"Usted sale del rancho y sale de la marginalidad"
En las zonas populares de Tucumán, en el tránsito de la "villa miseria" al barrio que va tomando forma, las mujeres vienen jugando un rol central. En el Juan Pablo II o "El sifón", a las puertas del Obarrio, Irma Monroi, presidenta del Centro Los Lapachos, es testimonio vivo de un Tucumán cuyo dramatismo se exacerba ante la más precariedad material más profunda.
"Desde el cerro, una se hace el propio sueño de lo que será la ciudad", se ríe Irma Monroi, nacida en Tafí del Valle, nieta de un pastor de cabras del pie del Ñuñorco, líder social del barrio Juan Pablo II o "El sifón" (para la popular) y protagonista de una historia, la de una de las tantas áreas de la ciudad que comenzaron como villas miserias y que hoy pujan por convertirse en "barrios consolidados".
La historia de Irma es la radiografía de una deuda social impaga y sin fecha de vencimiento, aunque haya avances e intentos por saldarla. Los ojos con chispas verdes de esta mujer de rostro curtido que confiesa 53 años y que cursó hasta tercer grado de una escuela de campo son testigos de más de tres décadas en las que el sueño de la gran ciudad derrapó primero en una tapera de lona sostenida por dos horcones, después en una casilla de lata y más luego en otra de madera, hasta llegar a la de material y a la promesa (en el presente) del paso de la letrina a un "simple baño".
Pero los ladrillos son sólo un dato: en apenas ocho años, entre 2001 y 2009, Irma ha enterrado un hijo, muerto por el hambre, y ha arrancado a otro de sus seis hijos (más cuatro de crianza) del pozo de la droga. Chances que da la vida (o Dios, dirá esta feligresa de la iglesia Bautista). Aquella Irma es la misma que hoy aplaude cada vez que, metáforas aparte, sube a escena el grupo teatral "Saliendo del pozo", que integran vecinas y vecinos de El Sifón.
La charla con LA GACETA transcurre en la sede prestada del Centro vecinal Los Lapachos, que Irma dirige, entre libros perfectamente ordenados en una biblioteca, una computadora con monitor de última generación, un mesón, un banderín de "los Deca" y un par de bancos largos, una guitarra enfundada, disfraces coloridos y numerosos instrumentos musicales. Señal de que hay murga.
-¿Cómo fue el salto de Tafí al asentamiento?
- Mirábamos desde el cerro la ciudad, que era el gran sueño del campesino para salir adelante. Uno, desde el cerro, se hace su propio sueño. A los 17 años, mi hermana, a la que hacía mucho tiempo que no veía, me busca y me dice: vamos a mi barrio. Cuando veníamos en el colectivo, yo miraba casas preciosas y me preguntaba: "¿cuál es la mía?". Pero resulta que entramos al barrio y empezamos a ver ranchitos y ranchitos, y se me empezaba a bajar la moral. Era una casilla de madera. Me habré quedado con ella seis meses. Después conozco a un muchacho, me quedo embarazada, y no teníamos dónde vivir. No me llevaba bien con mi cuñado, porque era golpeador. Era cerca del año 1978. Entonces buscamos lona, cortamos palos del medio del monte, de la parte de atrás del Obarrio. Hemos hecho horcones y cosido las lonas, las envolvimos y las pintamos con cal. Con chapas de cartón hemos techado la casa, y con una gillette cortamos la puerta, a la que después levantamos con un pedazo de caña. Si nos hacía calor, cortábamos la ventana, para que entrara aire. Mi yacuzzi (se ríe) eran los tarros de lata de aceite. Las camas eran de horqueta, y a veces el colchón era un trapo viejo. Dentro de todo éramos felices; a veces no teníamos qué ponerle al hijo, y lo dejábamos desnudito hasta que se secaba la ropa. Muchas veces he añorado el campo, porque éramos más inocentes y me hubiera gustado criarlos a los hijos allí.
