19 Septiembre 2010 Seguir en 
En la jerga policial, y aunque desnude costumbres reñidas con los derechos individuales, se dice que "les gustó" cuando lo vieron, y por eso decidieron interceptarlo. En buen castellano, un grupo de policías sospechó de un hombre y le pidieron que se identificara. Operativos como este se realizan varias veces al día, en toda la provincia. Pero casi ninguno tiene el resultado del de ayer a la madrugada en Monteros. Un hombre de 39 años fue sorprendido cuando trasladaba en una mochila poco menos de un kilo y medio de droga, entre marihuana y cocaína.
Habían pasado minutos de la medianoche. La ciudad de Monteros se desdoblaba entre quienes a esa hora ya tenían todo listo para comenzar una noche de fiesta y quienes, cansados, sólo buscaban el descanso entre las sábanas. El centro bullía. Y entre una gran cantidad de personas apareció él. Nada hacía sospechar de su presencia sobre calle Tucumán al 700. Caminaba tranquilo. Jeans, zapatillas y un canguro azul. Todo normal. Pero a tres policías de la Patrulla Motorizada, al mando del oficial Miguel Jiménez, algo les inquietó. Y decidieron identificarlo. Cuando los uniformados se acercaron con sus motos, algunos se corrieron ya que no sabían qué pasaba. En ese momento el hombre advirtió que lo seguían. Y cometió el error: pretendió correr. No llegó lejos. Apenas unos metros hasta que lo atraparon. "¿Qué pasa? ¿Qué quieren?", atinó a preguntar nervioso. En ese momento comenzaron a arremolinarse varias personas, pensando que se trataba de un asalto. El hombre, contra la pared, rodeado por los uniformados, transpiraba. "Vivo aquí, a dos cuadras. No hice nada. Iba a mi casa", se defendió. Entonces le preguntaron el nombre y respondió con evasivas. "Ariel", respondió. "¿Ariel qué?", le repreguntaron. "Ariel", volvió a decir él. Luego se sabría que además le dicen "Michi". Cuando le pidieron que abriera la mochila se puso pálido. Y volvió a decir que no había hecho nada. Había algo raro. Los agentes, entonces, hicieron llamar al jefe de zona, comisario inspector Héctor Figueroa, que llegó a los pocos minutos. La gente seguía agolpándose para ver qué sucedía. Y la mochila, de pronto, se convirtió en la caja de Pandora. De interior comenzó a brotar droga. Hasta los policías se asustaron. Nadie creía que él podía llevar tanto. Se cerró toda la cuadra. Se enteró el intendente, Alberto Olea, quien envió personal municipal para que desviara el tránsito.
Entre el "cargamento" sobresalía un ladrillo de marihuana, que pesaba 950 gramos. Estaba compactado y envuelto en cinta de embalar. Había otro trozo más pequeño, de la misma droga, que pesaba 51 gramos. Y 36 grandes tizas de cocaína, cada una de poco más de 10 gramos. Todo listo para la venta. El hombre además llevaba varias tarjetas de débito a nombre de otras personas, y $ 104 en billetes de baja denominación.
Los vecinos no recordaban haber sido testigos de algo así. Esa cantidad de droga, en pleno centro, y en manos de un caminante. "En muchos lugares se vende, pero no en el centro. Esto demuestra que esta porquería está en todos lados", dijo indignado Federico Negrete, quien vive a pocas cuadras y llegó ante los comentarios de algunos amigos. Marta Aguilera apoyó su reclamo. "Todos los días se ven chicos que van fumando marihuana. Pareciera algo normal", dijo indignada.
Ante la Justicia
Los policías, supervisados por los comisarios Ramón Quinteros y Víctor Pacheco, llamaron a personal de la Dirección de Drogas Peligrosas, quien realizó las pericias de campo y confirmó que "Michi" llevaba estupefacientes. Luego se dio intervención al juez federal Mario Racedo, quien dispuso la detención del sospechoso, y que hoy fuera presentado en el Juzgado. También se ordenará el allanamiento de su domicilio.
