10 Diciembre 2010 Seguir en 
Cada cual tiene sus métodos para contrarrestar los robos. Y César Hernández ideó un sistema bastante singular. A cada uno de los 1.700 billetes de $ 100 que tenía guardados en un armario de su casa, el profesor de Informática les cortó uno de los ángulos. "Pasa que hace unos cinco años, cuando me robaron, la Policía encontró parte de la plata, pero no se pudo demostrar que era mía porque no había nada que la identifique. Y bueno, uno de los oficiales me dio la idea", cuenta Hernández.
Ahora, por desgracia para el docente, se sabrá si su mecanismo es válido o sólo perdió tiempo con las tijeras y los papeles. Claro que, para hacer esta comprobación, los investigadores deberán encontrar primero a los tres delincuentes que le sustrajeron el dinero.
Hernández no podría jactarse de ser metódico si no tuviera una rutina marcada. Cada mañana, a las 8.30, colegas suyos lo pasan a buscar por su casa de calle Lavalle al 1.300. Antes de las 9, comienza a dictar clases en una cooperativa de calle Laprida al 300.
Allí estaba el martes, en plena lección, cuando desde la secretaría le avisaron que tenía un llamado urgente. "Era Marcela, la chica que trabaja en mi casa. Estaba muy agitada, y me decía que tres tipos habían entrado a robar. Yo me fui en el acto, porque no sabía si los hombres seguían ahí", narró Hernández. Cuando abrió la puerta y se encontró con Marcela en el patio. "Me contó que los hombres se habían metido por el fondo, que la habían atado con unas franelas y le decían: ?decí dónde está la plata o te vamos a violar?", señaló el docente. Y agregó que los delincuentes tenían datos más que precisos. "Eligieron el lugar por donde meterse: entraron a la casa vecina, que está deshabitada y en venta, pusieron una escalera contra la pared y pisaron en un aire acondicionado para poder llegar a mi fondo", dijo.
"El único lugar que desordenaron fue mi dormitorio. Ya sabían dónde guardaba la plata", aventuró. Al ver que los $ 170.000 habían desaparecido de su ropero, Hernández sintió que se desvanecía. "Yo estoy a cargo de la cooperativa, y ese dinero lo teníamos guardado para afrontar los gastos de diciembre, enero, febrero y parte de marzo, que es cuando menos ingresos tenemos. Lógicamente, los gastos fijos, como sueldos y alquiler, se hacen igual", dijo.
El docente trata de basar sus conjeturas con datos racionales. Desde el robo que sufrió en 2005 ("me llevaron unos $ 25.000"), comenzó a instruirse en el mundo de los investigadores. Por ejemplo, realizó cursos de dactiloscopia (es decir, el estudio de las impresiones digitales) y se preocupó por conocer cómo trabajan los ladrones.
"La vez pasada no pude recuperar mi dinero. Esta vez, espero que la Policía encuentre a quienes me robaron. Creo que hay varias pistas. Incluso, voy a llevar a Criminalística dos cajas que tienen huellas digitales de los ladrones y no fueron peritadas", destacó.
Y, por las dudas, Hernández tuvo la precaución de "marcar" sus billetes. "Esta vez, si aparece el dinero, se sabrá que lo robaron de acá", aseveró con confianza.
Ahora, por desgracia para el docente, se sabrá si su mecanismo es válido o sólo perdió tiempo con las tijeras y los papeles. Claro que, para hacer esta comprobación, los investigadores deberán encontrar primero a los tres delincuentes que le sustrajeron el dinero.
Hernández no podría jactarse de ser metódico si no tuviera una rutina marcada. Cada mañana, a las 8.30, colegas suyos lo pasan a buscar por su casa de calle Lavalle al 1.300. Antes de las 9, comienza a dictar clases en una cooperativa de calle Laprida al 300.
Allí estaba el martes, en plena lección, cuando desde la secretaría le avisaron que tenía un llamado urgente. "Era Marcela, la chica que trabaja en mi casa. Estaba muy agitada, y me decía que tres tipos habían entrado a robar. Yo me fui en el acto, porque no sabía si los hombres seguían ahí", narró Hernández. Cuando abrió la puerta y se encontró con Marcela en el patio. "Me contó que los hombres se habían metido por el fondo, que la habían atado con unas franelas y le decían: ?decí dónde está la plata o te vamos a violar?", señaló el docente. Y agregó que los delincuentes tenían datos más que precisos. "Eligieron el lugar por donde meterse: entraron a la casa vecina, que está deshabitada y en venta, pusieron una escalera contra la pared y pisaron en un aire acondicionado para poder llegar a mi fondo", dijo.
"El único lugar que desordenaron fue mi dormitorio. Ya sabían dónde guardaba la plata", aventuró. Al ver que los $ 170.000 habían desaparecido de su ropero, Hernández sintió que se desvanecía. "Yo estoy a cargo de la cooperativa, y ese dinero lo teníamos guardado para afrontar los gastos de diciembre, enero, febrero y parte de marzo, que es cuando menos ingresos tenemos. Lógicamente, los gastos fijos, como sueldos y alquiler, se hacen igual", dijo.
El docente trata de basar sus conjeturas con datos racionales. Desde el robo que sufrió en 2005 ("me llevaron unos $ 25.000"), comenzó a instruirse en el mundo de los investigadores. Por ejemplo, realizó cursos de dactiloscopia (es decir, el estudio de las impresiones digitales) y se preocupó por conocer cómo trabajan los ladrones.
"La vez pasada no pude recuperar mi dinero. Esta vez, espero que la Policía encuentre a quienes me robaron. Creo que hay varias pistas. Incluso, voy a llevar a Criminalística dos cajas que tienen huellas digitales de los ladrones y no fueron peritadas", destacó.
Y, por las dudas, Hernández tuvo la precaución de "marcar" sus billetes. "Esta vez, si aparece el dinero, se sabrá que lo robaron de acá", aseveró con confianza.
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