-¿Cómo se fue transformándo el barrio?
- Primero eran pasillitos. Después, primero en los años 80 y luego en el 2001 han empezado a medir los terrenos, hasta que llegó el Promeba (Programa de Mejoramiento Barrial), en el 2006. Pero lo que yo veo ahora es que la gente no le da valor a lo que ha conseguido. Porque conseguir terreno es algo hermoso, ¿ no?
- Y los Lapachos, ¿cómo surge?
- Los Lapachos se arma por la necesidad, cuando se nos estaban muriendo los hijos. Hacíamos ollas populares y todas íbamos al mercado a recolectar verduras que tiraban en el Abasto. Ni de muchachas podíamos trabajar, en el año 2000. Y nos estábamos muriendo de hambre. Entonces nos hemos juntado entre madres, hemos buscado un tacho de lavarropas y ahí hemos hecho la comida para los chicos, mientras nosotras tomábamos mate. En esa época eran esos famosos bolsones que tenías que humillarte hasta el final. Yo no entendía casi nada, pero me decían "lo tenés que hacer al Centro (vecinal)". Era 2002, estábamos en lo peor de los saqueos. Creo que es ahí donde ha brotado la delincuencia, es ahí donde hemos tenido que ir a robar para comer... y los chicos nos seguían. Antes no había trabajo, ahora sí hay. Una empleada doméstica cobra más de mil pesos. Pero la madre, hoy, ya no tiene mucho compromiso. Por ejemplo, veamos la Asignación (Universal por hijo). Yo veo muchas madres que tienen la asignación universal y los hijos están descalzos en la esquina. Yo he vivido cosas, se me ha muerto un hijo en los brazos, de hambre. La asignación es muy buena, pero tiene que haber una exigencia del Gobierno, una asistenta social que le pregunte a la mamá que está haciendo con la plata que recibe. Yo tengo que demostrar cómo gasto la plata que me dan, porque me la dan para mi hijo, no para mi bienestar. Creo que las madres, hoy, no tienen esa responsabilidad. Esa plata no es mía, es de mi hijo. Hay que regenerar la cultura del trabajo y la responsabilidad hacia tu hijo. Yo he tenido mi hijo que ha estado en la droga, ha estado preso. Y hasta la hora en que tiene que entrar a trabajar estoy como una sombra sobre él. Porque yo sé que a mi hijo no me lo puede quitar la droga. Hace cinco años he ido y le he dicho al juez: "quiero que me ayude, que vigile a mi hijo, que me mande una asistente social donde él está trabajando; que usted no dé un paso al costado, que no me abandone". Y hoy, mi hijo, si no trabaja se siente enloquecer. Pero esa es la responsabilidad de una madre.
- Con la urbanización del barrio, ¿se fue la droga?
- Los cambios en el barrio han sido muy importantes. Porque usted sale del rancho y sale de la marginalidad. Ya dice: "vivo en El Sifón, que antes era una villa, y hoy es un barrio". Hoy tenemos pavimento, estamos haciendo la plaza. La droga, que ha llegado en el año 2000, cuando no teníamos qué comer, está. Pero no se va a ir si no luchamos entre todos. Pero lo que la gente quiere es trabajar, hacer cosas. Yo he conseguido en Buenos Aires una radio y tengo para un taller de costura, pero teníamos el terreno y lo han usurpado. Una vecina se va a Catamarca y la casa que deja cuesta $20.000. Para algunos es el vuelto de un café. Para nosotros, sería el lugar ideal para la sede del centro vecinal. Tenemos talleres de murga, teatro, y está todo amontonado. El grupo (de teatro) se llama "Saliendo del pozo". Ahora estamos haciendo "Almacén de mi barrio" y "Las tejedoras". Son creaciones colectivas, que dirige Jorge Salvatierra. Y hemos hecho un escenario (en el acceso al barrio). Además, desde el programa Vida, con Desarrollo Social, estamos incluyendo dos chicos en la Universidad. Dibujan a la perfección, les gusta el dibujo, la pintura, y van a la Facultad de Artes. Han encontrado por esa vía su modo de expresarse. Al chico lo sacás media hora de la esquina y tiene un poder, unas ganas de hacer algo... Ellos se mueren por demostrar que no son los delincuentes de "El Sifón".
