Política y bien común

Monseñor Chávez expresó que se ha transformado en "una lucha por espacios de poder".

27 Mayo 2003
Es frecuente que en la ceremonia religiosa con la que se conmemora tradicionalmente las fechas patrias, el oficiante proponga reflexiones, en las cuales se expresen los reclamos y urgencias de la sociedad. Ocurre así tanto en la capital de la República como en la inmensa mayoría de las ciudades del país, incluyendo por cierto a Tucumán.
Conviene que así sea. De ese modo, la celebración patriótica sirve tanto para exaltar una herencia de ideales que todos declaramos valorar y compartir, como para examinar en qué medida quienes conducen al Estado o influyen sobre este actúan en consonancia con ese legado. En el Te Deum del 25 de mayo, monseñor José Melitón Chávez quiso enfocar su homilía en un rubro que no puede ser más actual, en el marco de la asunción de un nuevo presidente y a tan pocos días de elecciones provinciales: la política. Expresó que ella se ha desnaturalizado. Debía ser "alta expresión de la caridad hacia el prójimo", no en forma de "limosna humillante" sino de un "compartir fraterno". Y en cambio -afirmó-, se ha transformado en "una lucha por espacios de poder, en la que es difícil encontrar a alguien verdaderamente interesado por el bien de sus hermanos".
Dijo que era urgente darle otra dirección. Preconizó "una política educativa y socioeconómica que revierta eficazmente el dinamismo de la pobreza creciente", y que otorgue prioridad a la educación y al trabajo, por encima de la dádiva y del clientelismo. Hizo votos para que se instale el propósito de "recrear la voluntad de ser Nación, fundada en la verdad y en la búsqueda del bien común".
Nadie podría negar que asiste razón al prelado en sus afirmaciones. La política adecuadamente comprendida no es sino la búsqueda del bien común. Tal debiera ser el supremo propósito de quienes se mueven en ese universo que rodea al manejo de los asuntos públicos. Porque, como se lo ha expresado reiteradamente, es la búsqueda del bien común lo que justifica, en última instancia, la existencia del Estado. Si esa noción se esfuma o desaparece, se afloja y se erosiona también, inevitablemente, el vínculo existente entre los gobernantes y los gobernados.
No es una novedad decir que la razón clave del desprestigio en que han caído las instituciones estatales y toda la denominada "clase política" reside, precisamente, en que hace mucho que la ciudadanía ha dejado de percibir que el bien común se halle nítidamente instalado en el horizonte de sus actitudes. Por el contrario, lo que percibe con mayor nitidez es la lucha desenfrenada por el poder y sus comodidades, así como esa alarmante falta de probidad en el manejo de los fondos públicos que denominamos genéricamente corrupción.
Parece evidente la urgencia de operar un profundo cambio en la política. Frente a la realidad de un país azotado por dramáticas situaciones de desempleo, de pobreza, de desatención de la salud y de la educación, sería obrar contra la historia seguir entendiendo todo el trajín de gobiernos, de partidos políticos y de comicios como simples expresiones del ansia de llegar al poder o de seguir manteniéndose en él.
La sociedad argentina ha hecho oír de modo contundente, en estos últimos tiempos, su voluntad de un cambio profundo en la manera de hacer política y consecuentemente en la de gobernar. Ha dejado suficientemente claro su repudio a la modalidad tradicional con que se han manejado estos tan delicados terrenos. Quiere vivir en la democracia, pero quiere que el sistema democrático esté dirigido, en su integridad, a lograr el bien común de la sociedad por encima del provecho personal o sectorial. Ha llegado el momento de dedicarse a esa gran tarea. En tal sentido, las reflexiones del Tedéum del domingo contienen una apelación oportuna, en torno de la cual sería deseable y conveniente una sincera reflexión.

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