La Municipalidad inexistente

Una situación de colapso económico que mantiene en el quietismo a las autoridades.

26 Junio 2003
Una capital con más de medio millón de habitantes dentro de sus ejidos, como lo es San Miguel de Tucumán, requiere sin duda una activa tarea de su Municipalidad para brindar los servicios que requiere una cantidad tan grande de población, para controlar los mil y un rubros atinentes al tránsito, a la higiene y al uso de la vía pública en general, y para realizar las obras cuya necesidad va marcando la constante expansión de la ciudad.
Todo esto parece obvio y, sin embargo, desde hace varios meses asistimos al dramático cuadro de un organismo municipal que nada puede hacer por la ciudad que tiene a su cargo, ya que se encuentra sumido en una situación de colapso económico que, lejos de detenerse, no hace sino empeorar.
Está a la vista de todos este alarmante caso de una capital donde no parece existir norma alguna respecto de la vía pública. Los vendedores ambulantes se ubican donde les parece; no hay límite para ensuciar las calles y las veredas; los autos circulan y estacionan donde les dicta su capricho; ya no se respeta ni siquiera la dirección del tránsito; ni qué decir los semáforos; las calzadas muestran destrozos cada vez mayores, y lo mismo ocurre con las veredas; el alumbrado público se convierte cada vez más en un servicio de excepción, y un largo etcétera. Es como si la ciudad estuviera librada a su suerte, sin ley ni orden que rijan su vida.
Los empleados municipales perciben sus sueldos con tal atraso que la situación común es la de paro. Y en cuanto al personal jerarquizado -es decir entre las categorías 20 a la 24 del escalafón- directamente no se les paga desde hace tres meses. Obvio es decir que se trata de un caso inadmisible en un organismo estatal. Considerar que pueda someterse a los empleados a semejante régimen implica una repudiable indiferencia respecto de la situación económica de sus hogares. Bajo ningún punto de vista puede justificarse que cada vez que la Municipalidad recibe dinero para atender su planilla salarial, se ocupe solamente de las categorías que están por debajo de la 20, en lugar de repartir proporcionalmente esos fondos, como sería lo equitativo. El punto es más que revelador -por si hiciera falta un argumento más- sobre el colapso existente.
Cabe preguntarse hasta cuándo se puede prolongar una realidad de esta naturaleza. La Constitución provincial, en su artículo 111, confiere a las municipalidades la misión de administrar "los intereses morales y materiales" del vecindario. Justamente, es el cometido que la comuna de esta capital ha dejado hace mucho tiempo de cumplir. Y lo peor es que ese hecho va quedando como algo consumado, cuya modificación no parece interesar a sus autoridades.
Nos parece que no puede continuar vigente algo como lo que apuntamos. A una ciudad con la importancia de San Miguel de Tucumán, repetimos, no le es posible aceptar que la autoridad que debe conducirla y ordenarla parezca, en los hechos, haber renunciado tácitamente a esas funciones, para dejar que las cosas sigan su destino y, si pueden, que se arreglen solas.
Quienes habitan en esta capital deben convivir con situaciones que requieren de modo candente la actuación de la Municipalidad, y que no pueden seguir a la deriva durante más tiempo. Y demás está decir que la inexistencia de la autoridad ha ido alimentando una cultura del capricho que no puede sino depararnos grandes males en un futuro inmediato. En estas elecciones se elegirá al intendente y a los miembros del Concejo Deliberante. Nos preguntamos si, en el tramo entre la elección y la asunción de quienes resulten favorecidos, tendremos que seguir soportando esta vacancia de autoridad que ya ha tocado extremos sin precedentes en nuestra historia.

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