La historia de Irma es la radiografía de una deuda social impaga y sin fecha de vencimiento, aunque haya avances e intentos por saldarla. Los ojos con chispas verdes de esta mujer de rostro curtido que confiesa 53 años y que cursó hasta tercer grado de una escuela de campo son testigos de más de tres décadas en las que el sueño de la gran ciudad derrapó primero en una tapera de lona sostenida por dos horcones, después en una casilla de lata y más luego en otra de madera, hasta llegar a la de material y a la promesa (en el presente) del paso de la letrina a un "simple baño".
Pero los ladrillos son sólo un dato: en apenas ocho años, entre 2001 y 2009, Irma ha enterrado un hijo, muerto por el hambre, y ha arrancado a otro de sus seis hijos (más cuatro de crianza) del pozo de la droga. Chances que da la vida (o Dios, dirá esta feligresa de la iglesia Bautista). Aquella Irma es la misma que hoy aplaude cada vez que, metáforas aparte, sube a escena el grupo teatral "Saliendo del pozo", que integran vecinas y vecinos de El Sifón.
La charla con LA GACETA transcurre en la sede prestada del Centro vecinal Los Lapachos, que Irma dirige, entre libros perfectamente ordenados en una biblioteca, una computadora con monitor de última generación, un mesón, un banderín de "los Deca" y un par de bancos largos, una guitarra enfundada, disfraces coloridos y numerosos instrumentos musicales. Señal de que hay murga.
-¿Cómo fue el salto de Tafí al asentamiento?
- Mirábamos desde el cerro la ciudad, que era el gran sueño del campesino para salir adelante. Uno, desde el cerro, se hace su propio sueño. A los 17 años, mi hermana, a la que hacía mucho tiempo que no veía, me busca y me dice: vamos a mi barrio. Cuando veníamos en el colectivo, yo miraba casas preciosas y me preguntaba: "¿cuál es la mía?". Pero resulta que entramos al barrio y empezamos a ver ranchitos y ranchitos, y se me empezaba a bajar la moral. Era una casilla de madera. Me habré quedado con ella seis meses. Después conozco a un muchacho, me quedo embarazada, y no teníamos dónde vivir. No me llevaba bien con mi cuñado, porque era golpeador. Era cerca del año 1978. Entonces buscamos lona, cortamos palos del medio del monte, de la parte de atrás del Obarrio. Hemos hecho horcones y cosido las lonas, las envolvimos y las pintamos con cal. Con chapas de cartón hemos techado la casa, y con una gillette cortamos la puerta, a la que después levantamos con un pedazo de caña. Si nos hacía calor, cortábamos la ventana, para que entrara aire. Mi yacuzzi (se ríe) eran los tarros de lata de aceite. Las camas eran de horqueta, y a veces el colchón era un trapo viejo. Dentro de todo éramos felices; a veces no teníamos qué ponerle al hijo, y lo dejábamos desnudito hasta que se secaba la ropa. Muchas veces he añorado el campo, porque éramos más inocentes y me hubiera gustado criarlos a los hijos allí.
-¿Cómo se fue transformándo el barrio?
- Primero eran pasillitos. Después, primero en los años 80 y luego en el 2001 han empezado a medir los terrenos, hasta que llegó el Promeba (Programa de Mejoramiento Barrial), en el 2006. Pero lo que yo veo ahora es que la gente no le da valor a lo que ha conseguido. Porque conseguir terreno es algo hermoso, ¿ no?
