29 Junio 2003 Seguir en 
La ciudadanía de Tucumán concurrirá hoy a las urnas para elegir al gobernador de la provincia, a los legisladores, a los intendentes y a los concejales municipales. La jornada es propicia para puntualizar conceptos que no por sabidos dejan de tener profunda trascendencia y, por lo tanto, necesidad de una periódica reafirmación.
Toda votación, con independencia de su resultado definitivo, es una solemne y preciosa expresión de ese sistema democrático que encuadra la marcha de nuestra nación y de sus provincias.
Periódicamente, y a través del sufragio, hombres y mujeres manifiestan su voluntad eligiendo a las personas a las cuales aspiran a confiar la marcha de sus destinos.
El sistema puede tener sus inconvenientes o sus imperfecciones de forma. En este caso, conocemos las complicaciones que genera la Ley de Lemas, a la que lamentablemente no se le practicaron los ajustes que hubieran sido necesarios. Pero, de todas maneras, a través de la historia, las comunidades no han podido concebir un sistema mejor que el voto para legitimar la investidura de sus gobernantes, en todos los niveles.
Sabemos que, hasta la instauración del sufragio libre, nuestro país debió recorrer un largo y accidentado camino, para nada exento de horas sombrías. Su existencia real fue posible recién con la sanción de la Ley Sáenz Peña, en 1912; pero pronto se desnaturalizaría como consecuencia de la ruptura de la legalidad, que lo tornaron fraudulento en la década del 30, e inexistente en los largos tramos de gobierno militar de los decenios posteriores.
Nos consta que desde hace veinte años la Argentina lo practica en plenitud en todos los puntos de su territorio, y que se ha reencarnado felizmente, en nuestras costumbres cívicas, como el único e insoslayable camino para elegir a las autoridades.
Cada tanto tiempo, entonces, los ciudadanos de las provincias y del país participan de una nueva jornada comicial. Hasta dos días antes se ha desarrollado en plenitud la campaña electoral, esa época de lucha bullente y vivaz que excita comprensiblemente el ánimo de todos.
En dicho tramo, tras fijarse las candidaturas, se formularon las ofertas de los designados, quienes utilizaron la más amplia variedad de recursos para la búsqueda de captar las preferencias del votante. Ese esfuerzo suele dar lugar a instancias agresivas que -hay que reconocerlo- no se han producido en la presente campaña.
Pero, acallado el fragor de esa etapa, arriba el día de las elecciones, que constituye la hora de la verdad.
Es entonces cuando cada ciudadano acude a la mesa electoral que le corresponde e ingresa al cuarto oscuro, donde elige su voto sin más testigos que su conciencia, lo introduce en un sobre y lo deposita en la urna. En ese momento, ha ejercido con sencillez el más importante derecho que posee como habitante de un país democrático, que es el de definir, por un acto de libre voluntad, la identidad de quienes deben, a su criterio, desempeñar un período de gobierno.
Aquella exhortación de Roque Sáenz Peña, "sepa el pueblo votar", adquiere allí una enorme vigencia. En efecto, de la actitud del elector en el cuarto oscuro habrá de depender justamente la calidad de sus representantes. Y si concurrir a votar es una obligación que hace posible el ejercicio de la democracia, votar a conciencia constituye una alta responsabilidad de la cual nadie que acude a los comicios puede considerarse exento.
Sería adecuado que las apuntadas reflexiones, que son tan conocidas -repetimos- como de mayúscula importancia, sean tenidas en cuenta por todos los que este día se disponen a cumplir su obligación y su deber de ciudadanos de una democracia.
Toda votación, con independencia de su resultado definitivo, es una solemne y preciosa expresión de ese sistema democrático que encuadra la marcha de nuestra nación y de sus provincias.
Periódicamente, y a través del sufragio, hombres y mujeres manifiestan su voluntad eligiendo a las personas a las cuales aspiran a confiar la marcha de sus destinos.
El sistema puede tener sus inconvenientes o sus imperfecciones de forma. En este caso, conocemos las complicaciones que genera la Ley de Lemas, a la que lamentablemente no se le practicaron los ajustes que hubieran sido necesarios. Pero, de todas maneras, a través de la historia, las comunidades no han podido concebir un sistema mejor que el voto para legitimar la investidura de sus gobernantes, en todos los niveles.
Sabemos que, hasta la instauración del sufragio libre, nuestro país debió recorrer un largo y accidentado camino, para nada exento de horas sombrías. Su existencia real fue posible recién con la sanción de la Ley Sáenz Peña, en 1912; pero pronto se desnaturalizaría como consecuencia de la ruptura de la legalidad, que lo tornaron fraudulento en la década del 30, e inexistente en los largos tramos de gobierno militar de los decenios posteriores.
Nos consta que desde hace veinte años la Argentina lo practica en plenitud en todos los puntos de su territorio, y que se ha reencarnado felizmente, en nuestras costumbres cívicas, como el único e insoslayable camino para elegir a las autoridades.
Cada tanto tiempo, entonces, los ciudadanos de las provincias y del país participan de una nueva jornada comicial. Hasta dos días antes se ha desarrollado en plenitud la campaña electoral, esa época de lucha bullente y vivaz que excita comprensiblemente el ánimo de todos.
En dicho tramo, tras fijarse las candidaturas, se formularon las ofertas de los designados, quienes utilizaron la más amplia variedad de recursos para la búsqueda de captar las preferencias del votante. Ese esfuerzo suele dar lugar a instancias agresivas que -hay que reconocerlo- no se han producido en la presente campaña.
Pero, acallado el fragor de esa etapa, arriba el día de las elecciones, que constituye la hora de la verdad.
Es entonces cuando cada ciudadano acude a la mesa electoral que le corresponde e ingresa al cuarto oscuro, donde elige su voto sin más testigos que su conciencia, lo introduce en un sobre y lo deposita en la urna. En ese momento, ha ejercido con sencillez el más importante derecho que posee como habitante de un país democrático, que es el de definir, por un acto de libre voluntad, la identidad de quienes deben, a su criterio, desempeñar un período de gobierno.
Aquella exhortación de Roque Sáenz Peña, "sepa el pueblo votar", adquiere allí una enorme vigencia. En efecto, de la actitud del elector en el cuarto oscuro habrá de depender justamente la calidad de sus representantes. Y si concurrir a votar es una obligación que hace posible el ejercicio de la democracia, votar a conciencia constituye una alta responsabilidad de la cual nadie que acude a los comicios puede considerarse exento.
Sería adecuado que las apuntadas reflexiones, que son tan conocidas -repetimos- como de mayúscula importancia, sean tenidas en cuenta por todos los que este día se disponen a cumplir su obligación y su deber de ciudadanos de una democracia.







