Votar era tan fácil

Habrá que llevar brújula al cuarto oscuro.

22 Junio 2003
Por Nora Lía Jabif

Todas las mañanas, ella y el taxista de la esquina repiten el mismo diálogo: "¿y, no entró nadie más al boliche?" "Nadie, doña, apenas esos cuatro jovencitos que pintan los pasacalles". El boliche es uno de los tantos locales alquilados por políticos o "candidatos a ..." que mitigan temporariamente la crisis inmobiliaria del barrio sur. Y a la mujer y a Chicho (tal el sobrenombre de nuestro amigo) les intriga ese local casi solitario, con unas cuantas sillas de plástico vacías, y cuya única marca de campaña es un cartel que presenta a dos de los candidatos a legislador o a concejal de los más de 1.800 sublemas anotados en la provincia para la contienda electoral del domingo próximo.
"Mire si nos sorprenden, Chicho, y el domingo arrasan y se quedan con una banca legislativa", se ríe la vecina. Y se queda pensando qué diría del Tucumán 2003 el griego Artistóteles, que hace veintiséis siglos "inventó" la política y le dio a esa actividad el crédito de ser el "arte de la ciudad o de la polis". Mientras patea alguno de los más de veinte millones de votos que se amontonan en las veredas y que han cambiado por un rato el humor de los imprenteros, se dice que con tantos candidatos ni el mejor vendedor de imagen podría imponer algún nombre a costa de marketing político.

La venganza
"Ya ni siquiera se trata -como en los años 90, cuando todo era marketing- del triunfo del estilo sobre la sustancia", elucubra. Y ve que en cada esquina del barrio de infancia, donde antes estaban la panadería, o la verdulería, ha florecido un efímero local del sublema "Trabajando por usted".
Ella -que en su vida votó menos veces que lo que hubiera querido- se ríe de pensar que tanta oferta electoral sea acaso una venganza que le ha propinado el sistema democrático: ahora tiene en toda la provincia, el doble de sublemas que los que había en 1999, y en la capital, un 52% más de listas de candidatos para el mismo período (102, en 1999, contra las 155 actuales).
La vecina pasa por la sede de un gremialista peronista y un ex "topista" que volvió al "movimiento" tras un paso por FR. Un poco más allá, una ex bussista le habla desde la pared, ahora representando al "jerecismo" y, a escasos metros un afiche exhibe el rostro de un ex radical que ahora apuesta al "alperovichismo", que se dice peronista si no fuera porque "Renzo" le disputa el pedigrí, desde un afiche que apela a la niñez. Parada ante un afiche puesto al revés de Ricardo Bussi, ella piensa que si las promesas se cumplen, finalmente los privilegiados serán los niños, como también promete el ex jefe de Policía del bussismo, desde otro afiche.
Mareada por tanta confusión partidaria, recuerda los tiempos en que la unidad básica del barrio se llamaba unidad básica. Y el comité, comité. Y se pregunta si esta no será "la política moderna", ante el fin de las hegemonías partidarias.
La electora observa las campañas gráficas del último tramo: el mirandismo usa los íconos del peronismo (Eva y Perón) y hace ostentación de su poder territorial, con una caravana de sublemas oficiales. Y el "jerecismo", que llegó con consignas éticas, muestra un afiche en el que juega a descalificar a los adversarios. Ella piensa que al final se ha impuesto el marketing: el triunfo del estilo sobre la sustancia.
Desde el parque le llega una noticia: en Filosofía y Letras, los muchachos del PO hacen campaña en la Facultad tomada. El viernes, la Juventud Universitaria Peronista (integra la Federación Universitaria de Tucumán con radicales y humanistas) mandó sus "bombos" para desalentar a los rebeldes. Entonces, ella termina de leer el diario, respira profundo, y se dice que las cosas no han cambiado tanto como parecía.

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