Cuenta el fabulista Esopo, un griego que vivió entre 620 y 560 AC, que un hombre pobre se hallaba gravemente enfermo. Viendo que no podrían salvarlo los médicos, se dirigió a los dioses, y les prometió ofrendarles una hecatombe (sacrificio de cien reses vacunas u otras víctimas, que hacían los antiguos a sus dioses) y consagrarles múltiples exvotos si lograba restablecerse. Su mujer lo oyó y le preguntó: "¿y de dónde sacarás tanto dinero para cubrir todo eso?" "¿Y crees que los dioses me lo van a reclamar si me restableciera?-repuso el enfermo. "Nunca hagas promesas que de antemano ya sabes que será imposible cumplir" es la moraleja.Durante la última porción del siglo XIX y en una buena parte del XX, la Argentina fue una tierra promisoria -pese a todo, lo sigue siendo-. El epíteto de "nación joven" nos sirvió para justificar los desaguisados, en el sentido de que nuestros grandes porrazos históricos eran propios de un país adolescente y, por lo tanto, no se lo podía comparar con las viejas democracias europeas. Sin embargo, los Estados Unidos se independizaron apenas 40 años antes que la Argentina. Vivieron en 1861, una guerra civil -la de Secesión- que duró cuatro años y en 1870 comenzaron su crecimiento demográfico e industrial hasta convertirse en la primera potencia del mundo. De manera que dejó de ser promesa para convertirse en una realidad de pujanza y progreso constantes.
Todavía en pañales
Nosotros seguimos siendo una promesa que va a cumplir 187 años el 9 de julio y está aún en pañales. Una buena parte del mundo no entiende por qué un país tan rico puede ser tan pobre, y por qué un "Jardín de la República", privilegiado por la naturaleza, está marchito, con el 70% de sus habitantes bajo la línea de pobreza.
Los tucumanos volvemos a elegir hoy nuestro destino por cuatro años. La asombrosa cifra de 37.000 candidatos (se incluyen ex futbolistas, amas de casa, punteros barriales, etcétera.) que aspiran a sólo 338 cargos electivos en toda la provincia, pone al desnudo que una gran vocación de servicio finalmente ha despertado en los comprovincianos. Sin duda, en esta vidriera irrespetuosa de los cambalaches ("hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador"), cada uno de ellos tiene la solución para los graves y crónicos problemas de la provincia. Se sienten con la suficiente preparación y capacidad para abordar la función pública. Claro que nadie los ha examinado para evaluar su nivel, como ocurre en cualquier empresa cuando se va a pedir empleo. El Estado es siempre bondadoso y pasa casi siempre por alto las trapisondas y las picardías de quienes habitualmente lo esquilman, lo malvenden o lo vacían.
Qué mejor entonces que apelar una vez más a las viejas promesas: justicia social; construcción de miles de viviendas, desarrollo vial; podar el presupuesto legislativo; transparencia; lucha contra la corrupción; no ganar más que el gobernador; generar puestos de trabajo; mejorar la Justicia, la salud y la educación; fusionar secretarías y direcciones; sanear la economía; purificar la administración pública... No se sabe muy bien cómo las eternas promesas cobrarán vida; lo importante -en la mayoría de los casos- es poder morder una porción del poder y del erario. No se ha escuchado decir a candidato alguno que promoverá leyes que sancionen, por ejemplo, con el bochorno público a quienes no cumplan las promesas enunciadas en sus plataformas, o que los juicios no se promuevan contra el Estado, sino contra los funcionarios de turno.
Muchos ya pasaron por la gestión de gobierno y fracasaron, pero reinciden apostando a la escasa memoria de los ciudadanos. Es como volver a hacer negocios con alguien que ya nos ha estafado. Si continuamos ofrendándoles a los dioses promesas incumplidas, seguiremos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos.







