Muchos analistas sostienen que las pocas chances que Carlos Menem tenía en el finalmente frustrado ballottage comenzaron a evaporarse cuando se cerró la votación de la primera vuelta. Después de las 18 de aquel 27 de abril, la televisión mostró cómo, ante la posibilidad -aún remota- de un regreso del riojano, ya se encontraba agazapada la Argentina de los ganadores de la década de los 90 y de la fiesta primermundista, que celebraba el acceso a la supuesta modernidad de la pizza con champán. En un hotel del centro porteño, empresarios, boxeadores y personajes de la farándula se congregaron para decirle a Menem que estaban prestos para, nuevamente, llenar la escena nacional de exultación, desparpajo y falta de moderación. Del otro lado, millones de argentinos -los perdedores e incluso quienes festejaban los triunfos menemistas pero de forma vergonzosa- empezaban a saber que, por esa vía, sólo los esperaba más de lo mismo. Durante la campaña, tibiamente, el ex presidente -más porque lo pedían las encuestas que por convicción- prometió que no cometería los errores del pasado, pero nunca se explayó acerca de cuáles habían sido. Más bien se preocupaba por recordar lo bien que se vivía en el Primer Mundo con el peso en imaginaria paridad con el dólar. Vivía de la nostalgia de aquellos días en que su estilo (una mezcla de audacia, pragmatismo, omnipotencia y confianza ciega en sí mismo, más que en los resortes del estado de derecho) impregnaba todos los quehaceres (hasta la oposición se preocupó en un momento por inventar un Menem rubio, y luego un desafortunado presidente que, a cada rato, se veía obligado a confesar que no era aburrido). Los argentinos, no obstante, le dijeron -él, más bien, no les dio tiempo a que se lo dijeran- que querían otra cosa: sobriedad. Y que se fuera, claro.
Cuando Bill Clinton asumió la presidencia de Estados Unidos, más que hablar de sus atributos personales, les recordó a los norteamericanos que debían estar agradecidos porque podían asistir -una vez más- al misterio de la renovación democrática de ese país. Subrayaba lo del misterio para darle a la institucionalidad estadounidense un carácter casi sagrado, propio de una religión cívica. Néstor Kirchner jura hoy. Dice que no hará grandes anuncios (léase revolución productiva, salariazo o pulverizar la desocupación); que no habrá cambios bruscos (léase paquetazos típicos de quienes pretenden ceñir la dinámica realidad con decretos y corralitos bajo la excusa de la necesidad y la urgencia) y, sobre todo, que no construirá castillos en el aire, sino que gobernará día a día. En otras palabras, promete normalidad, previsibilidad y un estilo personal y familiar más próximo al de quienes miran la televisión que al de quienes, por los escándalos, aparecen en ella. La oposición, ya por la izquierda del centro, ya por la derecha de ese ancho centro, también asegura que actuará con sensatez. Lilita Carrió hizo de la austeridad y de la sencillez su fuerte y López Murphy perjura que, por primera vez, la Argentina contará con un espacio liberal en serio, que muera con las instituciones y que no esté dispuesto a enterrarlas con tal de que se aplique un par de medidas económicas de libre cambio. Más difícil está la situación para el radicalismo, otrora núcleo en el que convivían -no siempre de la mejor manera, por cierto- las pulsiones que hoy expresan Carrió y López Murphy.
Mágicamente, las cosas no serán mejores desde mañana. Los problemas seguirán intactos: la deuda externa y la pública; las extorsiones de los particulares (llámense empresarios o piqueteros); el portentoso desempleo; el desánimo de los jóvenes y sus ganas de irse; los niños que se mueren de hambre; la corrupción o los miles de sublemas que demuestran que la política es vista como una salida laboral o como un negocio. Sin embargo, una corriente de sobriedad avanza a lo lejos. Aún es tímida, pero ya se oye. De todos depende que se convierta en una correntada o que se seque.
25 Mayo 2003 Seguir en 
Por Federico Abel







