25 Mayo 2003 Seguir en 
El nuevo presidente de la Nación, Néstor Kirchner, prestará hoy juramento a su cargo y asumirá el Gobierno. Pondrá fin al lapso de transición provocado por la renuncia de Fernando de la Rúa, con causa en una de las más severas crisis de gobernabilidad que afectaron a la República. Con ello se habrá normalizado la situación institucional del país, mas no quedará resuelta su compleja y múltiple problemática económica y social, donde la recuperación de la confianza en la política y sus ejecutores es condición esencial. El jefe del Estado dirigirá, tras asumir su investidura, un mensaje al país ante la Asamblea Legislativa del Congreso, donde anunciará las líneas y capítulos fundamentales de su gestión, para tomar posteriormente juramento, en la Casa Rosada, a los ministros del Poder Ejecutivo. Superados los momentos de una dura campaña electoral oscurecida por las dificultades internas del partido oficialista y con escasas precisiones programáticas para el futuro, el de hoy deberá ser un mensaje despojado de promesas fáciles y con advertencias sobre el complejo rumbo a tomar para la recuperación argentina. En ese sentido, debe señalarse que la gestión del gobierno tendrá que transcurrir en un angosto proceso jalonado por severas urgencias sociales y la reconstrucción de la economía, con un firme marco de seguridad jurídica que asegure la estabilidad de las decisiones.
Tan severo condicionamiento de la gestión del doctor Kirchner incluye desprenderse de herencias del pasado, nutridas de ideologías retóricas y actitudes confrontativas que envilecieron las relaciones políticas en que se funda la sociedad democrática.
Solamente así podrá alcanzarse el espacio necesario para un consenso imprescindible, no sólo en el partido oficialista, sino entre todas las corrientes de pensamiento que comparten la identidad nacional definida en la Constitución. No es esa, por cierto, tarea de corto plazo ni, mucho menos, sencilla, pues nuestra comunidad quedó sometida durante largo tiempo a una sucesión de fracturas, donde la lucha por los intereses sectoriales e individuales pospuso el sentimiento del bien común que enriquece y asegura todo proyecto de porvenir. Con razón, durante los recientes días, el presidente electo ha estado advirtiendo que no deben esperarse soluciones rápidas para viejos problemas. Y que, mientras estos se resuelvan, se deberá seguir con las medidas de emergencia para el corto plazo que atienden requerimientos sociales de subsistencia, si bien algunas de ellas, como los subsidios sin retribución laboral, suscitan severos reparos.
Un capítulo esencial del mensaje a la Nación será seguramente el destinado a la orientación económica, cuyas líneas fundamentales fueron anticipadas ante la continuidad del ministro Roberto Lavagna. En muy pocas ocasiones como la actual ese tema estuvo tan vinculado a la política exterior, por dos razones fundamentales: la globalidad ineludible en que se desenvuelve la comunidad internacional y el desmedido endeudamiento sin precedentes, con declaración de insolvencia, que ha colocado a la República en incierta cuarentena. Trabado en muchas de sus decisiones soberanas, el país debe negociarlas en el estrecho margen que le plantean su autonomía y la satisfacción de intereses donde las inversiones externas constituyen parte sustancial de la realidad económica. Los acuerdos sin mengua de la dignidad nacional, son en ese punto tan complejos como los consensos internos para lograrlos. Es por ello que el discurso político debe abandonar su pasatismo anacrónico y destructor, y asumir la realidad de un mundo diferente. Debe poner por delante los intereses de la Nación y no una supuesta dignidad avasallada por estilos y comportamientos que nuestra sociedad reprocha a sus dirigencias políticas. En esto, quien hoy asume la suprema magistratura debe ser modelo de voluntad conciliadora e interpretar fielmente los deberes que la ciudadanía le demanda.
Tan severo condicionamiento de la gestión del doctor Kirchner incluye desprenderse de herencias del pasado, nutridas de ideologías retóricas y actitudes confrontativas que envilecieron las relaciones políticas en que se funda la sociedad democrática.
Solamente así podrá alcanzarse el espacio necesario para un consenso imprescindible, no sólo en el partido oficialista, sino entre todas las corrientes de pensamiento que comparten la identidad nacional definida en la Constitución. No es esa, por cierto, tarea de corto plazo ni, mucho menos, sencilla, pues nuestra comunidad quedó sometida durante largo tiempo a una sucesión de fracturas, donde la lucha por los intereses sectoriales e individuales pospuso el sentimiento del bien común que enriquece y asegura todo proyecto de porvenir. Con razón, durante los recientes días, el presidente electo ha estado advirtiendo que no deben esperarse soluciones rápidas para viejos problemas. Y que, mientras estos se resuelvan, se deberá seguir con las medidas de emergencia para el corto plazo que atienden requerimientos sociales de subsistencia, si bien algunas de ellas, como los subsidios sin retribución laboral, suscitan severos reparos.
Un capítulo esencial del mensaje a la Nación será seguramente el destinado a la orientación económica, cuyas líneas fundamentales fueron anticipadas ante la continuidad del ministro Roberto Lavagna. En muy pocas ocasiones como la actual ese tema estuvo tan vinculado a la política exterior, por dos razones fundamentales: la globalidad ineludible en que se desenvuelve la comunidad internacional y el desmedido endeudamiento sin precedentes, con declaración de insolvencia, que ha colocado a la República en incierta cuarentena. Trabado en muchas de sus decisiones soberanas, el país debe negociarlas en el estrecho margen que le plantean su autonomía y la satisfacción de intereses donde las inversiones externas constituyen parte sustancial de la realidad económica. Los acuerdos sin mengua de la dignidad nacional, son en ese punto tan complejos como los consensos internos para lograrlos. Es por ello que el discurso político debe abandonar su pasatismo anacrónico y destructor, y asumir la realidad de un mundo diferente. Debe poner por delante los intereses de la Nación y no una supuesta dignidad avasallada por estilos y comportamientos que nuestra sociedad reprocha a sus dirigencias políticas. En esto, quien hoy asume la suprema magistratura debe ser modelo de voluntad conciliadora e interpretar fielmente los deberes que la ciudadanía le demanda.







