Sorprendente gesto de intolerancia

El diálogo debe primar por sobre todas las cosas en cuestiones de Estado.

07 Junio 2003
Recuperar la apertura del diálogo constructivo como herramienta fundamental de la democracia es, tal vez, la más importante acción puesta en práctica por el presidente de la República en el breve lapso transcurrido desde su asunción del gobierno. Ello y el amplio marco aplicado a la formación de su gabinete constituyen dos señales muy significativas para alentar la esperanza de que el país, sin perjuicio de la energía requerida, será conducido con amplitud de criterio y moderación frente a las circunstancias más difíciles. El doctor Néstor Kirchner ha encontrado hasta el momento un eco adecuado en la gran mayoría de los sectores que, por encima de sus diversidades, han sido consecuentes con su convocatoria a la tarea común de recuperar el sentimiento de unidad nacional.
Excepcionalmente, tan sólo en un caso, el de su audiencia con la Asociación de Madres de Plaza de Mayo, que encabeza Hebe de Bonafini, dejó testimonio de que en algunos rincones marginales de nuestra sociedad todavía perduran rencores de un tiempo aciago para los argentinos, cuando la intolerancia fue el gran combustible que arrasó con nuestra convivencia.
La expresión más cabal de ese testimonio fue la descalificación, por parte de la señora de Bonafini, del ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, doctor Gustavo Beliz, cuyo relevo solicitó al jefe del Estado, utilizando para ello injurias y agravios inmerecidos de inusitada gravedad. Como rastro de un odio que le es muy difícil abandonar, la visitante del Presidente reiteró ese estilo agresor de las creencias ajenas imputando al ministro actitudes y posiciones que, más allá de las diferencias que cada cual puede expresar en una comunidad democrática, nada tienen que ver con la realidad.
El doctor Beliz ha sido y es un militante muy activo en las causas de la sociedad libre, de lo cual ha dejado testimonios suficientes y reconocidos. Su agresora, por lo contrario, pareció beneficiarse de que la democracia, a la que es muy resistente, sea el único sistema político que puede ser criticado sin el riesgo de terminar presa, aunque se trate del despacho presidencial. El largo tiempo transcurrido desde que el país perdió el rumbo que lo condujo a la crisis más compleja, la de su convivencia, ha demostrado cuán difícil es poner fin a la intolerancia, si la voluntad de quienes la padecen como estilo de relación no se esfuerza para superarlo. El oscuro inventario de testimonios que los argentinos hemos llegado a reunir debería ser más que suficiente para advertir que los actos como el de la señora de Bonafini no son sino alientos de nuevos odios y, en definitiva, señales de autodestrucción espiritual que hacen de las relaciones humanas una confrontación de pasiones.
La historia de la República es, por cierto, un relato agitado, donde muchas veces las diferencias trataron de resolverse mediante la sangre, pero -como acaba de acontecer durante la crisis que llega a su fin- han sido más poderosos los sentimientos colectivos capaces de imponerse a las pretensiones de los extremismos.
Por lo demás, exigir a un gobernante constitucional que acaba de asumir y convoca a un diálogo con la amplitud demostrada que cambie a un ministro, apelando al agravio de sus creencias, es un hecho inconsistente para una sociedad democrática, en la cual su autora parece sentirse incómoda.
Hay muchas cosas importantes por resolver en el país con la responsabilidad y buena voluntad de todos. También otras cuya superación depende exclusivamente de quienes todavía las sobrellevan, como es la intolerancia, donde el odio siempre halla espíritu fértil.

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