La recuperación institucional

Kirchner destacó en su discurso la importancia del espíritu constitucional, así como la seguridad y el orden jurídicos.

28 Mayo 2003
En ninguno de los mensajes de asunción presidencial desde la restauración democrática, hace veinte años, ha estado tan presente como en el de Néstor Kirchner la reivindicación del espíritu constitucional, así como de la seguridad y el orden jurídicos. De tal forma que los compromisos fundamentales asumidos en el discurso quedaron supeditados a esa virtuosa condición, verdadero eje del pensamiento expuesto y merecedora de más menciones que ninguna otra cuestión. El testimonio es un dato muy revelador de que las preocupaciones en el poder político deberán tener en el futuro un marco referencial predominantemente institucional, donde el Estado, realmente, deberá constituir ni más ni menos que la organización jurídica de la Nación. "Somos conscientes de que ninguna de esas reformas será productiva ni duradera si no creamos las condiciones para generar un incremento de la calidad institucional", señaló el Presidente como condicionante de sus compromisos. Esa calidad, agregó, "supone el pleno apego a las normas, en una Argentina que, por momentos, aparece ante el mundo como un lugar donde la violación de las leyes no tiene castigo legal ni social". El juicio, fatalmente, no sólo apunta al período cercano en que el desconocimiento del orden jurídico se convirtió en recurso del poder político para tratar de eludir la crisis, sino a un proceso histórico prolongado, en el que la propia sociedad asumió su parte en una suerte de autodefensa frente al Estado arbitrario. Es por ello que el mensaje a la Nación, al insistir en la necesidad de una tarea conjunta de los poderes públicos, incluye a la sociedad, pues de ella -se afirma- provienen los ciudadanos y ciudadanas que integran las instituciones públicas y privadas. Esa insistencia presidencial en el armazón institucional con que se sostiene la República, tiene una estrecha relación con el mal más corrosivo que la amenaza; es decir, la corrupción y la impunidad que no sólo dilapidaron recursos y bloquearon la movilidad social, sino que afectaron gravemente costumbres y estilos de convivencia propios de nuestra identidad. "Queremos ser la generación de argentinos que reinstale la movilidad social ascendente, pero que también promueva el cambio cultural y moral que implique el respeto a las normas y a las leyes", resume el mensaje, cuya idea central, la depuración del sistema, no ha ocupado en la generalidad de los comentarios, el espacio que merece. Ese proyecto fundamental de devolver a la Nación la confianza en su destino es, seguramente, el más ambicioso y, por ello, el más complejo, pues el consenso requerido por su ejecución supera largamente la necesaria depuración de la acción política pública para alcanzar a toda la sociedad, víctima y también corresponsable de los propios errores. El planteamiento es correcto y bienvenido, pero es condición de su ejecución la firmeza y la moderación del viejo aforismo romano. "Utilizaremos los instrumentos que la Constitución y las leyes contemplan para construir y expresar la voluntad popular", dijo en el mismo orden de inquietudes el Presidente, aludiendo así al recurso de la consulta popular -prevista en el artículo 40 de la Ley Suprema- ante eventuales resistencias parlamentarias. Ese eje del mensaje debe relacionarse con la llamativa omisión del compromiso partidario, al cual no dedicó mención alguna el primer mandatario, como tampoco a sus míticos caudillos y consignas habituales. Debe interpretarse que el doctor Kirchner, más allá del sentimiento militante justicialista, ha tratado de marcar así su inexcusable deber de gobernar para todos, sin recurrencias o compromisos parcializadores, pues se trata, como reiteró, de "reconciliar a la política, a las instituciones y al gobierno con la sociedad".

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