La energía nuclear es un peligro sin alternativas
Desde el desastre en la planta de uranio de Japón, el uso de esa clase de energía entró en un pronunciado declive. Alemania y Suiza anunciaron el cierre de sus usinas, mientras que los italianos votaron en contra de su instalación. Sin embargo, la demanda mundial de electricidad no cede, la contaminación es una preocupación creciente y China quiere abrir más centrales.
Ayer se cumplieron 100 días desde que una ola de 14 metros de altura, producida por un terremoto de 9 grados, causara uno de los desastres nucleares más graves de la historia, por los daños en la planta japonesa de Fukushima. El sismo produjo tragedias humanas, crisis económicas y problemas políticos en los países generadores de energía mediante la fisión de material radioactivo, justo a 25 años de la explosión de Chernobyl, en Rusia.
El debate está centrado en cómo producir electricidad con el menor impacto ambiental; y ninguna de las opciones se presenta como totalmente satisfactoria. Cuando el 27 de junio de 1954, la entonces Unión Soviética inauguró en Obninsk la primera central nuclear del mundo, todos los Gobiernos se orientaron en esa dirección, con el objetivo de dejar de lado las costosas represas hidroeléctricas y las usinas a carbón, leña o derivados del cada vez más escaso petróleo.
En ese momento, el cambio se presentaba asentado en el discurso oficial de la modernización, la seguridad, la sensible reducción de costos, el futuro abaratamiento del precio en el consumo y el avance científico. Actualmente, pocos de esos argumentos se sostienen de pie, sin una avalancha de críticas y cuestionamientos, mientras crecen las campañas para el abastecimiento de energía a través de fuentes renovables (como la eólica o la solar), cuyo desarrollo podría llegar a cubrir el 80% de la demanda mundial en 2050, según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático, de las Naciones Unidas (ONU). Hoy, la energía nuclear aporta el 14% mundial.
La energía nuclear sigue reivindicando su lugar de ser menos contaminante que las termoeléctricas, ya que no emiten CO2. Por otra parte, ocupan muchísimo menos espacio físico que los diques (la necesidad de anegar miles de hectáreas produce un debate creciente en Chile y en Brasil) e incluso que los parques de células fotovoltaicas (receptores y transformadores de la energía solar) o de los molinos eólicos. Pero nunca se pudo explicar cómo se iba a preservar el destino de los residuos radioactivos, con la sombra de su potencial uso para armas de destrucción masiva.
Viejos estándares
El origen de la crisis mundial que se disparó a partir de Fukushima está dado en la falta de aplicación de estándares adecuados de seguridad y su desactualización.
Ayer, expertos de la Agencia Internacional de Energía Atómica de la ONU confirmaron que los funcionarios japoneses no llevaron a cabo una revisión de las medidas adoptadas tras 2002 para proteger la planta de posibles tsunamis, porque se subestimó esa amenaza. En el informe, se elogió la forma en que los trabajadores afrontaron la situación y se consideró dudoso que se pudieran haber implementado otras soluciones.
Las respuestas demoran en aparecer. A las pocas horas de haber iniciado el operativo de limpieza del agua contaminada en el reactor para poder recuperar su control, debió paralizarse por el aumento de los niveles de radiación.
Los principales países del mundo acordaron aumentar las exigencias y realizar profundos test de control, que comenzaron a principios de mes en Europa, donde están casi 150 de los más de 440 plantas que hay en el mundo, aunque no todas funcionan.
El pronóstico para el futuro nuclear es tan gris como las boletas del plebiscito italiano en este tema de la semana pasada, que terminó con la derrota del intento oficial de que se autorice a instalar nuevas usinas. Alemania cerrará sus 17 plantas hasta 2022; Suiza, sus cinco en forma inminente; Bélgica, sus siete en 2025, y España no prolongará las que agoten su vida útil.
Pero no hay posiciones unánimes: en el mundo se están construyendo 62 centrales nucleares, se proyectan otras 158 y hay ideas para 324 más. La gran mayoría de ellas se montarán en China, seguida de la India y del propio Japón.
