28 Abril 2002 Seguir en 
Nadie se salvó en una semana negra. Fue difícil mantenerse al margen de la anarquía económica y social, y de la desorientación que impone el fracaso duhaldista.
Agotado el escaso liderazgo que tenía el Presidente, sin sistema financiero, sin tasas de interés razonables para reactivar la economía, sin un programa fiscal coherente, sin reformas políticas y estatales, el Gobierno sólo puede despertar desconfianza.
Algo parecido le ocurre al mirandismo, que perdió el rumbo y trata de ganar tiempo, mientras las proyecciones financieras y sociales le indican que el manejo de Tucumán se transformará en una pesadilla en los próximos meses.
El desconcierto pone a la provincia fuera de control. No se sabe quién manda y cuál es el plan, y en medio de la confusión se agravan los enfrentamientos con la sociedad, porque no entienden que hay que gobernar para todos y no para un grupo. La respuesta oficial fue un brote de sectarismo y autoritarismo que contradice la urgente necesidad de crear consensos para tratar de salvar a Tucumán entre todos.
El estrangulamiento de la economía y las complicaciones de Duhalde proyectan tremendas angustias financieras sobre Tucumán. Habrá menos plata, la llegada de fondos nacionales se reducirá y la recaudación impositiva se desploma.
Las tensiones se agravarán si los que conducen no saben qué hacer.La gente vive y sueña en base a percepciones y todas las señales indican que pueden venir tiempos peores. La destrucción de la economía alteró las reglas de juego, al punto que el Estado tucumano perdió su rol de proteger y ser obedecido. No hay autoridad ni ley, y abundan las actitudes feudales. Como se quebró el principio de autoridad, manda cualquiera.
Cuando impera la ley del más fuerte, todo lo anormal parece normal, como se ve en Tucumán, pero no se puede gobernar con la policía y las patotas.
Que miles de chicos carezcan de lo mínimo para alimentarse no impresiona a los políticos. Toleran que 250.000 tucumanos no tengan trabajo o vivan del subempleo. A nadie le interesa qué harán las empresas con sus deudas, qué necesitan para producir (menos impuestos, créditos) o cómo las afectan las retenciones.
La clase dirigente creía que la realidad iba a volver a la normalidad con rapidez, pero nada será igual. La estabilidad desapareció y la depresión agravó la inestabilidad que existe en todos los campos: empresario, laboral, social, político, universitario.
Como tienen diagnósticos equivocados, toman decisiones erradas. Son incapaces de cambiar.En la economía real, los tucumanos vivieron una semana penosa: sin bancos, con cajeros automáticos paralizados y sin dinero en sus bolsillos, la recesión aplastó a los comerciantes. La economía de Tucumán se paralizó: no hay inversiones ni consumo, la producción está en crisis, las exportaciones se trabaron y se agravan en el Estado el drama financiero-social.
Cada vez más solo, el mirandismo cosecha lo que sembró y paga los costos de sus errores. Con el Estado en situación de colapso, sólo el sector privado puede poner a Tucumán de pie.
Sensatez
Detrás de los alaridos políticos y de los sufrimientos de la gente está la realidad. Aunque con demora, los gobernadores hicieron retornar a la sensatez al Presidente, que pretendía cerrar el país al mundo y aplicar medidas dirigistas. Pero si no se rearma el sistema financiero y no traen plata a la Argentina, con un acuerdo con el FMI, puede haber desbordes dramáticos. Las provincias quieren seguir en la senda capitalista.
Este es otro Tucumán, no es el de hace cinco o seis meses. No es el momento de entrar en locuras, de atrincherarse, aislarse de todos o de decir, como Duhalde, "que sea lo que Dios quiera". Por cualquiera de esos caminos a los tucumanos les irá mal.
Agotado el escaso liderazgo que tenía el Presidente, sin sistema financiero, sin tasas de interés razonables para reactivar la economía, sin un programa fiscal coherente, sin reformas políticas y estatales, el Gobierno sólo puede despertar desconfianza.
Algo parecido le ocurre al mirandismo, que perdió el rumbo y trata de ganar tiempo, mientras las proyecciones financieras y sociales le indican que el manejo de Tucumán se transformará en una pesadilla en los próximos meses.
El desconcierto pone a la provincia fuera de control. No se sabe quién manda y cuál es el plan, y en medio de la confusión se agravan los enfrentamientos con la sociedad, porque no entienden que hay que gobernar para todos y no para un grupo. La respuesta oficial fue un brote de sectarismo y autoritarismo que contradice la urgente necesidad de crear consensos para tratar de salvar a Tucumán entre todos.
El estrangulamiento de la economía y las complicaciones de Duhalde proyectan tremendas angustias financieras sobre Tucumán. Habrá menos plata, la llegada de fondos nacionales se reducirá y la recaudación impositiva se desploma.
Las tensiones se agravarán si los que conducen no saben qué hacer.La gente vive y sueña en base a percepciones y todas las señales indican que pueden venir tiempos peores. La destrucción de la economía alteró las reglas de juego, al punto que el Estado tucumano perdió su rol de proteger y ser obedecido. No hay autoridad ni ley, y abundan las actitudes feudales. Como se quebró el principio de autoridad, manda cualquiera.
Cuando impera la ley del más fuerte, todo lo anormal parece normal, como se ve en Tucumán, pero no se puede gobernar con la policía y las patotas.
Que miles de chicos carezcan de lo mínimo para alimentarse no impresiona a los políticos. Toleran que 250.000 tucumanos no tengan trabajo o vivan del subempleo. A nadie le interesa qué harán las empresas con sus deudas, qué necesitan para producir (menos impuestos, créditos) o cómo las afectan las retenciones.
La clase dirigente creía que la realidad iba a volver a la normalidad con rapidez, pero nada será igual. La estabilidad desapareció y la depresión agravó la inestabilidad que existe en todos los campos: empresario, laboral, social, político, universitario.
Como tienen diagnósticos equivocados, toman decisiones erradas. Son incapaces de cambiar.En la economía real, los tucumanos vivieron una semana penosa: sin bancos, con cajeros automáticos paralizados y sin dinero en sus bolsillos, la recesión aplastó a los comerciantes. La economía de Tucumán se paralizó: no hay inversiones ni consumo, la producción está en crisis, las exportaciones se trabaron y se agravan en el Estado el drama financiero-social.
Cada vez más solo, el mirandismo cosecha lo que sembró y paga los costos de sus errores. Con el Estado en situación de colapso, sólo el sector privado puede poner a Tucumán de pie.
Sensatez
Detrás de los alaridos políticos y de los sufrimientos de la gente está la realidad. Aunque con demora, los gobernadores hicieron retornar a la sensatez al Presidente, que pretendía cerrar el país al mundo y aplicar medidas dirigistas. Pero si no se rearma el sistema financiero y no traen plata a la Argentina, con un acuerdo con el FMI, puede haber desbordes dramáticos. Las provincias quieren seguir en la senda capitalista.
Este es otro Tucumán, no es el de hace cinco o seis meses. No es el momento de entrar en locuras, de atrincherarse, aislarse de todos o de decir, como Duhalde, "que sea lo que Dios quiera". Por cualquiera de esos caminos a los tucumanos les irá mal.