- Y los Lapachos, ¿cómo surge?
- Los Lapachos se arma por la necesidad, cuando se nos estaban muriendo los hijos. Hacíamos ollas populares y todas íbamos al mercado a recolectar verduras que tiraban en el Abasto. Ni de muchachas podíamos trabajar, en el año 2000. Y nos estábamos muriendo de hambre. Entonces nos hemos juntado entre madres, hemos buscado un tacho de lavarropas y ahí hemos hecho la comida para los chicos, mientras nosotras tomábamos mate. En esa época eran esos famosos bolsones que tenías que humillarte hasta el final. Yo no entendía casi nada, pero me decían "lo tenés que hacer al Centro (vecinal)". Era 2002, estábamos en lo peor de los saqueos. Creo que es ahí donde ha brotado la delincuencia, es ahí donde hemos tenido que ir a robar para comer... y los chicos nos seguían. Antes no había trabajo, ahora sí hay. Una empleada doméstica cobra más de mil pesos. Pero la madre, hoy, ya no tiene mucho compromiso. Por ejemplo, veamos la Asignación (Universal por hijo). Yo veo muchas madres que tienen la asignación universal y los hijos están descalzos en la esquina. Yo he vivido cosas, se me ha muerto un hijo en los brazos, de hambre. La asignación es muy buena, pero tiene que haber una exigencia del Gobierno, una asistenta social que le pregunte a la mamá que está haciendo con la plata que recibe. Yo tengo que demostrar cómo gasto la plata que me dan, porque me la dan para mi hijo, no para mi bienestar. Creo que las madres, hoy, no tienen esa responsabilidad. Esa plata no es mía, es de mi hijo. Hay que regenerar la cultura del trabajo y la responsabilidad hacia tu hijo. Yo he tenido mi hijo que ha estado en la droga, ha estado preso. Y hasta la hora en que tiene que entrar a trabajar estoy como una sombra sobre él. Porque yo sé que a mi hijo no me lo puede quitar la droga. Hace cinco años he ido y le he dicho al juez: "quiero que me ayude, que vigile a mi hijo, que me mande una asistente social donde él está trabajando; que usted no dé un paso al costado, que no me abandone". Y hoy, mi hijo, si no trabaja se siente enloquecer. Pero esa es la responsabilidad de una madre.
- Con la urbanización del barrio, ¿se fue la droga?
- Los cambios en el barrio han sido muy importantes. Porque usted sale del rancho y sale de la marginalidad. Ya dice: "vivo en El Sifón, que antes era una villa, y hoy es un barrio". Hoy tenemos pavimento, estamos haciendo la plaza. La droga, que ha llegado en el año 2000, cuando no teníamos qué comer, está. Pero no se va a ir si no luchamos entre todos. Pero lo que la gente quiere es trabajar, hacer cosas. Yo he conseguido en Buenos Aires una radio y tengo para un taller de costura, pero teníamos el terreno y lo han usurpado. Una vecina se va a Catamarca y la casa que deja cuesta $20.000. Para algunos es el vuelto de un café. Para nosotros, sería el lugar ideal para la sede del centro vecinal. Tenemos talleres de murga, teatro, y está todo amontonado. El grupo (de teatro) se llama "Saliendo del pozo". Ahora estamos haciendo "Almacén de mi barrio" y "Las tejedoras". Son creaciones colectivas, que dirige Jorge Salvatierra. Y hemos hecho un escenario (en el acceso al barrio). Además, desde el programa Vida, con Desarrollo Social, estamos incluyendo dos chicos en la Universidad. Dibujan a la perfección, les gusta el dibujo, la pintura, y van a la Facultad de Artes. Han encontrado por esa vía su modo de expresarse. Al chico lo sacás media hora de la esquina y tiene un poder, unas ganas de hacer algo... Ellos se mueren por demostrar que no son los delincuentes de "El Sifón".








