Corría el año 99. Moría el verano; el otoño empezaba a nacer. La dirigencia política que ocupaba cargos públicos se inquietaba. Los comicios se acercaban sin la reelección -porque no había habido reforma constitucional-; el recambio de autoridades estaba cerca. Había que pensar en los que debían heredar las parcelas de poder que habían acumulado en esos años de ejercicio del cargo.
Es que el poder enamora y obnubila. Quienes se aferran a él sólo piensan en cómo conservarlo. Y esa pasión, en principio, no se transfiere. "El poder no se comparte con nadie, ni con el hijo", dijo ese año a este columnista el ex gobernador Antonio Bussi. Su hijo Ricardo aspiraba entonces a heredar su sillón. Pero el sueño de permanencia de los Bussi se frustró en la noche que no estuvieron en vigilia. Cuatro años después, Bussi (h) vuelve a soñar con llegar al gobierno. Hace pocos días este columnista le recordó aquella frase de su padre. "El poder tampoco se comparte con el padre", replicó sonriendo.
¡No hay que dejarlo escapar!; ¡es mío, es nuestro! Esos espacios ganados a costa de resignar -a veces- convicciones, no se pueden rifar. Hay que transferirlos, compartirlos, pero con alguien de confianza. Sólo puede ser un familiar: el hijo, la hija, la esposa o el esposo. El otoño del 99 desgajaba hojas, pero no ambiciones. Y no había reelección. ¡La banca tenía que ser para un familiar!
"Te buscan a vos, querida", dijo ese año el parlamentario que estaba en el final de su mandato. En ese momento, la candidata era su esposa quien heredaría el poder acumulado, ese que no debía dejarse escapar. El poder seduce y los que lo huelen perciben dónde está. Ahora la gente la buscaba a ella, la que iba a ser la dueña, no al que lo perdía. La historia tiene nombres y apellidos, pero no hace falta conocerlos. Hoy, la historia se repite porque sigue sin haber reelección, y porque al poder no se lo puede perder después de haberlo disfrutado.
No es malo si la familia tiene historia política, militante -como le gusta decir a Gumersindo Parajón-; si los kilates de uno u otro son los suficientes como para que peleen con brillo propio, y no a la sombra del cónyuge, de la pareja o de los padres. No es que haya que llevar el apellido Kirchner, pero por lo menos que tengan idoneidad y no que hereden las bancas porque han puesto $ 200.000 para la campaña.
Esta ambición y la transferencia de las mieles del cargo seguramente son factores a considerar a la hora de hablar de los orígenes de la crisis de Tucumán. La escasa credibilidad en la clase política indica que hay una crisis dirigencial y una grave falla en los métodos.
La culpa la tiene ese imán que es el poder. La gente lo olfatea, sabe dónde puede instalarse en el próximo mandato y trata de cobijarse en quien cree que es el delfín o el heredero. En Fuerza Republicana el poder lo tiene el padre, y se puede transferir al hijo. Dependerá del resultado, pero el apellido será el mismo.
En el caso del oficialismo los nombres son distintos. El jefe que se va es Julio Miranda y el que se quiere asomar es José Alperovich. El poder se va desplazando naturalmente, y los que tienen años en este juego de moverse bajo el paraguas de los poderosos también pendulan. Debilitan a uno y fortalecen a otro. Los protagonistas no desconocen esa fatídica realidad y cada cual trata de pararse lo mejor posible para el tiempo que se viene.
Ayer se rumoreaba que Alperovich ya ha comenzó a digitar nombres en algunos puestos clave del gobierno, para tomar las riendas de la gestión detrás de bambalinas. No sólo para conocer efectivamente lo que sucede en el PE sino para poner toda la estructura del Estado tras su postulación. Ya se habló también de desplazamientos en entes autárquicos, donde hay amigos y enemigos.
28 Mayo 2003 Seguir en 
Por Juan Manuel Asis







