Las grandes ciudades suelen tener espacios donde vendedores ambulantes se reúnen todos o algunos días para ofrecer desde viejas enciclopedias hasta papagayos ecuatorianos. Son los mercados de pulgas o rastros (así se llamaba antiguamente al lugar que se asignaba para vender la carne al por mayor). Esos sitios tienen la anarquía de los ruidosos mercados medievales. Los puestos se amontonan sin ningún orden; los vendedores vocean con gracia los precios, y los compradores piden las rebajas que no se animarían a reclamar en las grandes tiendas. Ahí están la oferta y la demanda en estado puro. Da gusto visitarlos y, en el caso del de Madrid, forma parte de la rutina del domingo. Este día no se concibe sin una visita al rastro, aunque no se pretenda comprar nada. Los madrileños, incluso, ya le dieron al verbo rastrear una nueva acepción: deambular por el rastro. Lo notable es que más allá de los precisos límites de ese caos disciplinado (si es que es posible tal cosa) la ciudad recupera el orden y cada cosa está en su lugar.
Esto es, precisamente, lo que no ocurre en San Miguel de Tucumán. En la última década esta capital se degradó tanto que hoy toda ella parece un inmenso mercado de pulgas a la intemperie. No hay normas (y si las hay son meras expresiones de deseos; basta con ver lo que ocurre con los pasacalles, teóricamente prohibidos) y cada cual instala lo que quiere donde y cuando quiere. Cada noche es posible comprobar cómo en la mismísima plaza Independencia los vendedores de panchos colocan parlantes, en una suerte de pequeñas bailantas al aire libre. Y nadie se inmuta. Sin desconocer que este proceso es un síntoma de cuán precaria se volvió la vida para miles de tucumanos, a quienes no les queda otra que vender lo que sea por el plato de comida, la salida puede ser otra, hasta estéticamente. Aunque resulte blasfemo, lo peor que le podría pasar hoy a la ciudad en estas condiciones es que vengan turistas. Además de irse espantados, los visitantes se convertirían en propulsores del eslogan "no vaya a Tucumán, porque ya no es el ?Jardín de la República?" (y en marketing se sabe lo que significa perder una marca). Lo dijo Ricardo López Murphy el viernes. Reconoció que no podía creer lo que veía cuando a él le enseñaron otra cosa de niño. Hay que volver al viejo consejo de las abuelas: "Uno no puede recibir visitas si no tiene la casa limpia y en orden, y un café listo, porque si no les falta el respeto".
Como si fuesen pocos los problemas (calles convertidas en motines diarios, remises y taxistas yendo por donde se les ocurre, y transeúntes para quienes los semáforos son una rareza suiza), el conflicto de la basura le agregó sordidez ?lo único que faltaba- al agobiado jardín en vías de extinción. Lo curioso es que, pese a los 1.200 kilos de desperdicios desparramados por las calles o que colgaban de los cestos, el jueves y el viernes a la noche muchas parejitas de jóvenes ?y no tan jóvenes- caminaban abrazadas o estaban sentadas en las plazas haciendo lo suyo en medio de bolsas nauseabundas, sin reaccionar ni escandalizarse. Toda una metáfora de esta sociedad. Como la que escribieron las amas de casas que, pese a saber que no pasaban los recolectores, seguían acumulando sobras en las veredas ("¡para eso están si son públicas!", debe haber dicho alguna). Se trata de actitudes dignas de estudio, al igual que las de las autoridades municipales (¿lo son?), en fuga o en permanente campaña proselitista.
Esta capital se parece a esos estadios hipotéticos señalados por los pensadores del siglo XVII como previos a la organización social, en los que reinan la arbitrariedad y la falta de cohesión. Es el estado de naturaleza de Thomas Hobbes, en el que los diferentes grupos son más una multitud extraviada y amontonada que una verdadera comunidad. Pero ya se sabe: de esa etapa sólo se sale con un contrato social, que conjugue el orden público con las libertades individuales. En otras palabras, con un Estado que fije qué es lo suyo de cada cual, como dicen los juristas.
15 Junio 2003 Seguir en 
Por Federico Abel







