Semblanza de un dictador

Por Anne-Beatrice Classman, Columnista de DPA.

22 Febrero 2011
El coronel Muammar al Gaddafi no es sólo el líder africano que más tiempo lleva en el cargo, sino también el más estridente. Pero por más divertidas que resulten las jaimas (tienda de campaña) de colores que suele montar durante sus visitas de Estado, su régimen suele traducirse en cárcel y torturas para sus detractores.

Gaddafi es imprevisible y se considera a sí mismo infalible. Ya después de tomar el poder en 1969, el líder libio quería llevar su ideología "liberadora" a todo el mundo árabe, aunque la región prefirió ignorarlo.

Nadie quiso saber nada de su "régimen popular" islámico, así como tampoco de su plan de crear un Estado llamado "Israelina", donde debían convivir israelíes y palestinos.

Ya que Libia se le quedaba pequeña, el líder libio decidió después volcarse con el resto del continente africano, siempre dispuesto a oírlo gracias a sus generosas dádivas. Muchos libios, sin embargo, veían con recelo esas donaciones, que preferían ver invertidas en la mejora de sus propias condiciones de vida.

Gaddafi es considerado una persona neurótica y de exabruptos, que desconfía de casi todos y que prefiere fiarse casi exclusivamente de su propia familia. Con su política voluble y cargada de contradicciones llevó primero a Libia de la monarquía a la República popular, antes de convertir al país en una nación proscrita a nivel internacional con su apoyo a agrupaciones terroristas.

Sólo una constante parece haber en Libia desde que Gaddafi y los suyos derrocaran, en 1969, al rey Idris al Sanussi: el "hermano líder revolucionario", como se le llama, siempre tiene la razón.

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