Premios y castigos

Efectos dispares del cambio constante en la Policía.

21 Junio 2003
Por Roberto Delgado

Las autoridades intentan desde 1995 sacar a los policías a la calle. Primero fue Antonio Bussi, quien al asumir como gobernador anunció que quería reflotar la figura del viejo agente de barrio. Después, cada funcionario expuso, con mayor o menor énfasis, esta intención. Ahora, Manuel Pedernera, ministro de Gobierno de Julio Miranda, advierte que no quiere policías oficinistas.
¿Qué ha cambiado desde aquella Policía del bussismo a esta del mirandismo? Muy poco. Los efectivos reaccionaron de la misma manera cada vez que hubo picos de violencia, y salieron a "reventar" las villas de emergencia en busca de delincuentes. Ha imperado más el criterio represivo que el preventivo como forma de trabajo, y la fuerza de seguridad siempre ha estado condicionada por la escasa cantidad de personal (nunca son más de 5.000 hombres) y por las crisis recurrentes de armas y vehículos.
Pero la sociedad no es la misma. Tucumán está más empobrecida y alberga muchas más necesidades que en 1995. Hay mucha más marginalidad. A fines del gobierno de Bussi, coincidentemente con el comienzo de la recesión en el país, se advertía el incremento de la participación de menores en los delitos, y el aumento de la violencia. La reacción general de la sociedad ha sido lenta. La Policía ha quedado prácticamente sola para resolver el problema. Sólo en el tiempo posterior a la megasesión legislativa de 2000 pareció haber un cambio significativo, cuando comenzaron a aparecer los jóvenes vigilantes ciudadanos, hoy prácticamente desaparecidos.
Hay que decir a favor de la Policía que los índices delictivos no parecen haber aumentado sustancialmente, mas esto no reduce el nivel de violencia y la inseguridad en los sectores periféricos. Por ello hay episodios angustiantes como el crimen del barrio Echeverría o el ataque de anteayer al comerciante de Lastenia. La Justicia tucumana se ha llenado de litigios y se ha vuelto muy morosa, con muy pocas condenas.
Los funcionarios del fin del Gobierno de Miranda sienten la presión de haber dado vueltas alrededor del problema sin hallar salidas adecuadas. Por eso desde febrero cambiaron casi una vez al mes a las cúpulas policiales e hicieron movimientos cada vez más espectaculares. Hace dos meses enviaron 100 hombres a la Brigada, hoy desarman Control Urbano, bajan el perfil del Comando Radioeléctrico, refuerzan las comisarías y le dan un poder inusitado a la Unidad Regional Capital, para que pueda salir con más gente a "reventar" las villas de emergencia. A hacer lo de siempre, sólo que con más hombres.
Los cambios constantes generan dos efectos. Por un lado, inquietan a la tropa, que no puede hacer pie en una tarea determinada y no sabe qué pasará mañana. Pero por otro lado son una muestra de que el modelo de seguridad parece agotarse y comienza a requerir otras respuestas, que el ministro Pedernera quiere lograr ya.
Poner en ebullición a la Policía y cambiar normas podría responder a una intención política, con vistas a generarle réditos inmediatos, pero bien podría ocurrir que a partir de ahora se produzcan las modificaciones que José Ricardo Falú no pudo lograr como ministro en 2000, con una Legislatura dormida.
No obstante, las necesidades de la sociedad siguen evolucionando mucho más rápido que la respuesta política. Todavía no se discutió el rol de la Policía ni se halló la forma de acercarla a la comunidad. No se sabe bien cómo sacar los policías a la calle. Está bien que salgan y que vuelva el policía de barrio. Pero este no tiene muy claro para qué va a salir.
Por ello, los cambios, hasta ahora, fueron expresión de un sistema de premios y castigos que tiene efectos sólo en el clima de seguridad y no sirve para prevenir la siguiente tormenta.

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