Los investigadores sospechan que Ariel acababa de recibir la droga y se dirigía hacia su casa para fraccionarla para poder venderla durante el fin de semana. Lo extraño es que nadie lo conocía. Ni siquiera los agentes especialistas en drogas, por lo que se cree que "Michi" es un novato en el negocio. Y que "perdió" justamente por su inexperiencia.
Habían pasado minutos de la medianoche. La ciudad de Monteros se desdoblaba entre quienes a esa hora ya tenían todo listo para comenzar una noche de fiesta y quienes, cansados, sólo buscaban el descanso entre las sábanas. El centro bullía. Y entre una gran cantidad de personas apareció él. Nada hacía sospechar de su presencia sobre calle Tucumán al 700. Caminaba tranquilo. Jeans, zapatillas y un canguro azul. Todo normal. Pero a tres policías de la Patrulla Motorizada, al mando del oficial Miguel Jiménez, algo les inquietó. Y decidieron identificarlo. Cuando los uniformados se acercaron con sus motos, algunos se corrieron ya que no sabían qué pasaba. En ese momento el hombre advirtió que lo seguían. Y cometió el error: pretendió correr. No llegó lejos. Apenas unos metros hasta que lo atraparon. "¿Qué pasa? ¿Qué quieren?", atinó a preguntar nervioso. En ese momento comenzaron a arremolinarse varias personas, pensando que se trataba de un asalto. El hombre, contra la pared, rodeado por los uniformados, transpiraba. "Vivo aquí, a dos cuadras. No hice nada. Iba a mi casa", se defendió. Entonces le preguntaron el nombre y respondió con evasivas. "Ariel", respondió. "¿Ariel qué?", le repreguntaron. "Ariel", volvió a decir él. Luego se sabría que además le dicen "Michi". Cuando le pidieron que abriera la mochila se puso pálido. Y volvió a decir que no había hecho nada. Había algo raro. Los agentes, entonces, hicieron llamar al jefe de zona, comisario inspector Héctor Figueroa, que llegó a los pocos minutos. La gente seguía agolpándose para ver qué sucedía. Y la mochila, de pronto, se convirtió en la caja de Pandora. De interior comenzó a brotar droga. Hasta los policías se asustaron. Nadie creía que él podía llevar tanto. Se cerró toda la cuadra. Se enteró el intendente, Alberto Olea, quien envió personal municipal para que desviara el tránsito.
Entre el "cargamento" sobresalía un ladrillo de marihuana, que pesaba 950 gramos. Estaba compactado y envuelto en cinta de embalar. Había otro trozo más pequeño, de la misma droga, que pesaba 51 gramos. Y 36 grandes tizas de cocaína, cada una de poco más de 10 gramos. Todo listo para la venta. El hombre además llevaba varias tarjetas de débito a nombre de otras personas, y $ 104 en billetes de baja denominación.
Los vecinos no recordaban haber sido testigos de algo así. Esa cantidad de droga, en pleno centro, y en manos de un caminante. "En muchos lugares se vende, pero no en el centro. Esto demuestra que esta porquería está en todos lados", dijo indignado Federico Negrete, quien vive a pocas cuadras y llegó ante los comentarios de algunos amigos. Marta Aguilera apoyó su reclamo. "Todos los días se ven chicos que van fumando marihuana. Pareciera algo normal", dijo indignada.
Ante la Justicia
Los policías, supervisados por los comisarios Ramón Quinteros y Víctor Pacheco, llamaron a personal de la Dirección de Drogas Peligrosas, quien realizó las pericias de campo y confirmó que "Michi" llevaba estupefacientes. Luego se dio intervención al juez federal Mario Racedo, quien dispuso la detención del sospechoso, y que hoy fuera presentado en el Juzgado. También se ordenará el allanamiento de su domicilio.
Los investigadores sospechan que Ariel acababa de recibir la droga y se dirigía hacia su casa para fraccionarla para poder venderla durante el fin de semana. Lo extraño es que nadie lo conocía. Ni siquiera los agentes especialistas en drogas, por lo que se cree que "Michi" es un novato en el negocio. Y que "perdió" justamente por su inexperiencia.
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