La noche del jueves último, se formalizó la entrega en préstamo, al Museo de la Casa Histórica de la Independencia, de los muebles que en la segunda mitad del siglo XIX engalanaban la casa del tucumano Pedro Alurralde en San Nicolás de los Arroyos. Casa donde, como es sabido, quedó firmado el "acuerdo" de gobernadores de 1852 que posibilitó, al año siguiente, que se reunieran diputados de las provincias y sancionasen la Constitución nacional.
El juego de magníficos sillones de sala fue conservado impecable por el doctor Camilo Soaje (bisnieto de don Pedro) y su señora Raquel Frías, en su residencia de esta ciudad. Fallecidos ambos, su hijo dispuso esta cesión, que ojalá se convierta en definitiva, a la Casa Histórica. Inteligente y acertado criterio. Nadie discute hoy que el mejor destino que puede dar a los elementos históricos su poseedor (descontando que tenga sensibilidad y respeto por el pasado) es destinarlos a los museos. De ese modo el público puede verlos y valorarlos, con lo cual se fortalece la identidad nacional, se preserva el patrimonio y se posibilitan investigaciones de estudiosos que no hubieran sido posibles de otra manera.
Es verdad que muchas veces los propietarios de estos objetos son remisos a cederlos, por las escasas garantías que ofrecen los museos argentinos. Pero el reparo de ninguna manera podría aplicarse a la Casa Histórica. Es un centro singularizado en el país por el cuidado que dispensa a sus colecciones y el modo en que las exhibe. De manera que, en síntesis, no han podido tener mejor ubicación los muebles de Alurralde, que se exhiben al público en una nueva sala, dedicada a testimonios de la Organización Nacional.
Sabemos que se está trabajando en un rediseño integral del Museo, para lo cual su dirección ha requerido las opiniones de especialistas. Pensamos que dentro de ese rediseño debieran entrar algunas urgentes correcciones.
En primer lugar, el inmediato retiro de los maniquíes que para semejar a los congresales se colocaron intempestivamente en julio de 2001, en el Salón de la Jura. A nuestro criterio chocan tanto con el buen gusto y con la exactitud histórica, como con el respeto que se ha dispensado siempre a ese ámbito. Es el escenario de la famosa declaración y único, de todo el edificio, que pertenece a la construcción original del siglo XVIII.
Hablamos del buen gusto. No puede decirse que tengan jerarquía representativa alguna esos muñecos, de factura peor a la de los utilizados en cualquier casa de comercio, y con vestimenta caprichosa. Están calzados con una especie de mocasines, y uno de ellos -por ejemplo- porta un atuendo que más evoca a Sherlock Holmes que a un congresal de 1816. Eso para no hablar de su inexactitud: el número de los diputados era mayor que el representado por estas figuras, y era mucho mayor también el número de eclesiásticos. Hablamos del respeto. Desde que los tucumanos -y los argentinos- dieron carácter de monumento a la casa, esta sala se conservó vacía y era lo que le daba imponencia. Fuera del mobiliario del estrado y de los cuadros, nunca se puso nada en su interior. Así la han conocido varias generaciones y así debiera quedar, al margen de injertos dispuestos caprichosamente desde Buenos Aires.
No es el único problema del Salón de la Jura, lamentablemente. Hace pocos días, Santiago del Estero donó un retrato del presbítero Pedro León Gallo. En nada se parece al difundido rostro del prócer que, desde hace décadas, ilustra las publicaciones sobre el Congreso. Sería deseable saber la fuente de esta nueva representación, que a simple vista parece de confección infantil. Y también debió haberse cuidado que el marco y la orla o "passepartout" de la efigie fueran iguales a los de los otros.
01 Junio 2003 Seguir en 
Por Carlos Páez de la Torre (h)







