BUENOS AIRES.- Fue una primera semana agitada para el presidente Néstor Kirchner. Alejado de las emociones de la asunción, de los visitantes ilustres y de la pompa, el jefe de Estado comenzó a delinear sus acciones de gobierno, con ritmo propio, características particulares y riesgos visibles. Ansioso por mostrar que es el "nuevo presidente" de los argentinos, Kirchner pareció caer prematuramente en un error: la sobreactuación.Si es el primer mandatario y en él reside el poder, ¿por qué decir o pretender mostrar todo el tiempo que el Presidente es quien manda? ¿Por qué abandonar la prudencia de "preservar" su investidura para salir a responderle a un ex jefe militar, advertir innecesariamente en tono de amenaza a quienes -supuestamente- "no les gusta" lo que se viene o abrir de un plumazo más frentes que los heredados de la gestión Duhalde?
Sólo el cúmulo de adrenalina, la convicción, el empuje, las ganas de cambiar una Argentina que no gusta y, ciertamente, una cierta dosis de ingenuidad política podrían ser los motores de los sobreactuados movimientos en los primeros siete días de gobierno. A punto tal de haber influido en hombres inmutables como Roberto Lavagna. Un funcionario que, de seguir como hasta ahora, en menos de un mes habrá duplicado las apariciones que hizo durante su anterior gestión, signada por maniobras precisas y el bajo perfil.
Seguramente, con el correr de los días, Kirchner comprenderá que fue ungido para gobernar por cuatro años y siete meses a la Argentina; que su función no es abordar un avión para rubricar cuanto conflicto se soluciona y que existen, subordinados a él, ministros y secretarios con el rol de proteger al flamante Presidente.
Cúpula descabezada
Tras un discurso prolijo, claro, abarcativo y preciso ante la Asamblea Legislativa, Kirchner mutó durante esta semana palabras por hechos. Pero, con exceso de celo, puso su firma rápidamente sobre un decreto tan dentro de sus facultades, como polémico y, tal vez, innecesariamente ágil. Con él, descabezó la cúpula de las Fuerzas Armadas y abrió un potencial foco de conflicto, a menos de 48 horas de recibir la banda y el bastón. La purga castrense despertó sorpresa no sólo en los ámbitos castrense y político, sino también en varios agregados militares extranjeros, por la falta de previsión.
Nadie niega al comandante en jefe de las FF.AA. su facultad de realizar los cambios que crea convenientes en el terreno militar. Sin embargo, sí vale preguntarse sobre la urgencia u oportunidad de esos cambios. ¿Era necesario descabezar a las cúpulas militares como primera medida de gobierno? ¿No había motivos más urgentes? Por caso, cabe recordar que "Lula", en Brasil, no dudó en poner en marcha, desde su primer minuto de gobierno, el plan "hambre cero" para garantizarles a los brasileños, al menos dos comidas. Ni reparó en los militares en sus primeras horas de gobierno.Es deseable que la ansiedad no confunda a Kirchner. Que su vocación de mostrarse fuerte no lo coloque en situaciones de riesgo y que, lejos de aislarse para ponerle rumbo al barco, abra un generoso juego y un productivo diálogo del que surjan indelebles políticas de Estado.
Más allá de los innecesarios cruces con Brinzoni -quien de manera arrogante e irresponsable sacó a relucir algunos de los criticables tics militares del pasado-, Kirchner y sus ministros marcaron territorio. Reforzó conceptos de su discurso ante la Asamblea; reiteró que "otro país se viene"; abrió la mano hacia las Pyme y los maestros para cerrar el conflicto en Entre Ríos; dio muestras de querer encarnar un gobierno federal e hizo pasar por su escritorio todas aquellas carpetas de temas que, de ninguna manera, va a delegar.
Varios de sus colaboradores, en tanto, dieron señales de que la renovación de los miembros de la Corte es un objetivo de Kirchner. Y no ocultaron esa determinación. Varios ministros y secretarios de Estado hablaron -¿con imprudencia?- del tema. Y volvieron a agitar las aguas de una Corte que debe ser oxigenada, pero con el mecanismo de recambio posible: el juicio político.
Mucha polvareda
Inesperadamente, en tanto, pequeñas internas parecen despuntar ya en el seno del Gobierno. Lavagna y Julio de Vido comenzaron a contarse las costillas. Kirchner quiere a su lado a Lavagna porque sabe que le da previsibilidad a su gestión. Pero también quiere que De Vido maneje temas que hasta ahora habían estado reservados a Economía. A esa incipiente carrera por sumar poder, se le agregó un condimento impensado: Alfonso Prat Gay, quien -¿ingenuamente?- abrió la boca justo en uno de los peores momentos. "Es un disparate" la vocación de Kirchner de tener el dólar a $ 3, disparó suelto de lengua. Después pidió perdón pero parece no haber alcanzado.
Lejos de las peleas internas, pero cerca de los focos de conflicto, el Gobierno también dio señales a las privatizadas a través del ministro De Vido. "No aumentarán las tarifas en el corto plazo. El Estado primero tiene que velar por la seguridad jurídica de los usuarios", fue su mensaje. Y, como si fuera poco, junto con Lavagna anunció que no se renovarán automáticamente los contratos con las empresas de peaje que habían pedido una prórroga, sino que se licitarán. Algo parecido pasará con los trenes.
Mucha polvareda en pocos días. Muchos frentes abiertos en pocas jornadas para un gobierno ya presionado por la herencia de la crisis económico social y las prematuras advertencias del FMI, a quien Lavagna pidió "comprensión". El cúmulo de dichos y hechos provocó reacciones reservadas en algunas legaciones diplomáticas. Más allá de las percepciones locales o internacionales, el Presidente parece tener claro el rumbo. Pero, para llegar a buen puerto, siempre es necesario elegir el camino correcto. (DyN)