En la Argentina, para la producción de energía a partir de material nuclear, están Atucha (en el Gran Buenos Aires) y Embalse Río Tercero, en Córdoba. Cerca de la primera, está en la etapa final la construcción de una segunda usina; mientras que la planta cordobesa debe entrar en una "parada técnica" el año próximo, para prolongar y ampliar su capacidad operativa en 25 años. (Especial)
El debate está centrado en cómo producir electricidad con el menor impacto ambiental; y ninguna de las opciones se presenta como totalmente satisfactoria. Cuando el 27 de junio de 1954, la entonces Unión Soviética inauguró en Obninsk la primera central nuclear del mundo, todos los Gobiernos se orientaron en esa dirección, con el objetivo de dejar de lado las costosas represas hidroeléctricas y las usinas a carbón, leña o derivados del cada vez más escaso petróleo.
En ese momento, el cambio se presentaba asentado en el discurso oficial de la modernización, la seguridad, la sensible reducción de costos, el futuro abaratamiento del precio en el consumo y el avance científico. Actualmente, pocos de esos argumentos se sostienen de pie, sin una avalancha de críticas y cuestionamientos, mientras crecen las campañas para el abastecimiento de energía a través de fuentes renovables (como la eólica o la solar), cuyo desarrollo podría llegar a cubrir el 80% de la demanda mundial en 2050, según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático, de las Naciones Unidas (ONU). Hoy, la energía nuclear aporta el 14% mundial.
La energía nuclear sigue reivindicando su lugar de ser menos contaminante que las termoeléctricas, ya que no emiten CO2. Por otra parte, ocupan muchísimo menos espacio físico que los diques (la necesidad de anegar miles de hectáreas produce un debate creciente en Chile y en Brasil) e incluso que los parques de células fotovoltaicas (receptores y transformadores de la energía solar) o de los molinos eólicos. Pero nunca se pudo explicar cómo se iba a preservar el destino de los residuos radioactivos, con la sombra de su potencial uso para armas de destrucción masiva.
Viejos estándares
El origen de la crisis mundial que se disparó a partir de Fukushima está dado en la falta de aplicación de estándares adecuados de seguridad y su desactualización.
Ayer, expertos de la Agencia Internacional de Energía Atómica de la ONU confirmaron que los funcionarios japoneses no llevaron a cabo una revisión de las medidas adoptadas tras 2002 para proteger la planta de posibles tsunamis, porque se subestimó esa amenaza. En el informe, se elogió la forma en que los trabajadores afrontaron la situación y se consideró dudoso que se pudieran haber implementado otras soluciones.
Las respuestas demoran en aparecer. A las pocas horas de haber iniciado el operativo de limpieza del agua contaminada en el reactor para poder recuperar su control, debió paralizarse por el aumento de los niveles de radiación.
Los principales países del mundo acordaron aumentar las exigencias y realizar profundos test de control, que comenzaron a principios de mes en Europa, donde están casi 150 de los más de 440 plantas que hay en el mundo, aunque no todas funcionan.
El pronóstico para el futuro nuclear es tan gris como las boletas del plebiscito italiano en este tema de la semana pasada, que terminó con la derrota del intento oficial de que se autorice a instalar nuevas usinas. Alemania cerrará sus 17 plantas hasta 2022; Suiza, sus cinco en forma inminente; Bélgica, sus siete en 2025, y España no prolongará las que agoten su vida útil.
Pero no hay posiciones unánimes: en el mundo se están construyendo 62 centrales nucleares, se proyectan otras 158 y hay ideas para 324 más. La gran mayoría de ellas se montarán en China, seguida de la India y del propio Japón.
En la Argentina, para la producción de energía a partir de material nuclear, están Atucha (en el Gran Buenos Aires) y Embalse Río Tercero, en Córdoba. Cerca de la primera, está en la etapa final la construcción de una segunda usina; mientras que la planta cordobesa debe entrar en una "parada técnica" el año próximo, para prolongar y ampliar su capacidad operativa en 25 años. (Especial)
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