su columna del diario La Nación. Y no exagera. Porque, si uno recorre las escuelas tucumanas, verá plasmada esta realidad como si fuera un calco. Hay algunos establecimientos que trabajan a puro pulmón y que obtienen resultados asombrosos. Pero, en la gran mayoría de las escuelas existen serios problemas (bajos rendimientos y violencia creciente por nombrar sólo los más graves) que no se superan repartiendo netbooks. En rigor, el sistema educativo argentino se ha sumergido en una maraña burocrática que se nutre de una organización vertical y centralizada en todas las provincias. Ya casi no se tiene en cuenta la opinión de los principales actores del sistema, es decir, las familias, los docentes, la comunidad local o los propios estudiantes. Tampoco interesa si los alumnos realmente aprenden. Sólo importa satisfacer la demanda política: hacer cada vez más escuelas. Lo demás es accesorio. Puro adorno.
En su último libro "Otra escuela para el futuro", el economista Alieto Guadagni describe una situación dolorosa: según las encuestas, desde 2003 se detecta una creciente migración de estudiantes de las escuelas públicas a las privadas. Se consolida así un sistema dual de escuelas para pobres con pocos días de clase y menos horas de instrucción y otras escuelas privadas para quienes pueden pagar una educación con escolaridad extendida. Ese modelo de la escuela pública enciclopedista, que preparaba a la persona no sólo en conocimientos académicos, sino también en conducta, moral y comportamiento social, ya no existe. Ha sido reemplazado por un sistema mucho más laxo que ya está comenzando a provocar profundos cambios sociales. Y, si no se hace algo para recuperar aquella excelencia perdida, el espanto seguirá rigiendo las vidas y costumbres de todos los argentinos bien nacidos.
Pero el espanto que más impacta en esta Argentina repleta de contrastes es el marcado deterioro educativo y moral. Un deterioro "perseverante y mendaz", según advirtió hace unos días Marcos Aguinis. Es cierto que nunca se dejó de insistir en los méritos de la educación y en la necesidad de apoyarla. Pero, según el autor de "La cruz invertida", se fueron trastrocando los valores. "En lugar de premiar el esfuerzo, se apostó al facilismo. Y se olvidó la importancia de la calidad. Por eso nos encontramos ante paradojas increíbles: el presupuesto destinado a la educación argentina no es inferior al de los países donde titilan los buenos resultados, pero no es un presupuesto que rinda frutos. Ocurre que todos coinciden en la importancia de este rubro, pero pocos se han empeñado en descubrir las razones de su caída. Y aún menos son los que ofrecen propuestas concretas, sabias y valientes para revertir el descenso", escribió en su columna del diario La Nación. Y no exagera. Porque, si uno recorre las escuelas tucumanas, verá plasmada esta realidad como si fuera un calco. Hay algunos establecimientos que trabajan a puro pulmón y que obtienen resultados asombrosos. Pero, en la gran mayoría de las escuelas existen serios problemas (bajos rendimientos y violencia creciente por nombrar sólo los más graves) que no se superan repartiendo netbooks. En rigor, el sistema educativo argentino se ha sumergido en una maraña burocrática que se nutre de una organización vertical y centralizada en todas las provincias. Ya casi no se tiene en cuenta la opinión de los principales actores del sistema, es decir, las familias, los docentes, la comunidad local o los propios estudiantes. Tampoco interesa si los alumnos realmente aprenden. Sólo importa satisfacer la demanda política: hacer cada vez más escuelas. Lo demás es accesorio. Puro adorno.
En su último libro "Otra escuela para el futuro", el economista Alieto Guadagni describe una situación dolorosa: según las encuestas, desde 2003 se detecta una creciente migración de estudiantes de las escuelas públicas a las privadas. Se consolida así un sistema dual de escuelas para pobres con pocos días de clase y menos horas de instrucción y otras escuelas privadas para quienes pueden pagar una educación con escolaridad extendida. Ese modelo de la escuela pública enciclopedista, que preparaba a la persona no sólo en conocimientos académicos, sino también en conducta, moral y comportamiento social, ya no existe. Ha sido reemplazado por un sistema mucho más laxo que ya está comenzando a provocar profundos cambios sociales. Y, si no se hace algo para recuperar aquella excelencia perdida, el espanto seguirá rigiendo las vidas y costumbres de todos los argentinos bien nacidos.







