A pedido de los turistas, las alfareras de la puna argentina suelen usar un sello para grabar su nombre al pie de sus artesanías, diablitos y cacharros. Pero muchas veces se olvidan de firmar, o aplican el sello de la vecina, si no encuentran el suyo a mano, de modo que María resulta la autora de una obra de Juanita, o viceversa. Ellas no entienden este asunto de la gloria solitaria. No saben actuar si no es en conjunto. Dentro de su comunidad, una es todas. Fuera de la comunidad, una es ninguna. Como le sucede al diente que se cae de la boca.
De la misma manera debería entenderse el accionar de los distintos sectores que intervienen en la actividad turística. Pero, actuar en conjunto no es una práctica corriente en Tucumán. De hecho, la mayoría de los centros turísticos demuestran todo lo contrario. Caminos en mal estado, rutas con cráteres profundos, edificios que se caen a pedazos y una total falta de criterio en las inversiones realizadas permiten vislumbrar una temporada bastante accidentada en materia turística. Al menos para los que busquen servicios de excelencia. La noticia publicada ayer por LA GACETA acerca del lamentable estado de abandono del Museo Histórico Jesuítico de Tafí del Valle, una de las atracciones más promocionadas, tuvo una gran repercusión en la prensa nacional. No sólo porque indigna tanta dejadez, sino porque desnuda cuáles son las prioridades de un gobierno que está más concentrado en ganar votos que en atraer turistas. Tanto es así, que recorrer los destinos clásicos de Tucumán es hoy un verdadero calvario. No hay automóvil que aguante los baches del camino, los precios de los servicios en hoteles y restaurantes espantan y el trato cordial que supo ser un sello de identidad de nuestro pueblo se ha diluido por completo. A menos de un mes del inicio de la temporada más fuerte en materia de turismo, Tucumán sólo puede ofrecer una infraestructura deteriorada y servicios de mediana calidad. ¿Y la aerosilla? ¿Y la limpieza de El Cadillal? ¿Y el embellecimiento de los accesos a la ciudad? ¿Y el rescate de las plazas? ¿Y la revalorización de San Javier y Villa Nougués? ¿Y la señalización de rutas y caminos? Se han hecho muchos anuncios -una táctica habitual del gobierno provincial- pero muy pocos se han concretado. El titular del Ente Tucumán Turismo, Bernardo Racedo Aragón, admitió semanas atrás, que los tiempos no dependen totalmente de él y que por eso hay cosas que no se han terminado. Y tiene razón. Si Turismo no cuenta con el apoyo de otros sectores y no trabaja coordinadamente con las municipalidades, con Vialidad, con los organismos privados y, sobre todo, con los inversionistas, ese proyecto del Tucumán turístico anual seguirá siendo sólo un sueño. Racedo Aragón lo sabe y, por eso, cargó sus tintas también contra el sector empresarial, siempre renuente a invertir. Incluso reconoció que el proyecto de la aerosilla no estará terminado este año, aunque dijo que se ha conseguido $400.000 para la confitería de El Cadillal. "Solo necesitamos el oferente privado que ponga los otros $400.000", dijo en aquella oportunidad. Hasta ahora todo sigue en la nebulosa.
Hubiera sido mejor entonces no hacer grandes anuncios e intentar utilizar el dinero en la restauración de lo que sí hay y funciona. Jerarquizar, por ejemplo, toda la zona del dique El Cadillal con un parquizado digno y la erradicación de los basurales que surgen como hongos cada fin de semana. O repavimentar las rutas que llevan a San Javier y a Villa Nougués, que están repletas de malezas, símbolo de dejadez. O quizás dotar a Raco y a El Siambón con más servicios, en materia de hotelería y gastronomía. O restaurar el Museo Jesuítico de Tafí del Valle y evitar su desmoronamiento final. Con poco se puede hacer mucho. Sólo hace falta trabajar coordinadamente y con vocación corporativa; tal como lo hacen las alfareras de la puna.
De la misma manera debería entenderse el accionar de los distintos sectores que intervienen en la actividad turística. Pero, actuar en conjunto no es una práctica corriente en Tucumán. De hecho, la mayoría de los centros turísticos demuestran todo lo contrario. Caminos en mal estado, rutas con cráteres profundos, edificios que se caen a pedazos y una total falta de criterio en las inversiones realizadas permiten vislumbrar una temporada bastante accidentada en materia turística. Al menos para los que busquen servicios de excelencia. La noticia publicada ayer por LA GACETA acerca del lamentable estado de abandono del Museo Histórico Jesuítico de Tafí del Valle, una de las atracciones más promocionadas, tuvo una gran repercusión en la prensa nacional. No sólo porque indigna tanta dejadez, sino porque desnuda cuáles son las prioridades de un gobierno que está más concentrado en ganar votos que en atraer turistas. Tanto es así, que recorrer los destinos clásicos de Tucumán es hoy un verdadero calvario. No hay automóvil que aguante los baches del camino, los precios de los servicios en hoteles y restaurantes espantan y el trato cordial que supo ser un sello de identidad de nuestro pueblo se ha diluido por completo. A menos de un mes del inicio de la temporada más fuerte en materia de turismo, Tucumán sólo puede ofrecer una infraestructura deteriorada y servicios de mediana calidad. ¿Y la aerosilla? ¿Y la limpieza de El Cadillal? ¿Y el embellecimiento de los accesos a la ciudad? ¿Y el rescate de las plazas? ¿Y la revalorización de San Javier y Villa Nougués? ¿Y la señalización de rutas y caminos? Se han hecho muchos anuncios -una táctica habitual del gobierno provincial- pero muy pocos se han concretado. El titular del Ente Tucumán Turismo, Bernardo Racedo Aragón, admitió semanas atrás, que los tiempos no dependen totalmente de él y que por eso hay cosas que no se han terminado. Y tiene razón. Si Turismo no cuenta con el apoyo de otros sectores y no trabaja coordinadamente con las municipalidades, con Vialidad, con los organismos privados y, sobre todo, con los inversionistas, ese proyecto del Tucumán turístico anual seguirá siendo sólo un sueño. Racedo Aragón lo sabe y, por eso, cargó sus tintas también contra el sector empresarial, siempre renuente a invertir. Incluso reconoció que el proyecto de la aerosilla no estará terminado este año, aunque dijo que se ha conseguido $400.000 para la confitería de El Cadillal. "Solo necesitamos el oferente privado que ponga los otros $400.000", dijo en aquella oportunidad. Hasta ahora todo sigue en la nebulosa.
Hubiera sido mejor entonces no hacer grandes anuncios e intentar utilizar el dinero en la restauración de lo que sí hay y funciona. Jerarquizar, por ejemplo, toda la zona del dique El Cadillal con un parquizado digno y la erradicación de los basurales que surgen como hongos cada fin de semana. O repavimentar las rutas que llevan a San Javier y a Villa Nougués, que están repletas de malezas, símbolo de dejadez. O quizás dotar a Raco y a El Siambón con más servicios, en materia de hotelería y gastronomía. O restaurar el Museo Jesuítico de Tafí del Valle y evitar su desmoronamiento final. Con poco se puede hacer mucho. Sólo hace falta trabajar coordinadamente y con vocación corporativa; tal como lo hacen las alfareras de la puna.







