16 Junio 2003 Seguir en 
Hasta avanzada la noche del sábado, la población colmó los negocios del centro a la búsqueda de obsequios para celebrar el Día del Padre, al que estaba dedicada la jornada de ayer. Nadie podría discutir la justificación de estos agasajos. Son un comprensible testimonio de gratitud y de agradecimiento de las esposas y de los hijos hacia quien tiene un rol tan significativo dentro del grupo familiar. Pero sobre este punto sería oportuno hilar alguna reflexión, que aunque suene a conocida no está por ello menos necesitada de periódico recuerdo.
Nadie duda de que el papel del padre en el hogar ha sufrido una serie de modificaciones, reflejo forzoso de los profundos cambios operados en la sociedad contemporánea. Esas mutaciones tienen, bien sabemos, variedades y alcances tan vastos que resultaría difícil intentar siquiera una sintética enumeración. A pesar de tal circunstancia, pensamos que se mantienen inmutables ciertas responsabilidades que todo progenitor tiene y que debiera ejercer. Es importante subrayar, porque de su falta de ejercicio derivan muchas cuestiones graves de nuestra actualidad.
Entre las responsabilidades, contiene trascendencia suma la de convertirse -junto con la madre- en guía principal de la educación de sus hijos. Parece necesario recordar que, si la escuela constituye un destacado engranaje, también es verdad que de ninguna manera puede suplir al progenitor, ni este tiene derecho de delegarle lo que le compete. Porque existe una parte fundamental de la tarea formativa que se cumple en la casa. Es tarea de palabra y también de ejemplo, en primer lugar. No puede pensarse (y mucho menos en el contexto cuestionador de la niñez y la adolescencia de hoy) que se pueda predicar algo que no esté sustentado en la propia conducta. Esto, en el más amplio sentido de la palabra.
La tarea educativa abarca no sólo la definición de los valores dirigidos a que el hijo se constituya en elemento útil de la sociedad, capaz de utilizar positivamente todas las perspectivas que le brinda el mundo actual. Importa también una actitud de constante atención respecto de ese hijo: de un diálogo que permita conocer sus dudas, sus interrogantes y sus expectativas, para poder acercarle soluciones y exponerle caminos. Y también está a su cargo establecer los límites que, en su condición de menor, el hijo está obligado a observar. Porque no es un compinche, ni un amigote del hijo que le disculpa y acepta todo, sino que es sencillamente el padre.
A cada momento, los medios de comunicación nos enteran de graves y aberrantes delitos cuyos protagonistas son menores de edad. Sabemos también el creciente estrago que en las filas juveniles hacen las drogas, el alcohol y otras adicciones. No suele destacarse con firmeza la grave cuota de responsabilidad que en estos casos atañe a los padres que no han querido, no han podido o no han sabido dar a sus hijos la contención necesaria.
Por cierto que no se trata de una tarea sencilla, sino todo lo contrario. Es conocido que la vida contemporánea exige a los jefes de hogar un tremendo esfuerzo de trabajo para subvenir las necesidades de su familia. Y que ese esfuerzo se traduce, al llegar a la casa, en un comprensible cansancio. Pero no puede esgrimirse tal pretexto para obviar la tarea educativa vital que ha de desarrollarse en ese escenario. Ser padre engendra una responsabilidad seria, y quien ha traído hijos al mundo debe afrontarla hasta sus últimas consecuencias. Esta puede ser, nos parece, una reflexión adecuada a propósito del Día del Padre que hemos celebrado ayer. La necesidad de que el padre se haga cargo del deber que le compete como tal, y que se convierta en guía de la formación de sus hijos. Formación que va mucho más allá de proporcionarles techo, alimento, vestido y educación escolar.
Nadie duda de que el papel del padre en el hogar ha sufrido una serie de modificaciones, reflejo forzoso de los profundos cambios operados en la sociedad contemporánea. Esas mutaciones tienen, bien sabemos, variedades y alcances tan vastos que resultaría difícil intentar siquiera una sintética enumeración. A pesar de tal circunstancia, pensamos que se mantienen inmutables ciertas responsabilidades que todo progenitor tiene y que debiera ejercer. Es importante subrayar, porque de su falta de ejercicio derivan muchas cuestiones graves de nuestra actualidad.
Entre las responsabilidades, contiene trascendencia suma la de convertirse -junto con la madre- en guía principal de la educación de sus hijos. Parece necesario recordar que, si la escuela constituye un destacado engranaje, también es verdad que de ninguna manera puede suplir al progenitor, ni este tiene derecho de delegarle lo que le compete. Porque existe una parte fundamental de la tarea formativa que se cumple en la casa. Es tarea de palabra y también de ejemplo, en primer lugar. No puede pensarse (y mucho menos en el contexto cuestionador de la niñez y la adolescencia de hoy) que se pueda predicar algo que no esté sustentado en la propia conducta. Esto, en el más amplio sentido de la palabra.
La tarea educativa abarca no sólo la definición de los valores dirigidos a que el hijo se constituya en elemento útil de la sociedad, capaz de utilizar positivamente todas las perspectivas que le brinda el mundo actual. Importa también una actitud de constante atención respecto de ese hijo: de un diálogo que permita conocer sus dudas, sus interrogantes y sus expectativas, para poder acercarle soluciones y exponerle caminos. Y también está a su cargo establecer los límites que, en su condición de menor, el hijo está obligado a observar. Porque no es un compinche, ni un amigote del hijo que le disculpa y acepta todo, sino que es sencillamente el padre.
A cada momento, los medios de comunicación nos enteran de graves y aberrantes delitos cuyos protagonistas son menores de edad. Sabemos también el creciente estrago que en las filas juveniles hacen las drogas, el alcohol y otras adicciones. No suele destacarse con firmeza la grave cuota de responsabilidad que en estos casos atañe a los padres que no han querido, no han podido o no han sabido dar a sus hijos la contención necesaria.
Por cierto que no se trata de una tarea sencilla, sino todo lo contrario. Es conocido que la vida contemporánea exige a los jefes de hogar un tremendo esfuerzo de trabajo para subvenir las necesidades de su familia. Y que ese esfuerzo se traduce, al llegar a la casa, en un comprensible cansancio. Pero no puede esgrimirse tal pretexto para obviar la tarea educativa vital que ha de desarrollarse en ese escenario. Ser padre engendra una responsabilidad seria, y quien ha traído hijos al mundo debe afrontarla hasta sus últimas consecuencias. Esta puede ser, nos parece, una reflexión adecuada a propósito del Día del Padre que hemos celebrado ayer. La necesidad de que el padre se haga cargo del deber que le compete como tal, y que se convierta en guía de la formación de sus hijos. Formación que va mucho más allá de proporcionarles techo, alimento, vestido y educación escolar.







