No se acostumbran al reloj que les acorta la noche

Los jóvenes se quejan por la falta de seguridad y transporte, y dicen que el Gobierno no les deja más opción que terminar en una fiesta ilegal.

A SEGUIR LA FIESTA COMO SEA. Cuando se termina el boliche, los jóvenes se organizan para continuar divirtiéndose. LA GACETA / FOTOS DE ANTONIO FERRONI A SEGUIR LA FIESTA COMO SEA. Cuando se termina el boliche, los jóvenes se organizan para continuar divirtiéndose. LA GACETA / FOTOS DE ANTONIO FERRONI
Lucía Lozano
Por Lucía Lozano 15 Mayo 2011
Las piernas largas, seductoras. Le gusta vestirse de negro, atrapar a más de 140.000 jóvenes. Por eso se maquilla; intenta tapar el reloj que le marca las horas, que le quiere acortar el paso. La noche tucumana huele a humo, a complicidad, a insatisfacción, a ilegalidad. Esta vez es viernes. No hace frío en la madrugada de mayo. La luna apuñala la oscuridad de la urbe. Y ellos salen a divertirse. Después de la medianoche empieza la fiesta. Terminará cuando asome el día, quién sabe cómo.

Tiene 18 años. Es astuta. El contorno de su cuerpo movedizo se refleja en la pantalla gigante. Rocío Zerpa llegó al boliche de la zona del ex Abasto con sus amigas. Sólo piensa en beber alcohol, fumar y disfrutar del baile. No le gusta que la música se apague a las 4. Reniega, pero se conforma. No conoce otro tipo de movida. Cuando ella empezó a salir a bailar el decreto que estableció el tope horario en la movida nocturna ya estaba consolidado en la provincia.

Rocío, al igual que sus amigas, sabe bien por qué sus noches son cortas. Habla de las marcas que dejó el crimen de Paulina Lebbos, en febrero de 2006. "Sufrimos el temor de nuestros padres. Fue una época difícil; tenían miedo que saliéramos solas", recuerda la joven.

La historia de Paulina retumba en la zona del ex Abasto. Allí fue la última vez que la vieron con vida. Su muerte marcó un antes y un después para la noche tucumana. El 12 de mayo, hace cinco años, se decretó que los boliches cerraban sus puertas a las 4. Y ya nada volvió a ser igual.

Pasaron los años. Sin embargo la mayoría de los jóvenes no logró acostumbrarse al decreto. Muy pocos quieren irse a dormir temprano. "La fiesta sigue sí o sí, en la calle, en un after, donde sea", aclara Joaquín Vera, de 22 años.

Más de 40 testimonios recogidos en boliches y bares de la capital aceptaron que el esquema de diversión no tiene tope horario y que el descontrol sigue siendo igual o peor que antes de las 4 am.

Las estadísticas ofrecen algunas pistas para entender por qué los jóvenes no aceptan irse a dormir cuando se enciende la luz en la disco. Las clausuras de fiestas ilegales que arrancan después de las 4 se incrementaron un 75% en dos años. Durante 2010 el Instituto Provincial de Lucha contra el Alcoholismo, intervino en más de cinco after cada fin de semana.

Los dueños de los boliches aseguran que esas cifras son mínimas. Dicen que por cada discoteca funcionan hasta cinco fiestas ilegales y que muchas arrancan a la misma hora que los locales autorizados.

"Los más perjudicados fuimos nosotros. Tenemos que hacer promociones para no perder clientes. Cumplimos con todas las reglas y la competencia con las ilegales es muy desleal", dice Carlos, dueño de un negocio del Abasto. Al local, si ingresan antes de las 2 am lo hacen gratis. Es la única forma de que entren, consuman algo adentro y se muevan al ritmo de la cumbia.

Rápida y furiosa

Otra gran movida se vive en un boliche de San Martín y Ejército del Norte. La atrapante escenografía nos transporta a una cueva. Son más de las 2 am. A esa hora empiezan a ingresar los jóvenes. Hay dos pistas para elegir con qué moverse: electrónica o funky. Apenas entran, se apuran en definir a la noche tucumana como rápida y furiosa. Tienen que acelerar todo. Compran tragos más fuertes y los toman velozmente. No hay mucho tiempo para chamuyar a una chica, dicen ellos. Se tiran un lance a primera vista; no hay espacio para tanto romanticismo, añaden.

Ellas miran y se mueven sin prestarles demasiada atención, y siguen bebiendo de la latita negra y roja. El energizante les ayuda a aguantar porque después de las 4 am empiezan a recibir mensajes al celular para saber adónde sigue la fiesta: seguramente será en un barrio muy peligroso, alejado, una casa abandonada, un terreno cualquiera. Es en el sitio en el cual los after pueden escapar a los controles. Allí, los chicos consumen varias botellas de cerveza y mezclan todo tipo de tragos. Los más osados pueden incluir en estos festejos alguna droga ilegal.

Una mirada desafiante se dibuja a la luz de la lluvia de estrellas. Martín Rojas se acerca para decir que es injusta la ley 4 am, que él tiene 34 años y el derecho a bailar hasta la hora que quiera, en lugares seguros. "Soy grande; si quiero tomar algo después de las 4 tengo que hacerlo agazapado. Odio que me vengan a dirigir así la vida", dice. Después reflexiona: "menos mal que esto me agarró grande; ya estoy casado y con hijos. Si me tocaba a los 20 hubiese sido tremendo", señala. Y canta "toda la noche hasta que salga el sol". Su amigo entona: "andate a dormir vos, yo quiero estar de la cabeza...".

Martina Isola, una de las dueñas del boliche, se queja. "La gente quiere seguir la fiesta como sea. Se desesperan por un minuto más de música. Es doloroso e injusto porque todos sabemos lo que pasa después de esto. Y los que organizan los after la sacan mucho mejor que todos nosotros", explica.

Nina Braun Villafañe tiene 21 años, es jujeña y le apasiona bailar. Pero no le gusta cuando la música se corta. Tiene sus motivos: "no hay seguridad ni transporte. Salís a las cuatro y a veces tenés que esperar hasta dos horas en la calle porque no hay colectivos, y no siempre se consiguen taxis ¿No es más peligroso eso que estar adentro de un boliche?", cuestiona. Admite que más de una vez terminó en un after. "No me gusta tener que ir ahí. Quedan en lugares peligrosos. Es un bajón, pero no te dan más opción", comenta.

El "punchi punchi" resuena. Los temas se acortan y ellos saben que se acerca el final. Sacuden sus cabezas. Sus brazos y piernas se mueven velozmente. Se ríen. Se abrazan. Disfrutan. La noche es de ellos. Hasta que la letra de la canción se enlentece; las luces empiezan a encenderse. Se indignan. Gritan. "Una más y no jodemos más". Entre la impotencia y la decepción, el dj abandona, resignado, su puesto. Se desquitan con palabrotas contra el Gobierno que puso las 4 am en su camino. Sus rostros están desencajados. Ya no hay nada qué hacer en el boliche. Protestan cuando salen. Se quedan más de una hora bailando en la vereda y en la calle, con la música que despiden los autos. Y sufren... porque no quieren acostumbrarse al reloj que maquilla sus noches. Después, empiezan a mudarse hacia algún after. En el fondo, saben que ni la más rigurosa de las vedas conseguirá liquidar la portentosa movida tucumana.

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