21 Junio 2003 Seguir en 
La reciente cumbre del Mercosur en Asunción ha tenido la singularidad de colocar en primer plano el nuevo perfil político de la región, representado por los presidentes Néstor Kirchner y Luiz Inacio Lula da Silva, quedando en espacio secundario los temas específicos de la unión aduanera que la impulsaron. Ello pudo advertirse en el contenido de los discursos y por la reducida inclusión de las cuestiones de fondo en la declaración final de la conferencia, donde a los cuatro países miembro se unieron como asociados Chile y Bolivia y, en condición de invitado, Venezuela. De tal manera, las grandes cuestiones que figuraron en la agenda de la cita quedaron pospuestas para sus definiciones hasta 2006, de acuerdo con la proposición de Brasil, fundada sin duda en las asimetrías de las dos economías mayores del Mercosur.
La primera de esas cuestiones es la política social y cultural, supeditada a la constitución del Parlamento común. Siguen las concernientes a la política aduanera, las bases para el mercado común, la nueva integración y la unidad fronteriza. En lo que respecta al trabajo de los ministros de Economía y presidentes de los bancos centrales para la creación de una moneda común, la declaración oficial apenas tomó nota del tema, con lo cual se desalentó el entusiasmo que el representante argentino, Roberto Lavagna, había manifestado en los recientes días, y se remitió el análisis a un futuro instituto monetario común. La moneda regional, aun en la instancia limitada prevista inicialmente por la iniciativa, debería ser el colofón de la superación de las asimetrías propias de la región. Basta observar la experiencia de la Unión Europea, donde tan sólo nueve años después de ese condicionamiento por el tratado de Maastricht, comenzó a circular el signo monetario compartido.
Las condiciones intrínsecas de esa realidad han vuelto a plantear que el reiterado relanzamiento del Mercosur, al que se apeló como sugestiva promesa en cumbres precedentes, ha sido muy poco más que otro compromiso de abocarse al logro de sus metas, con seriedad, y sin dejarse llevar por vientos políticos e ideológicos circunstanciales. Esto último ha tenido en esta ocasión otra particularidad, como ha sido la reticencia de Uruguay al sesgo dominante de los discursos de Brasil y nuestro país, y el aplauso cortés del presidente chileno, Ricardo Lagos, quien llegó a Asunción después de haber suscripto con los Estados Unidos un pacto de libre comercio. En medio de tan variados discursos, la voz del venezolano Hugo Chávez incorporó el tono fuertemente conflictivo de la crisis que conmueve a su país.
Seguramente que el mensaje más comprensivo y moderador ha sido el de Lagos, en nombre de un país, el suyo, que ha logrado como muy pocos en América Latina que las decisiones fundamentales sean resultados de políticas de Estado.
Con esa experiencia, el presidente de Chile pudo sostener "la necesidad de un entendimiento político más cercano entre los distintos países; mas para ello es conveniente también tener un entendimiento más claro y más concreto de nuestras políticas económicas". Como ha debido señalarse en el caso de la política exterior argentina al advertir sobre el grave error de los personalismos cíclicos que en el largo plazo la tornan incierta, la reciente cumbre del Mercosur ha dejado para su análisis más decepciones que frutos sobre la fortaleza de la unión regional. Un preocupante saldo si se lo observa frente al ritmo y la presión a que está siendo sometida la organización del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), con plazo fijo para el año 2005, y de la que nuestra unión aduanera regional debería ser interlocutora.
La primera de esas cuestiones es la política social y cultural, supeditada a la constitución del Parlamento común. Siguen las concernientes a la política aduanera, las bases para el mercado común, la nueva integración y la unidad fronteriza. En lo que respecta al trabajo de los ministros de Economía y presidentes de los bancos centrales para la creación de una moneda común, la declaración oficial apenas tomó nota del tema, con lo cual se desalentó el entusiasmo que el representante argentino, Roberto Lavagna, había manifestado en los recientes días, y se remitió el análisis a un futuro instituto monetario común. La moneda regional, aun en la instancia limitada prevista inicialmente por la iniciativa, debería ser el colofón de la superación de las asimetrías propias de la región. Basta observar la experiencia de la Unión Europea, donde tan sólo nueve años después de ese condicionamiento por el tratado de Maastricht, comenzó a circular el signo monetario compartido.
Las condiciones intrínsecas de esa realidad han vuelto a plantear que el reiterado relanzamiento del Mercosur, al que se apeló como sugestiva promesa en cumbres precedentes, ha sido muy poco más que otro compromiso de abocarse al logro de sus metas, con seriedad, y sin dejarse llevar por vientos políticos e ideológicos circunstanciales. Esto último ha tenido en esta ocasión otra particularidad, como ha sido la reticencia de Uruguay al sesgo dominante de los discursos de Brasil y nuestro país, y el aplauso cortés del presidente chileno, Ricardo Lagos, quien llegó a Asunción después de haber suscripto con los Estados Unidos un pacto de libre comercio. En medio de tan variados discursos, la voz del venezolano Hugo Chávez incorporó el tono fuertemente conflictivo de la crisis que conmueve a su país.
Seguramente que el mensaje más comprensivo y moderador ha sido el de Lagos, en nombre de un país, el suyo, que ha logrado como muy pocos en América Latina que las decisiones fundamentales sean resultados de políticas de Estado.
Con esa experiencia, el presidente de Chile pudo sostener "la necesidad de un entendimiento político más cercano entre los distintos países; mas para ello es conveniente también tener un entendimiento más claro y más concreto de nuestras políticas económicas". Como ha debido señalarse en el caso de la política exterior argentina al advertir sobre el grave error de los personalismos cíclicos que en el largo plazo la tornan incierta, la reciente cumbre del Mercosur ha dejado para su análisis más decepciones que frutos sobre la fortaleza de la unión regional. Un preocupante saldo si se lo observa frente al ritmo y la presión a que está siendo sometida la organización del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), con plazo fijo para el año 2005, y de la que nuestra unión aduanera regional debería ser interlocutora.







