09 Junio 2003 Seguir en 
Como lo hemos deplorado en múltiples ocasiones, la Municipalidad de San Miguel de Tucumán es un organismo que parece haber dejado de funcionar desde largo tiempo atrás. Ello ha dado alas a la manifestación de una de las inclinaciones más negativas del vecindario de nuestra capital. Nos referimos a su vocación por el uso indebido de la vía pública, que la inacción de la comuna facilita y hasta alienta.
El caso de los vendedores callejeros es, sin duda, el más impresionante. Estos ya han invadido completamente las peatonales, a las que otorgan un aspecto que nos hace retroceder muchos años y que degrada el centro de la ciudad. Erradicarlos de esa zona va a resultar, sin duda, muy trabajoso, si la Municipalidad -según todos esperamos- algún día vuelve a funcionar regularmente. Es del caso recordar que cuando en 1994 se logró reubicar a estos comerciantes en la ex Terminal y en el ex Mercado Persia -con ingentes gastos- hubo todo un conflicto jalonado por episodios violentos.
En su transcurso, los ambulantes invocaban insólitamente un supuesto derecho de ocupar la calle, y negaban al poder municipal la facultad de disponer a ese respecto. Ello que demuestra el extremo al cual puede llegar la distorsión de mentalidades acerca de normas básicas, cuando estas no se han aplicado durante mucho tiempo, o cuando se han aplicado con flojedad. Ahora se ha permitido el regreso a una situación que constituye, repetimos, el embrión de graves problemas en el inmediato futuro.
Pero con representar un aspecto notorio y alarmante de la situación caótica de la vía pública, el de los vendedores dista de ser el único. Nuestras veredas están cada día más llenas de motocicletas y bicicletas que sus dueños estacionan tranquilamente cuando llegan a sus trabajos, para retirarlas recién cuando estos terminan. En las peatonales se utilizan las columnas metálicas de las farolas o los soportes de los recipientes de basura para encadenar bicicletas en racimo. Durante años la autoridad municipal ha pasado por alto semejante modalidad, que obstruye el paso de las personas y agrega otra nota de desorden a los sectores teóricamente habilitados para el transeúnte.
Se ha hecho común, también, usar las veredas -y por supuesto las peatonales- para colocar carteles comerciales con su correspondiente pie, y el peatón debe efectuar rodeos para no tropezar con ellos. Es habitual asimismo que las mesas de confitería bloqueen de modo inadmisible el paso de la gente, al ocupar espacios cada vez más extendidos. Abunda igualmente, en las veredas, una serie de pequeños mostradores que se han ido instalando con propósitos comerciales y que agregan un nuevo estorbo para el paso.
Hasta la Municipalidad coopera con este desorden con las garitas de madera que colocó (Muñecas al 200, San Martín al 600) teóricamente para que desde allí se proporcione información. Nunca las retiró, a pesar de que hace años no las utiliza.
Se supone que las plazas de la ciudad son ámbitos peatonales, y sin embargo varias de ellas (la plaza Urquiza es un buen ejemplo) se han convertido en pista de patinaje y de ciclismo para niños y adolescentes. Esto crea, como lo hemos consignado sin éxito en varias ocasiones, un factor de riesgo nada desdeñable. Hay que tener presente que ciclistas y patinadores pueden atropellar (como varias veces ha ocurrido) a los cándidos peatones que creían posible circular por el interior de una plaza sin los peligros que acechan en la calzada.
En suma, resulta urgente que el Estado haga cumplir las normas que regulan el uso de la vía pública, y que en esta ciudad parecen haber dejado totalmente de existir. No puede demorar más tiempo la reversión del caos implantado en nuestras calles y veredas, que se utilizan sin otra pauta que el capricho.
El caso de los vendedores callejeros es, sin duda, el más impresionante. Estos ya han invadido completamente las peatonales, a las que otorgan un aspecto que nos hace retroceder muchos años y que degrada el centro de la ciudad. Erradicarlos de esa zona va a resultar, sin duda, muy trabajoso, si la Municipalidad -según todos esperamos- algún día vuelve a funcionar regularmente. Es del caso recordar que cuando en 1994 se logró reubicar a estos comerciantes en la ex Terminal y en el ex Mercado Persia -con ingentes gastos- hubo todo un conflicto jalonado por episodios violentos.
En su transcurso, los ambulantes invocaban insólitamente un supuesto derecho de ocupar la calle, y negaban al poder municipal la facultad de disponer a ese respecto. Ello que demuestra el extremo al cual puede llegar la distorsión de mentalidades acerca de normas básicas, cuando estas no se han aplicado durante mucho tiempo, o cuando se han aplicado con flojedad. Ahora se ha permitido el regreso a una situación que constituye, repetimos, el embrión de graves problemas en el inmediato futuro.
Pero con representar un aspecto notorio y alarmante de la situación caótica de la vía pública, el de los vendedores dista de ser el único. Nuestras veredas están cada día más llenas de motocicletas y bicicletas que sus dueños estacionan tranquilamente cuando llegan a sus trabajos, para retirarlas recién cuando estos terminan. En las peatonales se utilizan las columnas metálicas de las farolas o los soportes de los recipientes de basura para encadenar bicicletas en racimo. Durante años la autoridad municipal ha pasado por alto semejante modalidad, que obstruye el paso de las personas y agrega otra nota de desorden a los sectores teóricamente habilitados para el transeúnte.
Se ha hecho común, también, usar las veredas -y por supuesto las peatonales- para colocar carteles comerciales con su correspondiente pie, y el peatón debe efectuar rodeos para no tropezar con ellos. Es habitual asimismo que las mesas de confitería bloqueen de modo inadmisible el paso de la gente, al ocupar espacios cada vez más extendidos. Abunda igualmente, en las veredas, una serie de pequeños mostradores que se han ido instalando con propósitos comerciales y que agregan un nuevo estorbo para el paso.
Hasta la Municipalidad coopera con este desorden con las garitas de madera que colocó (Muñecas al 200, San Martín al 600) teóricamente para que desde allí se proporcione información. Nunca las retiró, a pesar de que hace años no las utiliza.
Se supone que las plazas de la ciudad son ámbitos peatonales, y sin embargo varias de ellas (la plaza Urquiza es un buen ejemplo) se han convertido en pista de patinaje y de ciclismo para niños y adolescentes. Esto crea, como lo hemos consignado sin éxito en varias ocasiones, un factor de riesgo nada desdeñable. Hay que tener presente que ciclistas y patinadores pueden atropellar (como varias veces ha ocurrido) a los cándidos peatones que creían posible circular por el interior de una plaza sin los peligros que acechan en la calzada.
En suma, resulta urgente que el Estado haga cumplir las normas que regulan el uso de la vía pública, y que en esta ciudad parecen haber dejado totalmente de existir. No puede demorar más tiempo la reversión del caos implantado en nuestras calles y veredas, que se utilizan sin otra pauta que el capricho.







