Hubo un tiempo en que el esfuerzo era sinónimo de salud, de felicidad, de orgullo... Mahatma Gandhi, por ejemplo, aseguraba que la recompensa se encontraba en el esfuerzo y no en el resultado. "El esfuerzo total consigue la victoria completa", decía. Una afirmación que también había descubierto José Ortega y Gasset cuando escribió: "todo es resultado de un esfuerzo. Una civilización sólo se mantiene si todos aportan su colaboración al esfuerzo. En cambio, si todos prefieren gozar de los frutos, la civilización se hunde". Lo significativo es que esta reflexión, que podría retrotraerse hasta la antigua Grecia, no resulta ni vana ni innecesaria en el seno de una sociedad como la actual, que parece fomentar la cultura de la desidia. Prueba de ello es la constante emisión de programas televisivos de mal gusto en los que sólo triunfan los que decididamente no hacen nada. El reality show "Gran Hermano" (que ha llegado a niveles realmente degradantes), plantea que el éxito no es un atributo, sino una meta a la que se puede llegar casi sin levantarse de la cama. Estas actitudes son, como tantas otras, un reflejo de lo que sucede en nuestra sociedad. Adolescentes que buscan exhibir su vida sin tapujos; chicos apáticos que sólo se motivan con las redes sociales; alumnos que se llevan todas las materias a rendir y se sienten orgullosos de ello o padres permisivos que no pueden o no saben poner límites, son algunas de las consecuencias de esta suerte de abulia social. Pareciera que la capacidad de trabajo es un valor en crisis. Y la respuesta oficial no ayuda demasiado. De hecho, las medidas adoptadas por el Gobierno sólo apuntan a contener la miseria y el desempleo, pero no generan trabajo auténtico. De esto puede dar cuenta la diversa variedad de planes sociales que el Estado distribuye con descaro. Aquellos principios que hicieron grande a nuestro país, basados en el esfuerzo y el trabajo, ya no tienen cabida en la mente de una generación que entiende que tiene derecho a recibir un subsidio sin trabajar, (casi como si fuera un salario) y que, además, reclama como una obligación del Estado proveerle una vivienda digna y otros servicios sociales sin realizar ninguna contraprestación. No se trata aquí de poner en duda la legitimidad de los subsidios para ayudar a personas que no pueden procurarse ingresos por sus propios medios. Tampoco la necesidad (real en muchos casos) de instrumentar subsidios transitorios por desempleo o el uso de fondos públicos para afrontar emergencias. Esas son políticas habituales en el mundo y se fundan en criterios de solidaridad social básicos. Pero sí es real que la proliferación de los llamados planes sociales ha disparado de manera alarmante la cantidad de personas que opta por no trabajar y tampoco brindar una contraprestación por el dinero que reciben del Estado. Dinero que sale, eso sí, del bolsillo de los que sí trabajan y que pagan los impuestos.
Hay familias que juntando dos planes sociales con la asignación universal por hijo obtienen un ingreso mensual que les permite no buscar o incluso rechazar trabajos. Así, puede decirse que hay argentinos que no han visto trabajar a sus padres. Y, lo peor de todo, es que esta situación social negativa es, para muchos, una virtud: ya no hay deshonra en no trabajar. Algo que para nuestros abuelos era una vergüenza.
Amartya Sen, ganador del Premio Nobel de Economía, asegura que el bienestar humano consiste en desarrollar las capacidades y los talentos de las personas, no su capacidad adquisitiva. Entonces, es posible hablar de desarrollo cuando, las personas son capaces de hacer más cosas, de trabajar y de crear; no cuando son capaces de comprar más bienes o servicios.
Escuela y hogar
En este esquema, el sistema educativo tiene un rol fundamental. Hoy, en las escuelas, importa mucho que el chico no abandone los estudios. Por eso cada vez se exige menos y se permite más, lo que deriva en alumnos con bajo nivel y casi nula calificación profesional. Así, el mensaje parecería ser: no renuncies a nada, vive sin complicaciones y esquiva el trabajo. ¿Qué implica entonces la cultura del esfuerzo en una sociedad que apuesta tanto a la indulgencia? En primer lugar, supone un cambio de actitud. El Estado podría, por ejemplo, aprovechar la fuerza laboral de aquellos a quienes subsidia, para dar un mayor impulso a la obra pública. O tal vez comprometerlos en la conservación del espacio público como plazas y parques. Pero, ante todo, la cultura del esfuerzo debe transmitirse primero en el seno de la familia.
Hace un par de años, al final de un concierto en el teatro Alberdi, una mujer le dijo a un destacado violinista italiano que había actuado junto la Sinfónica: daría la vida por poder tocar como usted. Y el músico le contestó: señora, ¿qué cree que hice yo?
Hay familias que juntando dos planes sociales con la asignación universal por hijo obtienen un ingreso mensual que les permite no buscar o incluso rechazar trabajos. Así, puede decirse que hay argentinos que no han visto trabajar a sus padres. Y, lo peor de todo, es que esta situación social negativa es, para muchos, una virtud: ya no hay deshonra en no trabajar. Algo que para nuestros abuelos era una vergüenza.
Amartya Sen, ganador del Premio Nobel de Economía, asegura que el bienestar humano consiste en desarrollar las capacidades y los talentos de las personas, no su capacidad adquisitiva. Entonces, es posible hablar de desarrollo cuando, las personas son capaces de hacer más cosas, de trabajar y de crear; no cuando son capaces de comprar más bienes o servicios.
Escuela y hogar
En este esquema, el sistema educativo tiene un rol fundamental. Hoy, en las escuelas, importa mucho que el chico no abandone los estudios. Por eso cada vez se exige menos y se permite más, lo que deriva en alumnos con bajo nivel y casi nula calificación profesional. Así, el mensaje parecería ser: no renuncies a nada, vive sin complicaciones y esquiva el trabajo. ¿Qué implica entonces la cultura del esfuerzo en una sociedad que apuesta tanto a la indulgencia? En primer lugar, supone un cambio de actitud. El Estado podría, por ejemplo, aprovechar la fuerza laboral de aquellos a quienes subsidia, para dar un mayor impulso a la obra pública. O tal vez comprometerlos en la conservación del espacio público como plazas y parques. Pero, ante todo, la cultura del esfuerzo debe transmitirse primero en el seno de la familia.
Hace un par de años, al final de un concierto en el teatro Alberdi, una mujer le dijo a un destacado violinista italiano que había actuado junto la Sinfónica: daría la vida por poder tocar como usted. Y el músico le contestó: señora, ¿qué cree que hice yo?







