Estrella ofreció un mundo de sensaciones musicales

El pianista tucumano hechizó a la platea con un repertorio que fluctuó entre el barroco y el romanticismo

Por Gustavo Martinelli 01 Octubre 2010
"El mundo no es más que música hecha realidad", decía Arthur Schopenhauer. Y, en verdad, un concierto puede convertirse en un universo de sensaciones. Como el que ofreció el miércoles, en el Teatro San Martín, el tucumano Miguel Angel Estrella.

Con un repertorio que fluctuó entre el barroco y el romanticismo, el pianista fundador de Música Esperanza arrebató al público con un remolino de sentimientos. La velada comenzó -como ya es habitual en sus conciertos- con unas palabras del pianista. Confesó lo feliz que estaba de poder tocar nuevamente en su provincia natal y explicó algunos detalles de las dos primeras obras que iba a tocar: el "Minué y trío" y "L?Egyptienne", de Jean Philippe Rameau y, posteriormente la "Suite en sol menor" de George Friedrich Händel. Después se sentó frente al piano y comenzó a tocar. Fueron 35 minutos de pura magia barroca, que el público escuchó con un silencio casi místico. Salvo por algunos molestos sonidos de celulares que no fueron apagados y que se repitieron durante toda la velada, la incursión barroca se vivió como el reflejo de un mundo ya invisible. Un mundo en el que la música es la única respuesta posible para ciertas preguntas.

Y este concepto se afianzó en la segunda parte del concierto, cuando Estrella interpretó "Variaciones y fuga sobre un tema de Händel Op. 24", de Johannes Brahms. Antes de interpretar la pieza, Estrella se tomó su tiempo para explicar algunos detalles. Dijo, por ejemplo, que las 25 variaciones que integran la obra son, en rigor, una sucesión de sensaciones (pasión, erotismo, misterio, romanticismo y hasta terror) y lo demostró tocando algunas partes mientras hablaba. Pero su posterior interpretación fue mucho más visual que sus palabras y el público terminó aplaudiendo de pie. Para el bis, Estrella interpretó un fragmento de la "Sonata en Si menor" de Franz Liszt con el que terminó de hechizar a una platea totalmente entregada a los sortilegios del romanticismo.

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