El Estado toma las riendas en el azúcar

Nadie que esté aún vivo recuerda en la historia de la actividad azucarera argentina un mejor y más prometedor inicio de zafra como el que se viene. Precios internos por encima de valores jamás soñados para esta época, un mercado externo con precios récords, y un inesperado espaldarazo al esquema de biocombustibles, a raíz de la crisis nuclear en Japón, brindan condiciones inmejorables para que la actividad azucarera logre el despegue definitivo al éxito, que durante décadas le resultó esquivo. Pero en ese proceso habrá que implementar ajustes dentro del propio sector para evitar que las cosas se salgan de curso y se termine arruinando todo.

El futuro promisorio demanda seriedad y acciones contundentes. Por lo pronto, se detectan varios problemas en la actividad azucarera. El primero es que hay dos grupos bien definidos: los institucionalizados, que firman acuerdos de exportación y tienen la potestad de las decisiones del sector y en el trato con el Estado, y los que no aceptan directivas de los principales ingenios del país, aquellos que no aportan para los esquemas exportador o de fraccionado barato que demanda el Gobierno nacional, y que son sindicados por los que conforman la mesa sectorial como los responsables de la especulación que generó los desajustes en la oferta que se registraron en el último año, que derivaron en la intervención efectiva del Gobierno nacional en la política azucarera. Este grupo, por su parte, sostiene que el desorden reciente provino de las grandes empresas del sector, que manejan la estrategia azucarera a su arbitrio y a favor sólo en sus intereses individuales, y que por ese motivo no tiene por qué allanarse a decisiones que -consideran- no apuntan al bien del conjunto.

Otro de los problemas es que dentro de la mesa azucarera nacional, que se ocupaba hasta ahora de definir la estrategia productiva y comercial del sector, las relaciones entre sus miembros no son de las mejores. Nadie lo quiere admitir públicamente, pero está claro que los industriales azucareros tucumanos no aceptan algunas decisiones que toma el ingenio Ledesma, la empresa azucarera más grande de la Argentina, con instalaciones en Jujuy. Objetan las importaciones inconsultas que realiza esta compañía con azúcar nada menos que de Brasil, el factor de terror más visible de la actividad azucarera argentina.

El ingenio Ledesma quedó en el centro de la polémica en la última semana, cuando se conoció que una de sus marcas contenía nada menos que azúcar brasileña, y que encima se comercializaba en las góndolas de supermercados instalados en Tucumán, la principal provincia productora del endulzante en el país. La postura de Ledesma para justificar el ingreso del "azúcar maldito" al país parece consistente. Palabras más, palabras menos, las autoridades del ingenio jujeño argumentaron que no se podía permitir que falte el azúcar en el mercado interno, bajo ningún punto de vista, aunque para lograr este propósito hubiera que llevar adelante la medida más controvertida. Agregan, para reforzar la estrategia, que no se observaron bajas en el precio interno del azúcar, que pudieran ocasionarse en un incremento en los stocks de azúcar en Argentina a causa del producto importado.

Los críticos del accionar de Ledesma se imaginan que a partir de esta instancia comenzará a ser frecuente o normal que se importe azúcar de Brasil, y que tal periodicidad podría terminar abriendo canales comerciales con el país vecino, lo que históricamente fue rechazado por los azucareros argentinos (los más molestos no paran de recordar cuánto costó que el Congreso nacional sancionara por insistencia la ley que hoy impide que Brasil inunde la Argentina con su producción de azúcar a grandísima escala). Luego, los más radicales en el pensamiento, se imaginan todo tipo de confabulaciones a partir de esta jugada importadora, para que los azucareros tucumanos se vean obligados a vender más barato su azúcar para beneficio de unas pocas grandes empresas, lo cual podría ser tomado en serio, o no. Y por último, están los que recuerdan que Ledesma posee una planta de fructosa de maíz, el producto natural que mayor porción de mercado interno le resta al azúcar de caña en la Argentina.

En el actual estado de cosas, y con la premisa de que hay azúcar de la campaña 2010 en los depósitos, y con la noción de que la que viene podría convertirse en una "superzafra" si las heladas son moderadas, el sector azucarero argentino se prepara para sellar un acuerdo con el Gobierno nacional. El pacto es fogoneado por las principales industrias azucareras del país y por el ministro de Economía, Amado Boudou, y el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, nada más y nada menos. Moreno, que viene exigiendo un sacrificio monumental a los azucareros, al obligar a que todo poseedor de azúcar mayorista destine un 6% de su producto a abastecer una canasta de artículos alimenticios baratos, tuvo especial vinculación con el sector azucarero en el último año. Cuando comenzó a notarse que el precio del endulzante subía en las góndolas por desabastecimiento, restringió las exportaciones. La medida no tuvo efecto, y luego suspendió por tiempo indeterminado las ventas al exterior y amenazó con promover el ingreso de azúcar de Brasil, cosa que finalmente ocurrió y a la vista de todos, ya que Ledesma dejó asentada la importación en sus paquetes de un kilo de azúcar de marca "Ancaste". Ahora, a través del pacto nacional, lo que se busca es establecer la posible producción de azúcar de este año, las previsiones de exportación, y un precio interno que se mantendría inamovible durante todo este año. A cambio, los azucareros piden que el Gobierno autorice una exportación inmediata de 150.000 toneladas de azúcar apenas comience la molienda, con el objeto de evitar excedentes tempranos que pudieran arrastrar a la baja el aún tonificado precio del azúcar.

¿Es buena la presencia del Gobierno en las decisiones del sector que elabora el azúcar argentino? Sin dudas que no es lo ideal, pero tal vez la injerencia del Estado en la política azucarera sirva para definir quién es quién en la actividad y para poner un poco de orden en un sector que hoy, más que nunca, es clave no sólo en el terreno alimenticio de la Argentina, sino también en el estratégico plano energético.

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